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Crítica: Plácido Domingo interpreta el Macbeth de Verdi en Berlín

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24 de febrero de 2015

PIETÀ, RISPETTO, AMORE

Por Alejandro Martínez

22/02/2014 Berlín: Staatsoper. Verdi: Macbeth. Plácido Domingo, Lyudmila Monastyrska, René Pape, Gastón Rivero y otros. Daniel Barenboim, dir. musical. Peter Mussbach, dir. de escena.

   “Pietà, respeto, amore”, entona Macbeth en el último acto, asediado ya por los presagios que avanzan su fatal destino. Y nunca mejor dicho, a la vista de la velada que nos brindó Plácido Domingo en el Schiller Theater de Berlín encarnando el que es ya su papel 145 y su octavo rol verdiano, tras Simon Boccanegra, Francesco Foscari (I due Foscari), Germont (La traviata), Rigoletto, Nabucco, Giacomo (Giovanna d´Arco) y Conde de Luna (Il trovatore). Amén de lo asombroso que es todavía hoy su instrumento, con esa autoridad tímbrica y esa presencia indudable, huelga decir que tiene mérito a estas alturas de su carrera estudiarse de cabo a rabo un nuevo papel de la entidad e intensidad de este Macbeth verdiano, que al margen de la disparidad evidente de color (qué paradoja, Domingo siempre sonó como tenor abaritonado y ahora, como barítono, nos suena demasiado a tenor) cuadra ciertamente bien a sus medios actuales, con esa escritura a menudo tan central, un punto aguda incluso para un barítono al uso, y sobre todo con ese declamado teatralísimo por el que Domingo se movería como pez en el agua de no ser por esa fatiga que se aprecia de tanto en tanto en su fiato.

   Y es que, a decir verdad, se entremezclan demasiados sentimientos, a menudo encontrados, en una representación así. Es indudable el respeto que nos merecen el arte y el oficio de Plácido Domingo. Y por eso mismo cuesta entender que se someta a sí mismo a situaciones de tanto riesgo, de las que precisamente su honor podría salir tan maltrecho y su respetabilidad francamente lastrada. A la vista de algunos acentos (“Banquo! l'eternità t'apre il suo regno”) escuchando algunas logradas escenas (“Mal per me”), de algunas frases certeramente entonadas (un fantástico “Sangue a me” o la intensidad impresa en “È deciso... quel bronzo, ecco, m’invita! Non udirlo, Duncano! È squillo eterno che nel cielo ti chiama o nell'inferno"), y por qué no decirlo, ante la increíble vitalidad que muestra el instrumento de tanto en tanto, sólo cabe quitarse el sombrero y acrecentar esa mezcla de admiración y respeto que cualquier melómano juicioso debería sentir, incluso hoy, por Domingo. Pero al mismo tiempo, cunde el desasosiego contemplando sus visibles problemas con un fiato entrecortado aquí y allá, aunque de tanto en tanto conseguía ligar algunas frases con asombrosa maestría y más que plausible expresividad. De igual manera fueron evidentes sus problemas con el texto, recurriendo una y otra vez a la apuntadora, a la que podía oírse sin demasiada dificultad desde las primeras filas del teatro.

   Como decíamos, a estas alturas de su trayectoria está más que probado que Plácido Domingo es un talento artístico sin parangón y un milagro de la naturaleza sin igual, y por eso mismo no se merece sufrir como por momentos dejó entrever en esta función, con un visible suspiro de impotencia cuando no pudo resolver el final del “Pietà, rispetto” como está escrito y como él quería, visiblemente decepcionado y un tanto abatido, como luchando consigo mismo. Por momentos se diría que se había fundido con el propio rol de Macbeth, como si él mismo se viera cegado, confuso, con la vista nublada, preso de una ilusión fatal, confundido por una Lady que no es otra que su propia y memorable trayectoria, única desde hace décadas, que lo mismo que le ha encumbrado al trono que atesora, bien podría también hacerle sucumbir de éxito, bajo su propia sombra. Les confieso que llegó un punto, precisamente viéndole batallar con el citado final del “Pietà, rispetto”, en el que sentí compasión, y en modo alguno pena o vergüenza ajena, conviene matizarlo, porque él mismo no se merece pasar por esos apuros. Ya fuimos en su día severos con su último Boccanegra de Valencia y elogiamos más tarde el Vidal de su última Luisa Fernanda. Hoy tenemos claro que si hay algo que Domingo no se merece es compasión, esa piedad que entona Macbeth en su aria. Él, que ha llegado tan lejos, no se merece hoy otra cosa que ese respeto y ese amor que también Macbeth canta en esa memorable página.

