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Crítica: Hélène Grimaud y Valery Gergiev con la Filarmónica de Berlín

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Autor: Alejandro Martínez
3 de marzo de 2015

LA FRIALDAD DEL AMANTE

Por Alejandro Martínez

Berlín. 28/02/2015 Philarmonie. Temporada de la Filarmónica de Berlín. Hélène Grimaud, pianista. Valery Gergiev, dir. musical. Beethoven, Concierto para piano No. 4. Prokofiev, Sinfonía No. 6

   ¿Es posible admirar un concierto que no nos ha enamorado? ¿Dejarnos llevar por el juicio más razonable y objetivo aún incluso cuando no comparece el pathos para arrebatarnos en la butaca? Esa es la circunstancia que nos encontramos ante este atractivo aunque dispar programa protagonizado por la pianista francesa Hélène Grimaud y el director ruso Valery Gergiev, al frente de la Filarmónica de Berlín y con un programa compuesto por el Concierto para piano No. 4 de Beethoven y la Sinfonía No. 6 de Prokofiev, dos obras a decir verdad sin demasiados vínculos entre sí. En la interpretación del concierto nos encontramos con el piano pluscuamperfecto de Grimaud, talentosa, dueña de un aura genuina, y con la calculada emoción de Gergiev, como en una fría distancia que finamente eclosiona con inesperada intensidad. Si este hombre es capaz de lo que consiguió casi con el piloto automático, qué no hará cuando se tome las cosas con más tiempo e intensidad. Entre Gergiev y la Filarmónica de Berlín no advertimos tampoco un entendimiento gozoso sino más bien un respeto mutuo, una admiración tan evidente como obvio nos pareció el hecho de que se mueven en sintonías artísticas distintas. Entre todo esto, no fue fácil distinguir cuánto nos suscitaba una admiración objetiva, ante tanto virtuosismo, y cuanto nos emocionaba aquí y allá con viveza y autenticidad.

   Como decíamos Grimaud tiene un aura particular (no volveremos a recordar el tópico de su relación con los lobos, pero no es un ausnto baladí a este respecto). La pianista francesa es una intérprete cargada de una singular espiritualidad, capaz de generar en su música un aspecto ilusorio, como si por momentos el impacto de sus manos sobre las teclas del piano fuese poco más que un espejismo. Y es que Grimaud, concentrada en extremo, como extasiada, tiene manos de prestidigitador, rápidas e intensas, frescas y vibrantes (espectacular en el rítmico Rondó final). Por su lado, Gergiev demostró aquí que tiene sobrado oficio para enfrentarse a cualquier repertorio, en perfecta comunicación con la pianista y con una autoridad intachable a la hora de buscar el respaldo de la orquesta. El segundo movimiento de este concierto (Andante con moto), con ese seco impacto de las cuerdas que lo despierta, seguido de ese mimado y continuo dialogo entre piano y orquesta, servido aquí con genuina hondura, fue para nosotros el mejor momento de la velada, el único instante verdaderamente emocionante e intenso. Grimaud se despidió sin ofrecer propina alguna, por mucho que el público insistiera en buscarlas con sus aplausos.

   En la segunda parte del concierto empezó Gergiev la Sinfonía No. 6 de Prokofiev con distancia, casi con desinterés, un tanto mecánico, como poniendo a punto el engranaje que articula esta partitura por la que, por qué no decirlo, no tenemos demasiada simpatía. Y es que por momentos se antoja poco más que un mayúsculo ejercicio de orquestación, espectacular y con reminiscencias mahlerianas, pero un tanto hueco. Compuesta entre 1946 y 1947, entendida a menudo como una gran elegía tras las tragedias de la Segunda Guerra Mundial, la obra es por momentos un mastodóntico edificio, de ángulos soviéticos, por el que la luz y la poesía se cuelan casi con cuentagotas, buscando un resquicio que no llega. Gergiev, como un estratega ante el mapa de sus conquistas, es un experto consumado a la hora de manejar las enormes fuerzas que dispone la orquestación de Prokofiev. Tras ese distante inicio, nos admiró de Gergiev su trabajo con el segundo movimiento, de una intensidad apabullante, y también la endiablada exposición que plasmó en el tercer y último movimiento de la sinfonía. Y aún así y todo su interpretación no motivó en nosotros otra cosa que una admiración meramente intelectual. Colofón perfecto, en suma, a un concierto espectacular pero que nos dejó un tanto fríos, como ese amante que debiera enloquecernos pero con el que no surge la magia.

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