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Crítica: «Aida», de Giuseppe Verdi, desde The Metropolitan Opera House con Anna Netrebko en el rol protagonista

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4 de octubre de 2018

De princesas de lujo y un pretendiente insolvente

   Por David Yllanes Mosquera | @davidyllanes
Nueva York. 29-IX-2018. Metropolitan Opera House. Aida (Giuseppe Verrdi). Anna Netrebko (Aida), Alekandrs Antonenko (Radamès), Anita Rachvelishvili (Amneris), Quinn Kelsey (Amonasro), Dmitry Belosselskiy (Ramfis), Ryan Speedo Green (Rey), Arseny Yakoklev (Mensajero), Gabriella Reyes (Sacerdotisa). Metropolitan Opera Orchestra and Chorus. Dirección escénica: Sonja Frisell / Stephen Pickover. Dirección musical: Nicola Luisotti.

   La Metropolitan Opera acaba de lanzar una temporada 2018/2019 que promete ser de las más interesantes de los últimos años. Dentro de los parámetros de esta compañía, centrada en el gran repertorio por identidad y por la necesidad de llenar su enorme teatro, se han colado este curso más títulos originales de lo habitual. Así, tendremos un Trittico completo, Adriana Lecouvreur, Mefistofele, Pelléas et Mélisande o Dialogues des carmélites. Pero, además de la selección de óperas, parece que este año se han cuidado un poco más los repartos de algunas de las más tradicionales. Esto es especialmente cierto en la primera de su perenne terna ABC (Aida, Bohème, Carmen), la versión estadounidense de nuestro sota, caballo y rey. En efecto, la obra maestra de Verdi viene amadrinada por las que son seguramente las dos principales sopranos del momento: Anna Netrebko (en otoño) y Sondra Radvanovsky (en invierno). En esta primera tanda, había además un punto extra de expectación por la Amneris de Anita Rachvelishvili, mezzosoprano en alza que la temporada pasada deslumbró al Met con su Azucena.

   Aida, en la ya treintañera producción de Sonja Frisell, es uno de los mayores reclamos «turísticos» de la compañía. La puesta en escena se basa en la espectacular escenografía del diseñador de producciones cinematográficas Gianni Quaranta, con alguna transición efectista que nunca deja de arrancar espontáneos aplausos del público. Como ejemplo, la pared de la estancia en la que se desarrolla el dúo entre Amneris y Aida en el segundo acto se empieza a hundir bajo el escenario, para convertirse en una muralla patrullada por guardias, que a su vez desaparece y desvela una monumental marcha triunfal. Las escenas están correctamente coregrafiadas y son respetuosas con el libreto —por ejemplo, el juicio de Radamès se desarrolla fuera de escena, con Amneris en primer plano y una ambientación muy atmosférica—. Es, sin duda, una propuesta muy tradicional que los habituales del Met tenemos muy vista. Es también discutible que tanta grandiosidad sea el mejor planteamiento para una obra que, en el fondo, es principalmente una sucesión de escenas íntimas. Sin embargo, dentro de su estilo no puede negarse que es una producción que funciona… si los cantantes son capaces de llenar sus amplios espacios.

   Afortunadamente, esto no parecía un reto demasiado difícil para el arrebatador carisma de Anna Netrebko, la diva por excelencia de los escenarios actuales y desde hace varios años la reina del Met. La rusa volvía avisando de que el de Aida era el papel más difícil de su repertorio, aunque su única incursión anterior en él —en Salzburgo con Muti— había sido un rotundo éxito. Ciertamente, los obstáculos que presenta son imponentes, pero Netrebko se mostró muy segura casi desde el principio, tras apenas unos compases algo vacilantes mientras calentaba la voz. Se trata de una artista que en ocasiones se fía demasiado a sus mayores bazas: una voz de irresistible atractivo y una garra escénica sin par. Sin embargo, en esta ocasión ofreció la que ha sido probablemente la mejor función que le he visto, desde el punto de vista técnico. Matizaciones, muy segura por arriba y con una voz siempre bajo control. Podemos destacar aquí el peligroso ascenso al agudo en «O patria mia», que ejecutó con gran destreza y remató brillantemente. Incluso sus puntos débiles, como una dicción italiana a veces extraña o un legato corto, parecieron esta noche sensiblemente mejorados. En el aspecto interpretativo, estamos también ante una de sus grandes creaciones. Su Tosca de la pasada primavera nos mostró a una Netrebko sutil y comedida en escena, que ha aparecido también en su esclava de los faraones. Pero cuando tiene que mostrarse como lo que es realmente, una princesa etíope de carácter, despierta la vena volcánica que ha conquistado tantos escenarios. Fascinante de principio a fin.

