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CRITICA: DI DONATO Y DESHAYES CANTAN 'CENDRILLON', DE MASSENET, EN EL GRAN TEATRE DEL LICEU. Por Raúl Chamorro

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28 de diciembre de 2013
Foto: Bill Cooper
DE CUENTO

Cendrillon
(Jules Massenet). Gran Teatre del Liceu de Barcelona. 22 y 23 de Diciembre de 2013. Karin Deshayes/Joyce Di Donato (Lucette), Michèle Losier/Alice Coote (El Príncipe), Doris Lamprecht/Ewa Podles (Madame de la Haltière), María José Moreno/Annick Massis (El Hada Madrina), Marc Barrard/Laurent Naouri (Pandolfe), Cristina Obregón (Noèmie), Marisa Martins (Dorothée), Isaac Galán (El Rey). Dirección musical: Andrew Davis. Dirección de escena. Laurent Pelly. Escenografía: Barbara de Limburg.

   Llegaba por fin al Liceu después de su estreno en 1899, la Cendrillon de Massenet, una composición, en la que el gran compositor francés nos presenta una creación muy fin de siècle en la que el inspirado melodismo y la orquestación colorista y sensual, tan propios, se funden con elementos del settecento, así como con la expresión del gusto, típico de la época, por el mundo fabulesco, sobrenatural y feérico. A Andrew Davis se le podrá reprochar no ser un experto y genuino acompañante de las voces, pero tampoco las tapó y resultó indudable su capacidad para crear tensiones, atmósferas y clímax. Asimismo extrae un buen sonido de la orquesta y su labor resultó siempre refinada, delicada y detallista, algo siempre esencial en la ópera francesa. Destacaron el interludio previo a la salida del hada, en el que el carácter mágico del momento resultó perfectamente conseguido, así como el sostén orquestal de los dos dúos entre Lucette y el príncipe azul, donde encontramos esos clímax de gran y apasionado lirismo tan propios del compositor nacido en Saint-Étienne. Delicadísimo resultó, asimismo, el terceto interno de laúd, flauta y viola de amor del acto segundo, pleno de aromas del settecento francés.
   En la función del día 22 correspondiente a la segunda distribución, el hada madrina interpretada por María José Moreno llenó de magia el escenario y toda la sala. Frescura, espontaneidad, encanto y feminidad apoyadas en un timbre purísimo, cristalino, luminoso, siempre liberado y de gran proyección. La voz, siempre muy alta de posición, ha ganado algo de cuerpo en el centro, pero conserva toda su frescura. Pasmosa la facilidad con la que desgranó brillantísimos sobreagudos, arpegios, notas picadas, escalas...logrando en su escena del acto tercero, en la que resolvió con gran precisión las series de staccati y efectos eco, una espontánea ovación del público a pesar de no haber interrrupción de la música. Ya va siendo hora que los teatros españoles y sus dirigentes tomen nota de esta soprano con más de 16 años de carrera y que se encuentra en su cúspide vocal y artística. En la función del día 23 el hada también encontró una buena intérprete en la francesa Annick Massis, que mostró un indudable control y pericia para la regulación del sonido, así como un bien engrasado mecanismo para la coloratura, si bien su hada, además de más justa de presencia sonora y squillo, careció de la frescura y espontaneidad de la soprano granadino-madrileña.
   En el papel titular de Lucette-la Cenicienta, Karin Deshayes exhibió un centro bien armado, apreciable capacidad para el canto legato, además de una musicalidad intachable. Todo ello pudo apreciarse en sus monólogos de los actos primero y tercero, así como su entrega sincera en escena durante toda la representación. En la parte negativa, un timbre un tanto impersonal y penalizado en los extremos: débil en el grave, abierto y estridente en el agudo. El sonido se agria conforme asciende a la zona alta y no gira debidamente al resonador superior. En el primer reparto, la diva Joyce Di Donato volvía al Liceu con otra Cenicienta después de la rossiniana interpretada en el año 2007. No defraudó la simpática cantante norteamericana, pues, a despecho de sus habituales agudos laminados, sin squillo y emitidos obviando el pasaje de registro, se recreó en un canto de gran clase. Un fraseo siempre sensible y comunicativo, una musicalidad inatacable y un timbre bello y reconocible cimentaron su justo éxito.
   Poco convincente el príncipe de Michèle Losier el día 22, pues aunque fue escénicamente adecuada a este papel "in travesti" por su físico andrógino, transmitió inseguridad, además de un material vocal opaco y desguarnecido en toda la gama. Mejor la británica Alice Coote en el primer reparto, de centro amplio y sonoro, canto correcto, aunque no especialmente imaginativo. La fijeza y apreturas de su registro agudo, sin solucionar técnicamente, le alejaron de la vocalidad "Falcon" a la que va destinado el papel. La veterana Ewa Podles se divirtió mucho y también al público en su encarnación de la malvada y bufonesca madrastra. Sus dotes histriónicas junto a un material, ya desgastado, pero aún importante en cuanto a volumen y extensión, colocaron su interpretación muy por encima de la cumplidora Doris Lamprecht.
   Pandolfe, el padre de Lucette, interviene en otro de los grandes momentos de la partitura, el bellísimo dúo con su hija en el acto tercero. Marc Barrard destacó por la humanidad de su encarnación y la compostura de su fraseo, frente a un Laurent Naouri que mostró una voz más caudalosa, pero también más áspera y un fraseo que siempre busca el contraste, pero su interpretación no resultó tan apropiada en este cuento de hadas como en otras ocasiones. Muy ajustadas resultaron Cristina Obregón y Marisa Martins en la encarnación de las ridículas hermanas de la protagonista. A destacar, entre el estupendo equipo de secundarios a Laura Vila e Isaac Galán.
 
  Notable el coro tanto en la faceta canora como en la escénica.  Alta nota, asimismo, merece la producción de Laurent Pelly, ya paseada en varios teatros, entre ellos, la Royal Opera House de Londres. Afortunadamente, esta vez el director de escena no nos quiere contar ninguna ocurrencia particular y pretendidamente "genial", ni elabora dramaturgia alternativa o conceptual alguna. Tampoco pretende "traducir" al espectador actual una supuestamente trasnochada historia romántica, un cuento de hadas con su elemento sobrenatural. Tenemos príncipe, carroza, hada madrina con su varita mágica, zapato de cristal..., es decir el cuento de Perrault en todo su esplendor y al que tan fielmente se mantuvieron tanto Massenet como su libretista Henri Cain. A destacar la magnífica iluminación, la belleza del vestuario, la capacidad para contrastar los momentos cómicos, bufonescos, con los de gran lirismo, el inteligente movimiento escénico y la elegancia y el buen gusto que presiden todo el montaje. Si en su día resultó un hito el estreno de esta ópera en la Salle Favart de Paris por el uso por primera vez de la luz eléctrica, adecuada correspondencia y honor al mismo ha atesorado esta presentación (tardía bien es verdad) de Cendrillon en el Gran Teatre del Liceu, 114 años después.
Autor:Raúl Chamorro Mena
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