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Crítica: Toronto Symphony Orchestra, con Seong-Jin Cho y Andrew Davis, interpretan un monográfico Beethoven

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14 de enero de 2020

El año de Ludwig van Beethoven

Por Giualian Dal Piaz
Toronto. 11-I-2020. Roy Thomson Hall, Toronto. Beethoven 7. Obras de Ludwig van Beethoven. Seong-Jin Cho [piano], Toronto Symphony Orchestra, Sir Andrew Davis [dirección].

   Entre otras instituciones musicales, la Orquesta Sinfónica de Toronto celebrará por todo 2020 el 250.º aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven: hasta Junio –final de la Temporada 2019-2020–; después de este Beethoven 7 están previstos otros cuatro conciertos (la 5ª, 6ª y 8ª sinfonías, el Concierto para piano «Emperador» y el Concierto para violín y orquesta), todos en la Roy Thomson Hall, el auditorio más grande e importante de la ciudad.

   El programa de Beethoven 7 ha incluído la Ouverture King Stephen, Op. 117; el Concierto per piano n.º 4 en sol mayor, Op. 58; y la Sinfonía n.º 7 en la mayor, Op. 92.

   Compuesto en 1811 tras encargo del renombrado escritor alemán von Kotzebue, King Stephen es la «banda sonora» para un texto celebrativo que debía inaugurar el nuevo teatro de Pest, la zona oriental de Budapest, entonces parte integrante del amplio imperio Austro-Húngaro. Beethoven la escribió en veinte días durante una  vacación en Teplitz: es definitivamente una pieza «compuesta para ganar dinero» no a la altura de la demás producción del compositor. Él siendo él, sin embargo, no faltan en la Ouverture unos motivos interesantes, como un bello incipit muy original: una serie de notas, cada una un cuarto más baja que la anterior, cada una destinada a un instrumento diferente. Y de hecho, es sólo la Ouverture King Stephen la que todavía se presenta, en contadas ocasiones.

   El Concierto para piano y orquesta n.º 4, es en cambio muy conocido. Se ha frecuentemente sugerido que Beethoven se haya inspirado para su composición en el mito de Orfeo y Eurídice, aunque no haya alguna indicación conclusiva al respecto. Es el primer concierto para piano en que el compositor pudo utilizar los recursos tonales del nuevo fortepiano vienés de seis octavas; fue también el último (Diciembre de 1808, en Viena) que Beethoven dirigió personalmente, ejecutando él  mismo la partitura al piano; sólo he visto a Daniel Barenboim hacer lo mismo unos  años atrás! Aún manteniendo la estructura formal del concierto mozartiano, el autor infunde en ello el sentimiento romántico a través de modalidades expresivas complejas y dramáticas. Las dos voces en escena, la del piano –que, sin ser acompañado, inicia el concierto con un breve acorde, retomado luego por otros instrumentos–, y la de la orquesta, se alternan, y se combinan solo por momentos, en un coloquio íntimo más que en contraposición: la una parece comenzar donde la otra termina, completándo y reelaborando el mensaje. Los coevos comprendieron por cierto la novedad, la belleza y la importancia del concierto si ya en 1809 la revista Allgemeine Musikalische Zeitung lo definió «el más admirable, el más singular, el más artístico y difícil entre todos aquellos que Beethoven ha compuesto».

   Los más importantes (o ¡ambiciosos!) pianistas del mundo se han aventurado en esta partitura «ardiente y melancólica, heróica y etérea, angustiosa y extravagante […] brillante y rapsódica, llena de melodías sensuales, escalas y arpegios cautivadores...», como la describe el historiador musical canadiense Kevin Bazzana en las notas al programa de sala. En esta ocasión, es el joven pianista coreano Seong-Jin Cho quien, por primera vez en Toronto, se enfrenta al concierto de Beethoven, demostrando extraordinaria preparación musical, agilidad y ligereza de ejecución. Ganador de concursos y premios desde 2015, se ha presentado –o está a punto de hacerlo– en varios lugares del mundo: representa una gran promesa del teclado. Su joven edad y limitada experiencia lo vuelven, sin embargo, demasiado empeñado en una precisión técnica absoluta, en perjuicio de la conexión emotiva: con la excepción de unas breves miradas al director, en vez de «comunicar» de alguna manera con la impecable orquesta sinfónica, y con un público que lo escuchaba embelesado, el artista parecía tocar en una burbuja aséptica e aislada. La emoción, la melancolía, la inmensa belleza de las notas de Beethoven se han vuelto bajo sus dedos un enorme virtuosismo ensimismado. Al final del concierto ha concedido como bis uno de los Momentos Musicales, D780, de Franz Schubert.

   La segunda parte del evento ha sido dedicada a la Séptima Sinfonía, estrenada en diciembre de 1813 mas compuesta entre 1811 y 1812. Es una de las últimas composiciones «heróicas» de Beethoven, y de las más conocidas, gracias sobre todo a la difusión del segundo movimiento, Allegretto. Tema que los menos jóvenes recuerdan también en un arreglo de Mocedades («Dieron las doce», 1975), se ha vuelto famoso en tiempos recientes por la banda sonora de la película El discurso del rey. Ejecutado a menudo como una especie de marcha fúnebre, el tempo original es por momentos ominoso, pero en conjunto sus acordes pensativos y delicados recuerdan más bien el voltear de una danza. O ¿estaba quizás equivocado Wagner cuando definió esta sinfonía una «apoteosis de la danza»? Es en efecto una celebración gozosa y libre, marcada en todos sus movimiento por un fuerte carácter rítmico, que prorrumpe en un final galopante.

   La orquesta sinfónica de una gran ciudad siempre reúne lo mejor del talento musical local: lo propio ocurre, naturalmente, en el caso de la Toronto Symphony Orchestra, aquí llamada sólo «la TSO». Integrada por decenas de óptimos instrumentistas, al gran completo en contadas ocasiones, la TSO es dirigida por el extraordinario Sir Andrew Davis (su director permanente por 13 años en el pasado, director musical ad interim en las últimas dos temporadas 2018-2020), quien es desde hace varios años también el director principal de la Melbourne Symphony Orchestra. Conocido y solicitado por las más renombradas sinfónicas alrededor del mundo, la próxima primavera el maestro Davis cederá la dirección musical de la TSO al maestro catalán Gustavo Gimeno.

Fotografía: Jag Gundu.

Autor:Giuliana Dal Piaz
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