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Crítica: Alexander Lonquich inaugura el ciclo dedicado a «El piano de Schubert» en la Fundación Juan March

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5 de octubre de 2018

El viaje interior

   Por Álvaro Menéndez Granda | @amenendezgranda
Madrid. 03-IX-2018. Fundación Juan March. El piano de Schubert: modelos y herencias [Ciclos de miércoles]. Alexander Lonquich, piano. Obras de Mozart, Schumann, Rihm y Schubert.

   El interés que músicos y programadores están mostrando por la obra pianística de Franz Schubert es más que evidente y se manifiesta en la asiduidad con la que determinadas obras del vienés se programan en diferentes ciclos musicales de la capital española. Cuando la Fundación Juan March puso fin a su temporada pasada lo hizo con Schubert, merced a las manos y el talento de la pianista Elisabeth Leonskaja. Ahora, para abrir un nuevo «Ciclo de miércoles», recurre también a este compositor y a su obra pianística. El pasado 3 de octubre se inauguró un monográfico dedicado a la música para piano de Schubert —que se extenderá a lo largo de cinco conciertos y que lleva por título Schubert: modelos y herencias— con un recital del pianista alemán Alexander Lonquich.

   Comenzó la velada con el Rondó en La menor, KV 511, de Mozart. Siempre delicada y peligrosa, la obra del genio austriaco requiere destreza y elegancia a partes iguales, claridad y una falsa sensación de sencillez que, proyectada al público, debe enmascarar el gran esfuerzo del intérprete por evitar la más mínima confusión sonora. En este sentido Lonquich cumplió ampliamente. No obstante, los pasajes más contundentes de la obra se pasaron de contundencia para llegar a alcanzar una cierta rudeza que no benefició su interpretación. Quizá se debió a la austeridad con el pedal, o a un toque demasiado pesado o incisivo, pero lo cierto es que pareció sobrepasar el límite dinámico que esta música acepta. Lonquich supo, sin embargo, destacar todas aquellas peculiaridades de la obra que anticipan la música de Schubert, primera muestra de uno de esos modelos aludidos por el título del ciclo.

   En los Ländler D 790 de Schubert la rudeza desapareció completamente para dar paso a una redondez de sonido muy apropiada para esta partitura. Aquí sí podemos decir que Lonquich hizo una exhibición de buen gusto y control sonoro. Estas doce pequeñas piezas, de 1823, sonaron aterciopeladas y dulces en las manos del pianista de Trier. Las articulaciones, muy claramente pronunciadas, hicieron gala de una ejemplar elegancia. Si Mozart fue un posible modelo para el piano de Schubert, en la obra Ländler de Wolfgang Rihm se aprecia claramente la herencia del vienés. Adaptadas a un lenguaje contemporáneo huérfano de estridencias, es posible percibir características del vals schubertiano en esta partitura de Rihm, en la que destaca por encima de todo la incansable búsqueda de una atmósfera sonora muy concreta, casi estática.

   Para finalizar la primera parte del recital, Lonquich eligió Papillons, Op.2 de Robert Schumann, partitura plagada de contrastes, de caracteres cambiantes y de escenarios muy variados. La conocida doble personalidad de Schumann está muy presente aquí, y Lonquich asumió tantos personajes como fue necesario para lograr una versión muy sólida y madura en la que la claridad —de fraseo, articulación y dinámica— fue la protagonista. Sin duda un cierre muy bien escogido para esta primera mitad del concierto.

   En la segunda parte nos esperaba ese maravilloso y desolador canto del cisne que es la Sonata D 960 en Si bemol mayor de Schubert. Después de haber cerrado la temporada pasada con esta misma sonata, volver a escucharla de nuevo en las manos de otro pianista es una oportunidad fantástica de admirar la grandeza de esta obra, cuyo extenso y sinuoso recorrido transita por parajes de resignación, sobrecogimiento y vacío luminoso. Ni que decir tiene que la interpretación de Lonquich fue prácticamente impecable. Pocas cosas pueden achacársele al alemán, salvo haber repetido la exposición del primer movimiento. Personalmente me considero seguidor de las teorías de Brendel, y estoy de acuerdo con su punto de vista cuando afirma que repetir esta exposición desajusta las proporciones de la sonata —este punto puede aplicarse por extensión a las otras dos grandes sonatas finales, D 958 y D 959, y a otras de longitud similar, como la D 894— y tergiversa el significado de ese amenazador y recurrente trino en el registro grave del instrumento. Salvo eso, todo fluyó con naturalidad y elegancia, destacando especialmente el segundo movimiento; Schubert es especialista en transportarnos a parajes yermos y fríos, y gracias al talento de Lonquich pudimos, sin movernos de la butaca, trasladarnos a la atmósfera perfecta, aquella capaz de hacernos vivir la obra.

   En resumen, un concierto fantástico, música interpretada con buen gusto, saber hacer y solidez. De nada sirve tener el mejor de los vehículos si no disponemos de la pericia, la experiencia y el valor de pilotarlo. En la música sucede algo parecido: incluso una mala interpretación puede mostrar la belleza de la partitura, pero sólo un intérprete a la altura de la obra puede hacernos partir a un viaje interior. Lonquich lo consiguió.

Fotografía: Cecopato Photography.

Autor:Álvaro Menéndez Granda
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