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Crítica: Estreno de 'El público' de Mauricio Sotelo en el Teatro Real

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Autor: Alejandro Martínez
25 de febrero de 2014

DESENMASCARARSE O MORIR

Por Alejandro Martínez

24/02/2015 Madrid: Teatro Real. Mauricio Sotelo: El Público. Estreno absoluto. José Antonio López, Isabella Gaudí, Thomas Tatzl, José San Antonio, Antonio Lozano, Gut-Brit Barkmin, Cañizares, Arcángel, Jesús Méndez, Rubén Olmo, Josep Miquel Ramón, Erin Caves, Agustín Diassera. Klangforum Wien. Coro Titular del Teatro Real. Pablo Heras-Casado, dir. musical. Robert Castro, dir. de escena.

   Como un pasado que no pasa, el legado de Gerard Mortier continúa ocupando la actualidad del Teatro Real de tanto en tanto. Su último testimonio es este estreno mundial de El público, ópera de Mauricio Sotelo sobre el texto homónimo de Federico García Lorca, meritoriamente adaptado por Andrés Ibañez. El original de Lorca es un texto prácticamente irrepresentable, que el propio poeta concibió de alguna manera como una obra de teatro paradójicamente no llamada a representarse en un teatro, más bien onírica, reflexiva e irreal. Sin embargo, como el propio Sotelo confiesa, “Mortier creía que este complejísimo texto lorquiano sólo podría ser comprendido en toda su dimensión a través de la música”. Y a la vista de los resultados, cabe hablar de un objetivo realizado. Es más, por momentos se tiene la sensación de asistir a una conversación imposible entre Gerardo y Federico, esto es, entre Mortier y Lorca, dos personajes geniales (y difíciles) con tanto en común. Nos atrevemos a decir que García Lorca estaría orgulloso de esa locura ambiciosa y confiada que guiaba los proyectos de Gerard Mortier. Y es que, paradojas de la vida, lo cierto es que no hay nada en este espectáculo que coincida con el sello propio del actual intendente del Real, Joan Matabosch, que difícilmente hubiera apostado por algo así. Muy al contrario, la conjunción de texto, música y escenario abundan en esa concepción netamente política y moral de la ópera que presidía el hacer de Mortier allá donde desempeñaba su dirección artística., personificando de algún modo ese verdadero “teatro bajo la arena” que el propio Lorca apuntaba en su texto. Y no en vano esta composición de Sotelo lleva el sobretítulo de “ópera bajo la arena”.

   Pero huyamos de panegíricos. La obra de Lorca, enigmática decíamos, tan oscura como sugerente, no tiene un eje narrativo o teatral propiamente dicho. Carece en cierto modo de acción y de ahí, en buena medida, su supuesta irrepresentabilidad. En este sentido el tema de la homosexualidad, aunque no es el eje propiamente dicho de la obra, la atraviesa e impregna de principio a fin como un motivo recurrente, casi como un eco que resuena una y otra vez, aunque aspirando a elaborar un asunto más esencial si cabe, la cuestión de la identidad (esa idea de “la máscara”), ya no sólo sexual sino personal, esa circunstancia por la que cada uno de nosotros somos de algún modo no ya uno sino dos e incluso tres al mismo tiempo, penetrados indefectiblemente por cuantos otros entran a forma parte de nuestras vidas en un momento u otro. Y es que El público no es otra cosa que una invitación lorquiana a la desnudez, a dejarse penetrar uno mismo a través de los otros, quebrando de antemano cualquier atisbo de una identidad cerrada en sí misma, firme y segura, sin aristas. “Señor”. “¿Qué?”. “Ahí está el público”. “Que pase”. De eso se trata: de que todo eso que está ahí afuera nos empape y nos impregne para tener la ocasión de ser otros en nosotros mismos, impuros, sin sentir ese vértigo que se nos viene a la boca cada vez que nos enfrentamos al interrogante mayúsculo, ese que pregunta por el Yo. Desenmascararse o morir.

