Crítica de José Amador Morales de la ópera Aida, de Verdi, en el Teatro de la Maestranza de Sevilla
Verdi… sobre todo
Por José Amador Morales
Sevilla, 23 y 24-VI-2026. Teatro de la Maestranza. Giuseppe Verdi: Aida, ópera en cuatro actos de Giuseppe Verdi con libreto de Antonio Ghislanzoni y Camille du Locle. Manuel Fuentes (El Rey), Ketevan Kemoklidze/María Luján Mirabelli (Amneris), Marigona Qerkezi/Chunxi Stella Hu (Aida), Alejandro Roy/Joan Laínez (Radamès), Insung Sim/Inho Jeong (Ramfis), Ernesto Petti/Fabián Veloz (Amonasro), Néstor Galván (Un mensajero), Patricia Calvache (Gran sacerdotisa). Coro Teatro de la Maestranza (Íñigo Sampil, director del coro). Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Daniele Callegari y Dominic Limburg, dirección musical. Paco Azorín, dirección escénica, escenografía e iluminación. Coproducción del Teatro de la Maestranza en coproducción con ABAO Bilbao Ópera, Auditorio de Tenerife, Teatro Municipal de Santiago de Chile y Teatro Nacional de São Carlos de Lisboa.
La temporada lírica del Teatro de la Maestranza se despidió con una nueva producción de Aida, uno de los títulos más representativos de Giuseppe Verdi y paradigma de una concepción operística capaz de aunar el espectáculo propio de la grand opéra con un intenso drama de carácter íntimo. Bajo el esplendor de las ceremonias religiosas, los desfiles triunfales y las grandes escenas corales late, en realidad, una tragedia sustentada sobre el conflicto entre el deber, el amor y la razón de Estado en un equilibrio siempre delicado que constituye uno de los principales retos para cualquier propuesta escénica.
La producción de Paco Azorín afrontó ese desafío trasladando la acción a un espacio deliberadamente abstracto y atemporal, con la violencia inherente a la guerra como principal eje conceptual. La propuesta destacó por la notable fluidez con la que se desarrolló la acción, enlazando las distintas escenas con naturalidad hasta completar una representación de tres horas, incluido el único descanso. Sin embargo, tras ese indudable acierto, la dramaturgia terminó ofreciendo una sensación de escasa profundidad, apoyándose con frecuencia en recursos visuales que apenas trascendían lo ornamental. Las videoproyecciones de paisajes egipcios, las espadas luminosas o la insistente presencia de un actor-trapecista, concebido como una especie de alter ego de los protagonistas, acabaron componiendo un entramado visual de indudable impacto estético pero de limitada incidencia dramática. Antes al contrario, la continua acumulación de estímulos escénicos, muchas veces antimusicales, acabó emborronando momentos de gran enjundia musical, desde el preludio hasta el dúo final, en los que la presencia del equilibrista llegó a molestar y distraer de la acción principal.
«En lo que respecta al apartado musical, el resultado alcanzó un nivel francamente interesante en ambos repartos reunidos para esta producción»
«La Aida de Marigona Qerkezi fue, probablemente, la gran triunfadora»
En lo que respecta al apartado musical, el resultado alcanzó un nivel francamente interesante en ambos repartos reunidos para esta producción. En primer lugar, la batuta de Daniele Callegari ofreció una lectura construida sobre un admirable equilibrio entre el impulso dramático y el lirismo, a despecho de cierta falta de elegancia en la articulación, y siempre atento tanto al acompañamiento de las voces como a la arquitectura de la partitura. Dominic Limburg, por su parte, sorprendió gratamente con una dirección de mayor personalidad, ampliando los tempi y explorando con un punto de mayor intensidad los contrastes expresivos sin perder nunca la tensión narrativa. Especialmente inspirado resultó el tercer acto, de refinado color orquestal y admirable capacidad evocadora. Tanto la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla como el Coro del Teatro de la Maestranza rubricaron una actuación soberbia, entre las más completas que se recuerdan en los últimos tiempos.
La Aida de Marigona Qerkezi fue, probablemente, la gran triunfadora de la serie gracias a una voz densa, bellísima y extraordinariamente musical, que consiguió convertir el fraseo más sencillo en un acierto expresivo, con momentos de especial emoción en sus medias voces y reguladores, pese a puntuales sonidos estrangulados en la transición al agudo. Muy distinta fue la prestación de Chunxi Stella Hu de voz un tanto impersonal, cuya sólida técnica y apreciable legato no bastaron para compensar unos registros central y grave demasiado livianos y por momentos inaudibles, lo que le impidió cincelar su parte con el necesario relieve dramático, comprometiendo considerablemente la construcción expresiva del personaje.
Alejandro Roy volvió a poner de manifiesto la honestidad de una entrega al límite y el impresionante metal de una voz proyectada con extraordinaria facilidad por la sala (impactante su “Sacerdote io resto a te!”). Sin embargo, las dificultades de índole técnica le imposibilitan lograr una emisión fluida, revelando cierta cortedad de fiato en los momentos de mayor lirismo que parecieron evidenciar que Radamès comienza a exigirle un esfuerzo considerable. Más cómodo en este sentido pareció un Joan Laínez que constituyó, sin duda, una de las sorpresas más gratas del segundo reparto gracias a una incuestionable musicalidad, un fraseo elegante y, en definitiva, una apreciable naturalidad escénica que no estuvo reñida con la necesaria firmeza en los grandes clímax de la partitura.
Frente a la arrolladora sensualidad de la Amneris de Ketevan Kemolidze, de medios vocales discretos pero de apabullante naturalidad escénica, María Luján Mirabelli fue construyendo una princesa algo discreta de partida pero de creciente entidad dramática, hasta culminar su escena del cuarto acto de forma soberbia. Por su parte, Ernesto Petti fue un excesivamente discreto Amonasro, muy limitado en los extremos de su tesitura, que naufragó palmariamente en un tercer acto carente de una mínima intensidad dramática. No parecía tener mejores medios Veloz, pero ya en su primera aparición sobre el escenario hizo evidente su credibilidad escénica y apoyado en una voz de conveniente volumen acertó a dar con una ajustada intensidad dramática cuando su personaje se revela tanto padre exigente como monarca combativo. Manuel Fuentes fue un convincente Rey mientras que Ramfis estuvo mejor servido por Inho Jeong, de voz más rotunda e incisiva en sus invectivas que el solvente Insung Sim. Excelentes Néstor Galván y Patricia Calvache, cumpliendo con brillantez sus breves pero importantes cometidos.
Fotos: Teatro de la Maestranza
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