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[C]rítica: «La Bayadère», de Ludwig Minkus, en el Teatro de la Maestranza de Sevilla

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17 de enero de 2019

Una clásica bayadera

Por José Amador Morales
Sevilla. Teatro de la Maestranza. 10 de Enero de 2019. Ludwig Minkus: La Bayadère. Nikola Márová (Nikiya), Adam Zvonar (Solor), Sophie Benoit (Gamzatti), Michaela Cerná (Madre de Solor), Rebecca Mabin (Madre de Nikiya), Jiri Kodym (Gran Brahmán, Gran sacerdote) Tomás Kopecky (El Rajá). Ballet Nacional Checo. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Václav Zahradnik, dirección musical. Javier Torres, coreografía (sobre la original de Marius Petipa) y dirección escénica.

   Fiel a la tradición, el Teatro de la Maestranza ha iniciado el año con una producción dedicada al ballet clásico. En esta ocasión ha vuelto a ponerse en escena La bayadère, la gran aportación de Ludwig Minkus al género y sin duda un título precursor de tantos otros célebres que hoy conocemos. El teatro sevillano ya programó el mismo título en 2012, si bien en aquél entonces se trató de una recreación de la versión en tres actos.

   La bayadera hace alusión a las llamadas «devadasi» hindúes (conocidas por los viajeros portugueses como «bailadeiras» y de ahí su derivación a «bayaderas»), mujeres que en la India eran consagradas a la danza desde la infancia. Los viajeros románticos expandieron el mito de estas bailarinas sagradas, alimentado por la atracción hacia lo oriental por aquél entonces tan en boga. La inspiración tanto de Minkus como de su libretista Judekov y de su coreógrafo Marius Petipa, se disparó ante la perspectiva de un drama bailado con semejante ambiente exótico y con una importante presencia de lo espiritual y de lo sobrenatural. Finalmente el ballet se estrenó en el Teatro Bolshoi de San Petersburgo el 4 de febrero de 1877, cosechando un éxito que no ha decaído desde entonces. El romanticismo de una coreografía que integraba escenas solistas y dúos de gran virtuosismo así como una música cargada de bellas melodías y valses, cuya calidad y orquestación anuncian claramente las aportaciones de Tchaikovsky, cautivaron a un público que no ha dejado de rendirse ante la belleza de sus encantos. Desde 1919 suele ser habitual su representación sin el acto tercero, como el caso que nos ocupa.

   La escenografía que ha podido verse en esta producción sevillana responde innegablemente a ese carácter romántico que impregna la obra pero con un atinado equilibrio entre todos los elementos que impide que no llegue a empalagar, saturar o causar tedio –como sí sucediera, por poner un ejemplo estéticamente equivalente, con la que se viera en la Lucia di Lammermoor de Donizetti representada en otoño en el mismo teatro–. Al mismo tiempo, el acierto del vestuario, de gran colorido y espectacularidad, causó entusiasmo entre un público que llegó a contemplar más de ochenta bailarines en escena. En cuanto a las coreografías, fueron especialmente espectaculares y aplaudidas las contempladas en la escena de la fiesta de compromiso entre Solor y Gamzati al final del primer acto, o las más líricas y clásicas del comienzo del segundo, durante el sueño de Solor.

   El protagonismo de Nikola Márová, veterana incombustible y toda una celebridad en su país, eclipsó al resto del reparto y cautivó a los presentes con sus movimientos de gran elegancia y expresividad. En esta su única actuación de las cuatro funciones programadas, tal vez sólo la estupenda Gamzatti de Sophie Benoit pudo hacerle frente. Los mejores ejemplos de Márová fueron las danzas extremas, esto es, la correspondiente al cuadro introductorio y la más dramática que acontece con la bendición de los esposos en el segundo acto.

   A nivel musical Václav Zahradnik dirigió con solvencia a la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla, si bien no pudo evitar una cierta irregularidad entre momentos de gran intensidad y otros menos definidos (como el sonoro desajuste orquestal en la escena de las concubinas del primer acto), aunque es de agradecer que en ningún momento tendiese al efecto ni al ruido. Por otra parte, destacaron sobremanera las prestaciones solistas del viento madera (sobre todo clarinete y flauta) así como del violonchelo en la bellísima danza de bendición de Nikiya a los prometidos o en la de los esponsales del segundo acto.

Fotografía: Teatro de la Maestranza.

Autor:José Amador Morales
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