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[C]rítica: Andrew Gourlay dirige la «Novena» de Gustav Mahler a la Orquesta Sinfónica de Castilla y León

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6 de diciembre de 2018

Entrega sin reservas y una duda subyacente

Por Agustín Achúcarro
Valladolid. 30-XI-2018. Centro Cultural Miguel Delibes. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Director: Andrew Gourlay. Sinfonía n.º 9, de Gustav Mahler.

    Parece que esta interpretación de la Sinfonía n.º 9 de Mahler fue una apuesta de Andrew Gourlay a tumba abierta, a cara descubierta, con la que el director se comprometió, se la jugó y posiblemente ganó. Un enunciado ante el que pueden plantearse ciertas dudas, que emergen de la sensación de que posiblemente no cuajó plenamente hasta el último movimiento. Se pueden, claro que sí, reseñar los estallidos sonoros del movimiento primero, su inicio palpitante con el protagonismo del arpa, que tan admirable estuvo en todas sus intervenciones, pero será más difícil encontrar los aspectos más cantábiles –en pasajes como el de la melodía inicial de las cuerdas que se torna cada vez mas grave y cortante o el canto de los violines sobre el solo del clarinete–. Pareció como que no había tiempo para dejar poso, para la reflexión, para esos momentos que habitan en la sinfonía entre los clímax sonoros y los pasajes en que la música voluntariamente se desfigura, y que todo giraba en torno a un pulso brioso y un nervio creciente, creando un espacio de indudable tensión. Una versión hija del efecto que surge inmediato, fulgurante, a excepción del movimiento conclusivo, sin que con estas afirmaciones se quiera indicar que la opción elegida fuera tomada a la ligera o se pretenda quitarle mérito. Reseñar también la actitud positiva durante toda la obra de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León [OSCyL] y que respondieron muy favorablemente cuando sus músicos intervinieron como verdaderos solistas.

  En el segundo tiempo se desvaneció algo ese juego entre la desesperanza y el alegre y rudo ambiente que la rodea, y pudo faltar cierta pausa. En el tercero se dio con el sentido sarcástico, con su carga efectista, mientras se precipitaba rauda la conclusión que obligó a la orquesta a un esfuerzo suplementario para seguir el ritmo impuesto por la batuta.

   Gourlay se tomó un respiro antes de comenzar el postrero Adagio en el que subrayaría la conclusión, para conseguir así lo que el propio compositor denominó el agonizar de la música. El director alargó ese final, lo sostuvo y lo hizo el elemento capital de la obra, como si todo de repente adquiriera sentido al llegar a este punto, en donde el sonido se iba quedando en un hilo mortecino, dando también una relevancia suprema al silencio, otorgándole el valor de un elemento fundamental de la música, que acaba representando la nada. Y aunque pudiera echarse de menos pasajes tratados de forma más sobria y de mayor densidad, se percibió claramente cómo se alcanzaba el punto de máxima tensión y luego la música se volvía más serena, mientras surgían fructíferos pasajes como el de la evocación a las Canciones a la muerte de los niños o el tránsito de la máxima emoción a la resignación y de ahí al vacío.

Fotografía: OSCyL.

Autor:Agustín Achúcarro
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