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Crítica: The Metropolitan Opera presenta 'The Exterminating Angel', de Thomas Adès

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18 de noviembre de 2017

AUDAZ E INQUIETANTE

   Por David Yllanes Mosquera
Nueva York. 10-XI-2017. Metropolitan Opera House. The Exterminating Angel (Thomas Adès). Joseph Kaiser (Edmundo Nóbile), Amanda Echalaz (Lucía de Nóbile), Audrey Luna (Leticia Maynar), Alice Coote (Leonora Palma), Sally Matthews (Silvia de Ávila), Iestyn Davies (Francisco de Ávila), Christina Rice (Blanca Delgado), Rod Gilfry (Alberto Roc), Sophie Bevan (Beatriz), David Portillo (Eduardo), Frédéric Antoun (Rául Yebenes), David Adam Moore (Coronel Álvaro Gómez), Kevin Burdett (Señor Russell), John Tomlinson (Doctor Carlos Conde), Christian Van Horn (Julio). Orquesta y coro de la Metropolitan Opera. Dirección musical: Thomas Adès. Dirección escénica: Tom Cairns.

   En medio de una temporada especialmente conservadora, incluso para sus habituales estándares, la Metropolitan Opera rompe la monotonía con una propuesta que difícilmente dejará indiferente a nadie. Se trata de The Exterminating Angel, la última ópera del compositor británico Thomas Adès, escrita en colaboración con el libretista Tom Cairns. Estrenada en 2016 en el Festival de Salzburgo y representada ya en la Royal Opera House londinense, es sin duda una de las novedades de más alto perfil en el panorama operístico de los últimos años.

   La ópera es una adaptación de El ángel exterminador, la obra maestra surrealista de Luis Buñuel. Esta peculiar película de 1962 arranca con un planteamiento aparentemente simple: Edmundo Nóbile y su mujer celebran una cena de gala en su mansión a la salida de una representación de Lucia di Lammermoor, con la soprano protagonista como invitada de honor. Pero algo no va bien y los criados sienten una extraña compulsión por abandonar la casa (queda solo el mayordomo). A medida que avanza la noche, el desconcierto aumenta cuando ninguno de los invitados se marcha, hasta el punto de que los engalanados comensales terminan durmiendo esparcidos por los sofás y el propio suelo. A la mañana siguiente, hacen un tibio intento de justificar este comportamiento como una divertida excentricidad pero pronto descubren la terrible realidad: ninguno de ellos puede salir del salón. Nada parece impedírselo físicamente, pero al acercarse a la puerta se ven incapaces de atravesarla. Esta situación se prolongará durante días, con la consiguiente degeneración del inicialmente refinado comportamiento de los invitados. Todo ello aderezado con los toques surrealistas típicos de Buñuel.

   A primera vista, no parece la idea más obvia para una ópera. Y, en efecto, The Exterminating Angel dista mucho de recrear el singular estilo del film. La película, sin olvidar su sentido de crítica social, transmite siempre un tono cómico, ligero. La ópera, por su parte, busca un claro expresionismo que llega a ser abrumador en los momentos clave y genera un ambiente casi más cercano al de una película de terror. El sutil humor negro que recorre toda la película se refleja en la ópera de una manera mucho más explícita (o más «operística») en los primeros dos actos y después se abandona. Más generalmente, podemos decir que el muy hispano espíritu del original, con sus toques de greguería y esperpento, no se reconoce en su adaptación lírica, mucho más escalofriante y opresiva. En sus menos afortunados momentos, la ópera resulta cargante. Afortunadamente, estos son pocos y, globalmente, la obra de Adès y Cairns es coherente y efectiva. La música, como veremos a continuación, presenta varios puntos originales y, desde luego, como experiencia teatral este Exterminating Angel es un éxito.

   El libreto sigue muy fielmente a la película, con multitud de escenas trasladadas directamente, aunque se han condensado algunos personajes. Esta fidelidad condiciona la música, seguramente para su beneficio. En efecto, la partitura, como en trabajos anteriores de Adès, presenta claros ecos de Britten, pero el hecho de que gran parte de la obra esté compuesta por largos diálogos obliga al compositor a un fraseo mucho más ágil y picado. Otra clara seña de identidad es la inclusión del ondas Martenot. Este instrumento electrónico entra en juego de manera muy efectista cuando los personajes hacen algún intento por enfrentarse a la misteriosa fuerza que los retiene en la habitación. En general la música es intensa, frenética, incluso crispante, aunque el compositor ha tenido el buen juicio de aliviar esta atmósfera alarmante con momentos más pausados, generalmente solistas. Estos episodios resultan de lo más memorable de la partitura, además de generar un tono inquietante desde el punto de vista dramático, al transmitirnos el estado psicológico de los personajes. Pero el alivio no dura mucho y el final tiene una intensidad abrumadora. En conjunto, y a pesar de algunos trozos cargantes, el resultado musical es bueno y presenta mucha mayor originalidad que The Tempest (la más famosa obra de Adès, hasta ahora).

