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Crítica: 'Tancredi', de Gioachino Rossini, en el Palau de Les Arts

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26 de junio de 2017

EL ROSSINI SERIO LLEGA A LES ARTS

   Por Raúl Chamorro Mena.
Valencia, 23-VI-2017, Palau de Les Arts. Tancredi (Gioachino Rossini), versión de Ferrara. Daniela Barcellona (Tancredi), Jessica Pratt (Amenaide), Yijie Shi (Argirio), Pietro Spagnoli (Orbazzano), Martina Belli (Isaura), Rita Marques (Roggiero). Dirección Musical: Roberto Abbado. Dirección de escena: Emilio Sagi.

   Un jovencísimo Rossini a punto de cumplir los 21 años estrenaba Tancredi en Venecia el 6 de Febrero de 1813. Un hermosísima ópera, que respetando los principios de la ópera seria, ya abría caminos hacia un incipiente romanticismo y no digamos ya, con el final trágico ideado por el genial músico para el estreno de la obra en Ferrara un mes después de su presentación veneciana. Un final de una tremenda modernidad para la época y con una fuerza dramática, prácticamente preverdiana. Por tanto, estamos ante una adecuada elección –además con la versión que incluye este final trágico- para que el Rossini serio “debutara” en Les Arts.

   Rossini lamentó la progresiva desaparición de los castrati, pues la consideraba la voz ideal para expresar el sentimiento amoroso con la apropiada y buscada estilización. Sin embargo, encontró en la voz de mezzosoprano o contralto una adecuada alternativa por ese tono sombreado, por el terciopelo vocal, por esa sensualidad y la correspondiente ambigüedad. De este modo, una contralto in travesti como en tantas creaciones Rossinianas, encarna al protagonista Tancredi, héroe, guerrero, noble y enamorado, que interpretó la mítica Adelaide Malanotte en el estreno de la obra. Daniela Barcellona defendió el que probablemente sea “su papel”, el más emblemático de su trayectoria artística. Era la cuarta vez que el que suscribe presenciaba su interpretación de Tancredi (La Coruña 2003, Madrid 2007 y Sevilla 2009 fueron las anteriores) y la primera después de sus incursiones verdianas (Amneris, Eboli) y hasta veristas (Santuzza). La cantante ha perdido elasticidad y facilidad en la coloratura, si bien se mantienen inalterables su personalidad y la autoridad y clase de su fraseo, siempre tan señorial como incisivo. La debilidad en el grave estuvo siempre y es una importante desventaja en una escritura que lo demanda constantemente, pero ese carisma, esa expresividad que caracterizan a la Barcellona se ven especialmente realzados cuando se interpreta el final trágico de la versión de Ferrara con la muerte del protagonista, que fue expuesta de manera muy emotiva por la cantante Triestina. Después de un comienzo frío y en que la cantante no terminaba de timbrar, de colocar la voz, Jessica Pratt se fue asentando durante la representación y demostró sus cualidades belcantistas, ese sentido de embellecimiento de cada frase, de cada resolución, ese legato de buena escuela, el control de las dinámicas, así como la buena factura de la coloratura y la facilidad en el sobreagudo. Si bien a estas notas les falta ese punto de giro y expansión que junto a lo impersonal tanto del timbre como de la faceta interpretativa (un ejemplo de ello fue el aria de la prisión, un tanto plana y falta de expresividad) le impide dar ese salto de la estupenda cantante a la fuoriclasse. Bien compenetrada con la Barcellona en los dos magníficos dúos (uno por acto) alcanzó su mejor momento en su gran escena del acto segundo “Gran Dio!...Giusto Dio che adoro umile” con una buena exhibición de coloratura, que obtuvo una gran ovación del público.

   Estimable la labor del tenor chino Yijie Shi en el complicadísimo papel de Argirio, padre de Amenaide y que se ve obligado en primer lugar, a dar a su hija como esposa a un hombre que no ama para sellar la paz entre ambos y posteriormente, a firmar su condena a muerte por traición. La emisión es gutural y el timbre nada bello, pero superó todos los escollos del papel como la espinosa coloratura y la onerosa testitura incluidos los abundantes sobreagudos, completando una aplaudida interpetación de su gran escena del acto segundo “Ah! segnar invano io tento”. El papel de Orbazzano es el único que no dispone de ningún aria, aunque Pietro Spagnoli interpretó una di baule compuesta por el propio Rossini. De todos modos, fue una intepretación de escasa brillantez como resultó toda la noche la labor de un cantante que suena a buffo desde la primera nota, junto a una emisión siempre retrasada, un timbre blanquecino y pobretón –ya además desgastado– y un fraseo desdibujado. Muy discretas las secundarias Martina Belli como Isaura y Rita Marqués como Roggiero, ambas con sus respectivas arie di sorbetto.

   A falta de mayores dosis de inspiración, lo mejor que puede decirse de la dirección musical de Roberto Abbado es que fue en estilo, siempre afín al autor, con un sonido ligero, refinado y transparente –que la estupenda orquesta ofrece radiante–, pues Rossini no admite ni una nota pesante, ni un pasaje de trazo grueso. Atento también fue su acompañamiento al canto. Algo parecido puede decirse de la producción de Emilio Sagi sobre escenografía de Daniel Bianco. Trasladada la acción a la época del Risorgimento, el montaje transcurre con elegancia sobre unos decorados vistosos de arquitectura neoclásica; largas columnas, vidrieras, ventanales, amplios espacios (que se reducen para enmarcar la intimidad de los dúos entre los dos enamorados Amenaide y Tancredi), trajes coloristas… todo al servicio del canto –que es lo fundamental en una ópera cuyo argumento es endeble y simplón como la mayoría de sus contemporáneas porque todo se somente al puro canto– y sin asomo de vulgaridad ni chabacanería, que es preciso insistir, son inadmisibles en el universo rossiniano. Nunca está de más volver a insistir en las calidades inalterables de los cuerpos estables, orquesta y coro, del Palau de Les Arts.

Fotografía: Palau de Les Arts.

Autor:Raúl Chamorro Mena
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