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Crítica: Herbie Hancock abre la edición 2019 del Festival Internacional de Jazz de Madrid visitando el Centro Nacional de Difusión Musical

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29 de octubre de 2019

Herbie Hancock para rato

Por Juan Carlos Justiniano
Madrid. 28-X-19. Auditorio Nacional de Música de Madrid. Festival Internacional de Jazz de Madrid 2019, Centro Nacional de Difusión Musical [Jazz en el Auditorio]. Herbie Hancock [piano y teclados], Elena Pinderhughes [flauta y voz], Lionel Loueke [guitarra y voz], [James Genus [bajo eléctrico] y Justin Tyson [batería].

   Contaba Miles Davis a Quincy Troupe, biógrafo y amigo del trompetista, que él solito había cambiado unas cinco o seis veces la historia de la música. Más allá de la provocación, lo cierto es que Miles merece si no cinco o seis capítulos de la historia de la música del siglo XX, al menos uno bien extenso con bastantes subapartados. Dentro de sus logros no habría que restarle mérito en la construcción de eso que la crítica y el afán nomenclaturista de la industria apodó jazz fusión. Porque, más allá del ego y la jactancia que casi van de suyo en un genio como el trompetista, la historiografía ha reconocido que Miles tuvo, sin duda, un papel central en la inspiración de una manera de entender la música que empezó a tomar forma con grabaciones como Miles in the Sky (Columbia, 1968) o In a Silent Way (Columbia, 1969).

   Sin embargo, y no sin cierto pesar para su orgullo, no fue el propio Miles quien protagonizó y acaparó los méritos de marcar un punto y aparte en la historia de la música del siglo XX proponiendo un sonido que dominaría definitivamente la escena jazzística de la década de los setenta. Fueron sus ¿discípulos?, ¿alumnos?, ¿compañeros? como Herbie Hancock, Wayne Shorter o Tony Williams quienes lograron mayor suerte y éxito. Y aquí se podría desplegar un muestrario interminable de todo tipo de proyectos: los Weather Report, los Return to Forever, la Mahavishnu Orchestra, los proyectos de George Duke, etc. y, por supuesto, los Head Hunters de Herbie Hancock.

   Unos miraban abiertamente hacia el rock, el blues y la psicodelia; otros a los ritmos latinos; y también los había que, como Herbie Hancock, se inclinaron por el funk y la música negra. Entre todos dieron forma a ese localizador común, la música fusion, enfundados en instrumentos eléctricos, hambrientos de experimentar con la forma, convencidos de un concepto grupal –no por casualidad la mayoría de los nombres de las bandas no estaban construidos como epónimos– y, sobre todo, persiguiendo un punto de anclaje con el público después de la abstracción que alcanzó el jazz de los años sesenta. Los que se apuntaron el tanto de enganchar con un éxito bastante notable al público más joven fueron, más que el propio Miles, músicos como el propio Herbie Hancock.

   Con estos precedentes, era previsible que a alguien que pudo aguantar la mirada a fenómenos como los de Elvis, Beatles, Jimi Hendrix, James Brown o Sly Stone, se le abrieran las puertas de la Sala sinfónica del Auditorio Nacional de Madrid. El pianista visitó ayer el Centro Nacional de Difusión Musical [CNDM] y, a la sazón, inauguró la edición 2019 del Festival Internacional de Jazz de Madrid. Como quien dice, con su visita a la capital mató dos pájaros de un tiro. Y es que, la sociedad establecida entre ambas empresas parece inteligente: el festival madrileño se sirve de la capacidad de aforo de la sala grande del Auditorio Nacional para poder dar cabida a un público que se preveía multitudinario (como corroboró que se agotaran las entradas a la primera de cambio); y, por su parte, el CNDM gana visibilidad entre otros públicos que siguen viendo con cierto recelo el espacio sacrosanto de las tradicionales salas de conciertos. Los prejuicios de unos y otros de alguna manera pudieron neutralizarse.

   Ya sobre el escenario, Herbie Hancock apareció como una auténtica estrella de rock, fue recibido con ovaciones mientras mostraba una vitalidad y un júbilo verdaderamente envidiables para sus casi ochenta años. El pianista tiene también un punto de showman y no tardó en meterse en el bolsillo al público madrileño, ya fuera tocando o haciendo de maestro de ceremonias cuando presentó al conjunto de músicos que ha reunido para su gira europea: una suculenta combinación de viejos conocidos, pero también de chavales cargados de talento y energía. Véase la flautista y cantante Elena Pinderhughes, una intérprete jovencísima que aportó el toque soul cuando, en un par de ocasiones, agarró el micrófono; o el último fichaje del grupo, el baterista Justin Tyson, un músico de esos con los que resulta complicado concluir si han crecido en la tradición jazzística o en la música popular urbana si es que en algunos contextos no son la misma cosa.

   Fueron el baterista y el bajista James Genus los que delimitaron el terreno de juego armando un estrato funk, lleno de groove y estilo, siempre en el sitio, casi siempre en el volumen, y haciendo las veces de toma de tierra en medio de tanta electricidad y tanto enchufe, de tanto arabesco y tantas perrerías de Hancock y Lionel Loueke, el guitarrista que completó la plantilla en la visita del pianista a Madrid. Este último merece mención aparte como personaje de esos que están destinados a decir mucho y muy bien en la narración de la música de este siglo XXI. El músico de Benín es toda una fuerza de la naturaleza que desborda a cualquier compañero sobre el escenario, ya sean Hancock, Chick Corea o Terence Blanchard. Loueke es uno de los guitarristas más interesantes e imaginativos de la música actual, es creatividad en estado puro y propone una música cargada de inspiración con un estilo completamente inconfundible que combina una mezcla explosiva de guitarra virtuosa, vocoder y juegos vocales que fusionan el beatbox con chasquidos que recuerdan a las lenguas de clic.

   Pero la fama precede a Herbie Hancock y todo el público estaba advertido de que iba a ser él quien iba a poner la fiesta y que lo iba a hacer enfundado en un buen surtido de aparataje, ingenios eléctricos de teclado, sintetizadores, vocoders… Con tanto enchufe y tanto cable no estaba fuera de guion que alguno de ellos pudiera saltarse… Pero no pasa nada. Con Herbie Hancock ningún ruido sobra ni se acopla. Todo sumó para completar las casi dos horas de música que el quinteto dedicó a repasar una selección escrupulosa de las composiciones más antológicas del pianista ya fuera en forma de largas suites o acometiendo de manera integral míticas melodías como «Actual Proof», «Come Running to Me», «Cantaloupe Island» o la magnética sorpresa final «Chameleon».

   Lo de ayer fue un homenaje de Herbie Hancock a una manera de entender la música, el jazz fusión, que casi se confunde consigo mismo. Es más, se puede decir que lo de ayer fue un homenaje de Herbie Hancock a sí mismo. Pero para nada con tintes honoríficos, porque queda Herbie Hancock para rato. Y ya sea en su propia persona o transmutado en idea musical. Y es que, con el pianista ocurre como antaño con Miles, que ha concitado a su alrededor una pléyade de jóvenes músicos como Kamasi Washington, Robert Glasper o Christian Scott –a quien tendremos asimismo ocasión de ver dentro del programa del festival madrileño–, que ven a Hancock como maestro y gurú y que están conformando en los últimos lustros una de las propuestas más exitosas del jazz contemporáneo en público y mercado al acercar la improvisación, la experimentación armónica y el virtuosismo a sonidos como el funk, el hip hop o a las músicas urbanas en general.

Fotografía: Elvira Megías/CNDM.

Autor:Juan Carlos Justiniano
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