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Crítica: 'Gloriana', de Benjamin Britten, en el Teatro Real

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Autor: Raúl Chamorro Mena
17 de abril de 2018

Teatro Real britteniano

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 14-IV-2018. Teatro Real. Gloriana (Benjamin Britten). Anna Caterina Antonacci (Reina Isabel I de Inglaterra), Leonardo Capalbo (Robert Devereux, Conde de Essex), Leigh Melrose (Sir Robert Cecil), Sophie Bevan (Penelope Rich), Paula Murrihy (Frances), Duncan Rock (Lord Mountjoy), David Soar (Sir Walter Raleigh), Elena Copons (Una dama de compañía). Pequeños cantores de la JORCAM. Orquesta y coro Titulares del Teatro Real. Dirección Musical: Ivor Bolton. Dirección de escena: David McVicar.

   Mientras las representaciones en el Teatro Real de las obras centrales del repertorio tradicional operístico se vienen desarrollando entre el aburrimiento y la mediocridad, las óperas fuera del mismo, fundamentalmente del siglo XX y contemporáneas, se estan saldando con grandes éxitos de crítica y público. Concretamente y después de un magnífico (premiado internacionalmente) Billy Budd que pudo verse la pasada temporada, otra creación del compositor inglés Benjamin Britten (indudablemente, uno de los grandes de la ópera del siglo XX), su ópera Gloriana (Londres, 1953) se ha estrenado en Madrid con un espectáculo magnífico y muy completo en su globalidad.

   Como ya se ha subrayado otras veces en las reseñas que el que firma viene realizando de las representaciones del coliseo de la Plaza de Oriente, las obras más representadas del género lírico tienen un gran problema a día de hoy. Están destinadas a cantantes excepcionales, a grandes personalidades vocales e interpretativas. Algo que hoy día escasea y las pocas que hay no vienen al Teatro Real. La ilusión que la llegada de Joan Matabosch había sembrado en la afición madrileña en cuanto al desembarco de las grandes figuras de la lírica hace tiempo que se ha disipado. Hace unos años el Teatro Real intentó especializarse en las óperas del gran compositor checo Leos Janacek, del que se interpretaron con éxito (especialmente Katia Kabanova) un buen número de sus títulos. Actualmente y aunque ya se habían representado algunas de sus óperas, parece que se pone especial acento en el corpus operístico de Britten, para el que suscribe el mayor compositor para el teatro del período posterior a la Segunda Guerra Mundial.

   En la línea de lo subrayado, para hacer justicia a una ópera como Gloriana –además de un gran trabajo escénico y musical, por supuesto–, en el apartado vocal sólo se necesita una gran cantante actriz y un puñado de cantantes idiomáticos, ajustados interpretativamente y sin que importe excesivamente sean voces modestas o insuficientes técnicamente.

   El encargo a Britten para realizar una ópera que formara parte de las celebraciones de la coronación de la reina Isabel II, que ya cumple 66 años en el trono, era una buena ocasión para que el compositor inglés, con la intermediación e impulso de Lord Harewood, pudiera crear una ópera nacional inglesa con esa gran figura que es la llamada “Reina Virgen”, Isabel I, una monarca clave en la historia de Inglaterra y que mereció el apelativo de Gloriana. Eso sí, cualquiera que conociera la personalidad de Britten, así como la del libretista elegido William Plomer, podría imaginar que no iba a realizar un retrato idealizado, ni mucho menos un panegírico de la Reina, que hiciera el honor esperado al encargo y su correspondiente carácter celebrativo y exaltador del país y su monarquía. Por todo ello, Gloriana tuvo un tibio recibimiento y dejó desconcertadas y más bien desilusionadas a las altas instancias, de tal modo que Gloriana no volvió al Covent Garden hasta 2013 (60 años después), permaneciendo todo este período como una obra olvidada dentro de la creación de Britten.

   La soledad del que gobierna, la infelicidad del que detenta el poder absoluto, la dualidad entre ámbito privado y vida pública del mismo, se ha tratado en varias ocasiones en el género operístico. Figuras como Francesco Foscari, Simon Boccanegra, el Rey Felipe II de Don Carlo, Boris Godunov… En el caso de Isabel I de Inglaterra, hija de Enrique VIII y Ana Bolena tenemos, además, un antecedente claro, el magnífico retrato que realiza Gaetano Donizetti –dentro de los códigos del melodrama romántico italiano, claro está– en Roberto Devereux (Nápoles, 1837), una de sus obras maestras.