   La ucraniana Liudmyla Monastyrska es probablemente la mejor Lady Macbeth que hemos podido escuchar desde los tiempos de Shirley Verret, salvedad hecha de la que ofrecía Guleghina hace unos años, en una clave semejante a la de Monastyrska pero menos contrastada que ésta, y dejando a un lado el retrato que hoy ofrece Netrebko, personalísima y muy meritoria, pero menos ortodoxa. Monastryska es un verdadero fenómeno de la naturaleza, una fiera vocal y escénica, a veces de hecho un tanto desbocada, enfática en demasía aunque nunca histriónica. Estamos ante un material genuino de soprano dramática, extenso, timbradísimo, homogéneo y sin apenas cambios de color. Un punto ácido, si me apuran, es el material ideal para la parte de Lady Macbeth y la intérprete lo domeña a placer, logrando lo mismo que sea un torrente avasallador, de sonido percutiente, que un hilo de voz sutilísimo y casi caprichoso. Era la seugnda vez que escuchábamos su Lady Macbeth, tras una función con Simon Keenlyside, precisamente en el otro teatro berlinés de la Bismarckstraße, la Deutsche Oper. Tras haberle escuchado asimismo como Abigaille en Nabucco, Amelia en Un ballo in maschera y como Leonora en La forza del destino, no cabe sino insistir en lo ya dicho en otras ocasiones: pocas voces hoy epatan de esa manera y se muestran al mismo tiempo tan resolutivas con el canto spianato y los pasajes con agilidad. Es toda una suerte poder contar con ella próximamente para dar voz a Lucrezia Contarini en I due Foscari del Liceo, precisamente junto a Plácido Domingo y Ramón Vargas.

   En el resto del reparto, René Pape bordó la parte de Banquo, quizá con un timbre menos sonoro que en otras ocasiones pero con una interpretación intachable y un fraseo medido e intenso. Pocos solistas se han movido con semejante e idéntica maestría por el repertorio italiano y alemán como él lo viene haciendo durante la última década, alternando Sarastro con Felipe II, el rey Marke con Banquo, etc. El tenor uruguayo Gastón Rivero interpretaba la parte de Macduff, en reemplazo de Villazón, que había cantado las primeras funciones . Rivero no es un fino estilista, pero ofrece un material bien timbrado, sobre todo en el centro y en el primer agudo. Es sin embargo un intérprete un tanto anónimo, más bien falto de cárter y personalidad, por más que el fraseo resulte ardoroso por momentos.

   El incombustible Daniel Barenboim, al frente de la dirección musical, estuvo atinado pero no memorable. Atinado sobre todo en los momentos de más vigor y escritura más vertiginosa, extrayendo un sonido electrizante y lleno de tensión por parte de la Staatskapelle. También brilló Barenboim en e acompañamiento de los momentos más líricos de la velada, con una capacidad ya genuina para generar un sonido en piano cargado de riqueza tímbrica e intensidad dramática. Y sin embargo, no llegó a estremecer en páginas tan predispuestas a ello como el “Schiudi inferno” que cierra el primer acto o el “Patria oppresa”. Algo tuvo que ver el coro también en todo ello, menos entonado de lo que acostumbra, visiblemente más ajeno a la expresividad de esta partitura que a la del repertorio germano al que se adecua como un guante. La producción de Peter Mussbach, estrenada en noviembre del año 2000, pasa sin pena ni gloria, oscilando entre lo estimulante de su estética, tintada en rojo de principio a fin, y lo risible de algunos otros detalles, como la caracterización del coro, asimilado a algo parecido a un ejército de alienígenas

Fotos: MARA EGGERT

Autor:Alejandro Martínez
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