Codalario
Está viendo:

Crítica: Uri Caine visita el ciclo de jazz del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM)

  • txcomparte_facebook
  • txcomparte_twitter
 
3 de febrero de 2018

Uri Caine, George Gershwin y la New Age

   Por Juan Carlos Justiniano
Madrid. 24-III-2018. Auditorio Nacional de Música, Sala de cámara. Jazz en el Auditorio. Centro Nacional de Difusión Musical. Gershwin Rhapsody in Blue. Uri Caine (piano), Theo Bleckamnn (voz), Barbara Walker (voz), Ralph Alessi (trompeta), Jon Irabagon (saxo tenor), Joyce Hammann (violín), Mark Helias (contrabajo) y Jim Black (batería).

   En 2018 y siguen resonando los ecos de la denominada posmodernidad musical. Somos muy conscientes de lo corredizo que puede llegar a resultar este sintagma sobre todo en su aplicación a una música como el jazz. Si bien, nos sirve para identificar algo que tuvo su punto álgido allá por los años ochenta y noventa con obras como la de Jan Garbarek y el Hilliard Ensemble y su revisitación de la polifonía medieval y renacentista. De todo se saca algo interesante, pero ahora, después de la perspectiva que dan un par de décadas, este tipo de experimentos, tan sorprendentes como desiguales –algunos incluso enormemente rentables– no parece que hayan envejecido muy bien.

   Uri Caine, un epígono –aunque insigne– de este posmodernismo musical, presentó el pasado sábado en la sala de cámara del Auditorio Nacional Gershwin Rhapsody in Blue; otro ejercicio –el siguiente en su carrera– de relectura de la obra de uno de los más geniales compositores de todos los tiempos. El de Filadelfia, que gusta de recurrir a los grandes pivotes de la historia de la música como pedestal sobre el que construir sus nuevas creaciones –recordamos sus acercamientos a Mozart, Bach, Wagner o Mahler–, ha situado en esta ocasión a Gershwin como protagonista. Para este monográfico que Caine presentó en la capital, el pianista se acompañó de un notable sexteto instrumental y dos cantantes: Ralph Alessi a la trompeta, Jon Irabagon al saxo tenor, Joyce Hammann al violín; y en la rítmica dos músicos de gran talento, Mark Helias al contrabajo y Jim Black a la batería. A ellos se unieron las voces de Theo Bleckmann y Barbara Walker.

   Lo que planteó Uri Caine fue una antología de la obra del neoyorkino que comenzó, como no podía ser de otra manera, con una revisitación a Rhapsody in Blue en formato a seis. Aunque a veces compositivamente descompensada por la sobrerrepresentación de unos temas frente a otros, el atractivo (que lo tuvo) de la particular suite-de-la-suite compuesta por Caine residió en sus continuos viajes por los ritmos de funk, swing, balada, blues, tumbao e incluso de procedencia flamenca. La partitura fue el punto fuerte de la noche, pero ciertamente no marcó el devenir. Después de este epílogo, el sexteto, ya contando con Theo Bleckmann y Barbara Walker, emprendió su particular repaso, un tanto desconcertante y confuso, de clásicos como “But not for Me”, “Let’s Call the Whole Thing off”, “Someone to Watch over Me”, “I Got Rhytm”, y otras tantas melodías entre las que se colaron citas de “My Man’s Gone Now” o “Time after Time” (esta composición de Jule Styne).

   Barbara Walker, poniendo una buena dosis de soul, y Theo Bleckmann –junto a su inseparable vocoder– soportaron el peso de este peculiar homenaje new age que Uri Caine dedicó a la figura de Gershwin. Si algo se puede destacar del de Filadelfia es su marcada personalidad a la hora de crear esos grandes collages carentes de prejuicios a la hora de mezclar, cortar y pegar todo tipo de materiales musicales vengan de donde vengan. Pero esta vez, en su última aventura deconstructivista, el pianista acabó revolviendo a Gershwin y el American Songbook con Stravinsky, Anton Webern, Badalamenti, Vangelis o Enya. El pianista no renunció al poder melódico del compositor de Brooklyn, sino que planteó algo parecido a un revoltijo exótico, a un enmascaramiento entre irreverente y forzado en muchas ocasiones incomprensible. La enorme biblioteca musical de Caine en esta ocasión se traspapeló.

   Por otro lado no ayudó una muy mal resuelta amplificación que hizo un flaco favor a un sexteto verdaderamente de calidad. Así, el piano –a la sazón con la afinación sujeta con alfileres– o el violín de Joyce Hammann –más ornamental que otra cosa– quedaron prácticamente ocultos tras un contrabajo excesivamente amplificado y fatídicamente ecualizado.

Autor:Juan Carlos Justiniano
  • txcomparte_facebook
  • txcomparte_twitter

Compartir

Publicidad

<< volver

Búsqueda en los contenidos de la web

Buscador

Newsletter

Darse alta y baja en el boletín electrónico