   Este monumental personaje diseñado por Britten con ese talento que le caracterizaba, tuvo como extraordinaria intérprete a la soprano italiana Anna Caterina Antonacci, que si bien se encuentra ya en claro declive vocal, con un acusado desgaste que tiene como consecuencia un sonido muy mermado en cuanto brillo, volumen y proyección, totalmente sordo en centro y grave, la gran artista que siempre ha sido tomó las riendas para completar una encarnación memorable. La soprano nacida en Ferrara con una gran presencia escénica, mayestática, plena de empaque, supo exponer todos los estados de ánimo de la Reina, toda su determinación, pero también todas sus flaquezas e inseguridades. La soberbia y altanería regias, el cariño hacia Robert Devereux y la consecuente inseguridad de quien es superior en rango, pero inevitablemente mucho mayor y que tiene su culminación en esa tremenda escena, en que el impulsivo Conde de Essex sorprende a la ya anciana reina en camisón en toda su decrepitud. En fin, los celos insolentes que le llevan a burlarse en plena fiesta de la esposa de su amado y la altivez soberana cuando se enfrenta a Penelope Rich, hermana de Robert, y defiende la necesidad inevitable de firmar su condena a muerte por traición. A diferencia de lo que ocurre en la ópera de Donizetti anteriormente aludida, en la que la Reina confirma la sentencia enfurecida por los celos, al sentirse traicionada como mujer por su amado, en Gloriana se impone su deber como gobernante sobre sus sentimientos personales. La llamada “Reina Virgen” nunca se casó para mantener su independencia y la de su reino, pero cualquier mínimo conocimiento de la naturaleza humana nos lleva a la certeza de que tuvo sus relaciones y sus amantes.

   Toda la riqueza del personaje fue expuesta por la Antonacci con su gran talento dramático, su acreditado carisma y destacada personalidad escénica, sus inmensas dotes de actriz y con una gran capacidad para frasear y acentuar en una lengua, la inglesa, nada habitual para ella. Como colofón a toda esta gran creación de la Antonacci y sin dejar de mencionar el magnífico monólogo del acto II, citar ese momento hacia el final de la representación, en que una reina ya anciana, desolada porque debe arrinconar sus sentimientos personales en favor de sus deberes como gobernante y la razón de Estado, además de plenamente consciente de la soledad conque terminara sus días, se levanta orgullosa, majestuosa e imponente. Inolvidable.

   A su lado, un grupo de cantantes dominadores del idioma con materiales vocales modestos tímbricamente y técnicas someras, pero responsables en lo interpretativo. Entre ellos citar a Leonardo Capalbo, Robert Devereux convenientemente impetuoso y arrogante, aunque con un timbre tenoril de comprimario y un canto sólo correcto, sin especial relieve como pudo apreciarse en sus “Lute songs”. Sophie Bevan, de cuidada línea y que colocó algún agudo apreciable, como Lady Penelope Rich. Leigh Melrose, impecable en su caracterización del fiel e inflexible consejero Lord Cecil. Quien supo aprovechar su cortísima intervención fue la soprano española Elena Copons en sus bellísimas frases de la escena de engalanamiento de la reina en el acto tercero. La soprano de Tarrasa desgranó con plena musicalidad y gran clase el espléndido fragmento.

   Tanto la producción de David MacVicar como la dirección musical de Ivor Bolton garantizaron dos aspectos fundamentales en la obra britteniana en general y también, por supuesto, en Gloriana, la fuerza teatral y la calidad de la orquestación. En este caso, el compositor británico enriqueció la misma con danzas renacentistas (pavana, gallarda, corranda, la volta) para ambientar la época del reinado de Isabel I, con lo que se logró combinar la afinidad de Bolton con la música antigua y la que profesa por la creación de su compatriota, firmando una notable labor como ya demostrara la pasada temporada en Billy Budd. Devoción por la música que se interpreta, trabajo con la orquesta, pulso narrativo y comunión con el escenario caracterizaron la lectura del director musical titular del teatro.

   Fabulosa la prestación del coro, empastado y flexible, realmente espléndido en los complicados pasajes a cappella de la escena de la mascarada. Impecables como siempre los Pequeños cantores de la JORCAM en su intervención del último acto.

   El montaje de David MacVicar contribuyó, asimismo, al magnífico nivel global del espectáculo. Una producción de esas que ahora llaman “historicista”, "tradicional" o “realista” –sencillamente porque no ambienta el reinado de Isabel I de Inglaterra en una nave espacial orbitando Júpiter o en un descampado en las afueras de Beirut–, que con un vestuario verdaderamente deslumbrante y un movimiento escénico dinámico y bien trabajado (magnífica la mascarada y las abundantes danzas), así como una buena caracterización de personajes –especialmente la protagonista–, sirve a la obra, la expone y narra apropiadamente. No faltaron algunos elementos simbólicos como los tres arcos dorados que parecen representar esa gloria del reinado de Isabel y la elipse con la Tierra girando alrededor del Sol, es decir la monarquía británica.

   Dado el alto nivel de las representaciones de sus óperas y la casi especialización que está consiguiendo el Teatro Real con la obra britteniana no estaría de más pensar en solicitar una subvención al gobierno de Su Majestad.

Fotografía: Javier del Real.

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