   Por lo que se refiere a la partitura propiamente dicha, el discurso musical de Sotelo amalgama con lograda naturalidad y coherencia no sólo un lenguaje atonal con uno tonal, sino asimismo resonancias más clásicas con otras de diverso genéro, desde el flamenco a músicas orientales, articuladas siempre bajo un tratamiento electroacústico francamente logrado, en el que el cante jondo, sobre el que Sotelo tanto ha indagado, desempeña un papel fundamental durante toda la representación. La plantilla orquestal comprende cuatro violines, tres violas, tres violonchelos, un contrabajo, dos arpas, un acordeón, un piano, dos flautas, un oboe, tres clarinetes, un saxofón, un fagot, dos trompa, una trompeta, dos trompones, una tuba, una guitarra flamenca, un extenso conjunto de percusión y los correspondientes dispositivos de amplificación y transformación del sonido. La capacidad de Sotelo para manejar todo ello, amalgamando todos las citas y lenguajes musicales antes mencionados, merece un indudable aplauso, sobre todo porque consigue hacer aprehensible algo que sin embargo es francamente complejo. A la música de Sotelo le falta por momentos ambición, es cierto, pero tiene a cambio la virtud de ser comunicativa, rompiendo ese tan manido cliché según el cual la música contemporánea deber ser por norma inasequible al oyente. Nada de eso: con sus irregularidades y altibajos, la música de Sotelo se sostiene como un discurso coherente y capaz, con una teatralidad genuina. El resultado final es un trabajo soberbio, a clara distancia, como obras de arte genuinas, de los anteriores estrenos promovidos en el Teatro Real por Mortier, como de The Perfect American de Glass o Brokeback Mountain de Wuorinen. De todos ellos, nos atrevemos a decir que el único llamado a pervivir y representarse en un futuro próximo es precisamente El público.

   Los solistas se tienen que enfrentar aquí a partes con muy diversa demanda vocal, con pasajes que transitan lo mismo por el canto propiamente dicho que por la palabra hablada, por la declamación rítmica o incluso por el Sprachgesang. Quizá la parte más endiabladamente escrita sea la de de Julieta, interpretada aquí por la joven Isabella Gaudí, que sale más que airosa del reto, seguramente aupada por la amplificación en algunos pasajes, pero ciertamente esmerada en su gran escena, el monólogo “Un mar de sueño”. Muy buen trabajo también el de José Antonio López como Director (Enrique), entonando y actuando el texto con lograda intencionalidad. Y esmerados asimismo el resto de solistas, Thomas Tatzl, Antonio Lozano, Josep Miquel Ramón, Erin Caves y Gun-Brit Barkmin, entre otros, en el desempeño de sus diversos roles, de compleja escritura vocal todos ellos.

   Ante el estreno de una nueva partitura, a la batuta responsable, a diferencia de lo que sucede con el repertorio más conocido donde buscamos rasgos que definan su personalidad, no cabe demandarle otra cosa que transparencia, claridad y decisión. La dirección musical de Pablo Heras-Casado, principal director invitado del Teatro Real tuvo el acierto de responder a este perfil, con una exposición precisa y ciertamente disciplinada. A sus órdenes, la excelente formación que es el Klangforum Wien, consumada intérprete de partituras contemporáneas, brindó una respuesta intachable, resolviendo con brillantez una partitura que no se antoja nada fácil de ejecutar. Cabe elogiar también las intervenciones del Coro Intermezzo, coro titular del Teatro Real, requerido especialmente en la segunda mitad de la obra. Hay que aplaudir asimismo, por supuesto, el gran trabajo de Mauro Lanza y Peter Böhm con la amplificación y la dimensión electrónica de la partitura, lo mismo que las intervenciones de los cantaores Arcángel y Jesús Méndez, de Cañizares con la guitarra y de Agustín Diassera con la percusión.

   El trabajo escénico de Roberto Castro, con escenografía de Alexander Polzin, figurines de Wojciech Dziedzic y coreografía de Darrell Grand Moultrie, se ajusta como un guante a la particular idiosincrasia del texto lorquiano. Castro, colaborador habitual de Peter Sellars, con quien de hecho trabajó para Ainadamar y The Indian Queen, abunda en un lenguaje de gran plasticidad, no ya sólo por el logrado lenguaje cromático sino por la constante superposición de planos semánticos, acudiendo a todo una panoplia gestual y a un logrado plano icónico, recurriendo incluso al cine mudo y recurriendo sobre todo estampas cargadas de valor simbólico, con resonancias constantes de los grandes temas que marcaron la obra de Lorca. Cabe aplaudir aquí también la espléndida labor del bailarín Rubén Olmo.

Fotos: Javier del Real

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