   La producción del Met hace plena justicia a la obra. En primer lugar, cabe destacar como se debe el gran trabajo de la orquesta, dirigida por el propio Adès, que se adapta a una partitura exigente y alejada de su habitual repertorio aparentemente sin ningún problema. La dirección escénica, firmada por el libretista Tom Cairns, es un gran acierto. El escenario está dominado por un gran umbral de madera, con el comedor a un lado y el salón al otro. En uno de los extremos se encuentra el gran armario que tanto juego dará durante el desarrollo de la historia (será aseo, escondite, nido de amor y hasta depósito de cadáveres). La dirección de actores, crítica dado que los personajes pasan toda la obra en escena, funciona bien y la acción queda clara en todo momento. Puntos importantes de la historia (la tubería que rompen en busca de agua o las apariciones del oso y las ovejas) están bien resueltos. Cabe comentar que la ópera reproduce uno de los rasgos más característicos de la película (la repetición de escenas). En concreto, se repite la entrada de los invitados en el primer acto hasta el punto de que los famosos candelabros del Met se levantan y apagan dos veces, como sugiriendo que el público está tan atrapado como los personajes. En algunos momentos, la escena completa rotará para permitirnos conectar con el mundo exterior, en el que las autoridades y los curiosos se acumulan frente a la casa, tan incapaces de franquear la puerta como los huéspedes.

   El reparto se enfrenta a las considerables dificultades de sus papeles con gran arrojo. El carácter de la obra es principalmente coral, con muchos papeles pero pocos momentos solistas. Audrey Luna es Leticia Maynar, «la Valquira», en cuyo honor se celebra la cena. Este papel supone sin duda un gran reto. La tesitura es altísima, prácticamente inhumana, reflejando el carácter del personaje, una gran diva que parece operar en un plano diferente al de los meros mortales. La labor de Luna, con sus agilidades y coloratura, tiene gran mérito pero, por desgracia, es en servicio de uno de los puntos menos afortunados de la partitura. En la estridencia de Leticia, Adès renuncia a la claridad y el sentimiento en favor del mero efectismo.

   Más conseguida está la viuda Silvia, bien interpretada por Sally Matthews. En contraste con los chillidos de Leticia, su gran momento solista es de gran belleza y efecto dramático. Sumida en el delirio, acaricia la cabeza cortada de una oveja creyendo que está acunando a su hijo, quien le responde desde fuera del escenario. En su macabra sutileza, la escena resulta más memorable que los momentos más sonoros de la obra. El pasaje más emotivo, sin embargo, es el dúo entre Beatriz (Sophie Bevan) y Eduardo (David Portillo). Estos dos amantes viven su primera y única noche de amor escondidos en el armario, en donde deciden suicidarse. Su pequeño liebestod está acompañado por la música de mayor lirismo de la ópera y plasmado en escena muy inteligentemente en la producción de Cairns, que transmite un gran erotismo.

   Entre el resto del sólido reparto, cabe destacar a la pareja formada por John Tomlinson y Alice Coote como el médico Carlos Conde y Leonora, la enferma terminal. El doctor es un personaje plasmado algo erráticamente en la ópera, debe transmitir autoridad en ocasiones pero al mismo tiempo ser alivio cómico (con sus afirmaciones de que sus pacientes en poco tiempo estarán «totalmente calvos»). Tomlinson funciona mejor en la segunda faceta que en la primera. Coote tiene más éxito al representar tanto la cara trágica de su personaje como sus rasgos más esperpénticos (su faceta como aspirante a bruja), una caracterización basada en un canto con estilo, matices y buen gusto.

   La función se saldó con un notable éxito de público, que casi llenaba la enorme Metropolitan Opera House. Será interesante ver si en los próximos años este Exterminating Angel encuentra un nicho en el repertorio o cae en el olvido. De momento, el Metropolitan y Adès nos han ofrecido una memorable función de teatro, con sus defectos y excesos, pero con intensidad y originalidad.

Fotografía: metopera.org

Autor:David Yllanes Mosquera
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