   Pero lo más sorprendente de la velada no fue la gran Aida de Netrebko, sino que el Met fuera capaz de encontrarle una rival a su altura. Amneris es el papel más complejo dramáticamente de la ópera y es también un enorme reto canoro, pero ha tenido en Anita Rachvelishvili una intérprete consumada. Esta mezzo georgiana llevaba tiempo avisando de sus grandes cualidades, con una voz rica y amplia, sobre todo en el suntuoso registro grave, pero necesitaba todavía cierto pulimiento técnico. En este último apartado, su mencionada Azucena de la pasada temporada fue ya un gran paso adelante, que ahora se confirma con una Amneris excelente. Rachvelishvili no se arredró ni ante a sus compañeros de reparto ni ante la potente orquesta verdiana y ofreció frases explosivas pero siempre controladas. Como único fallo, cabe mencionar algún agudo con una emisión no del todo limpia. En escena fue arrolladora, algo verdaderamente inusual en los cantantes jóvenes actuales, capaz de enfrentarse de tú a tú a toda una Netrebko y de hacernos sentir simpatía por un personaje a menudo encarnado unidimensionalmente. El resultado fue una primera escena del segundo acto verdaderamente incandescente, en la que las dos rivales amorosas se enfrentan y las divas que las encarnan alcanzan su máximo nivel. En definitiva, Rachvelishvili está haciendo méritos para convertirse en la mezzo verdiana de su generación.

   Con estas dos princesas de lujo y un reparto secundario, como veremos, más que correcto, podríamos estar hablando de una función totalmente memorable. Por desgracia, el tercer vértice del triángulo amoroso resultó totalmente deficiente. Desde un esperpéntico «Se quel guerrier io fossi», el Radamès de Aleksandrs Antonenko sonó totalmente desafinado y gangoso. Al término de una descontrolada «Celeste Aida», se podría esperar, sin intentar un morendo o mayores florituras, al menos un competente final con el Si bemol en forte, pero fue imposible. El público recibió esta gran aria con estupor y menos aplausos que los que dedicó a los caballos de la marcha triunfal. A partir de ahí la prestación de este tenor no mejoró, la voz sonó siempre nasal en cuanto se aproximaba al pasaje y, por supuesto, no hubo ni rastro de un personaje. Es de suponer que Antonenko atravesaba alguna indisposición, pues en el pasado se había mostrado como un cantante de modos rudos pero algún papel estimable —Otello o, en el propio Met, el príncipe de Rusalka—. En cualquier caso, es incomprensible e inaceptable su presencia en un escenario de primer nivel en estas condiciones. En los saludos finales recibió incluso algunos abucheos del público, algo casi insólito en este teatro. Aun aceptando las dificultades que presenta la cuerda de tenor spinto en la actualidad, recientes intérpretes del Radamès en el Met, como Marco Berti o Jorge de León, habrían mejorado sensiblemente el resultado.

   Los personajes secundarios estuvieron en general bien cubiertos por cantantes habituales en Nueva York. Completando un grupo de principales de voces grandes —incluyendo al propio Antonenko—, Quinn Kelsey fue un satisfactorio Amonasro. Sin ser un fino estilista, al menos ofreció una voz atractiva y talento actoral, así como cierta autoridad en frases como «Non sei mia figlia! Dei Faraoni tu sei la schiava!». Dmitry Belosselkiy, un veterano de esta producción, fue un Ramfis muy apreciable, aunque tardó un poco en calentar. Por su parte, Ryan Speedo Green tuvo cierta dificultad con las notas más graves de su Rey, pero en conjunto, y de nuevo tras cierta dureza inicial en la voz, resultó más que correcto. Finalmente, cabe mencionar a dos comprimarios que destacaron en sus pequeños papeles: Arseny Yakoklev como el mensajero y, especialmente, la sacerdotisa de Gabriella Reyes.

   Dirigía la orquesta el experimentado verdiano Nicola Luisotti, quien mantuvo un buen pulso dramático y estuvo atento al detalle en los pasajes instrumentales pero no llegó a imprimir una verdadera personalidad en su lectura. En concreto, unos tempi algo inconsistentes, ora acelerados, ora letárgicos, dejaron una impresión algo difuminada sobre su visión de la partitura. El coro del Met volvió del verano al excelente nivel al que nos tiene acostumbrados.

Fotografía: The Metropolitan Opera House.

Autor:Codalario
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