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Crítica: La voz de Paloma Gutiérrez del Arroyo y el arpa medieval de Manuel Vilas dan vida a Bernart de Ventadorn en «El canto de Polifemo»

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14 de marzo de 2020

Ventadorn: un trovador en Madrid

Por Fabiana Sans | @fabianasans
Madrid. 7-III-2020. Iglesia de las Mercedarias de Góngora. El canto de Polifemo. Chantador del joi d´amor. Canciones de Bernart de Ventadorn (...1147-1170…). Paloma Gutiérrez del Arroyo [canto], Manuel Vilas [arpa medieval].

   Si algo tiene de valorable el movimiento de la música antigua que se vive hoy día es, sin duda, la presentación de repertorios tan diversos como desconocidos y olvidados en nuestras programaciones habituales. De esta manera, día a día encontramos agrupaciones, tanto de nueva creación como algunas ya consagradas, que tienen como objetivo profundizar en las sonoridades de otros tiempos, y que, afortunadamente, encuentran cada vez más espacios que se abren a estas «nuevas» músicas. Tal es el caso del último concierto presentado en el ciclo El canto de Polifemo, coordinado por Francisco Quirce, donde el protagonista de la velada fue Bernart de Ventadorn, «uno de los grandes nombres de la lírica medieval provenzal».

   Ventadorn, considerado «el mejor de los poetas trovadores», se cree que perteneció a la segunda generación de la escuela de Eble, de la que fue su mayor representante. Según Robert Falck, parte de la historia de Bernart se conocen por un poema satírico de Peire d’Alvernhe, en el que se relatan los orígenes del compositor medieval. Años después entra al servicio de Leonor de Aquitania y, posteriormente, al de Raimon V conde de Toulouse. Tras la muerte de este último, el trovador residió por el resto de su vida, posiblemente en el Abadía de Cadouin en Dordoña. Gran parte de estos datos ofrecidos por Falck, son tomados de poemas del propio Bernart, aunque algunos no pueden ser corroborados.

   El concierto inicia con «Cant l’erba fresq’ e l fuelha par», primera de las cinco canciones que, tal como explicó Paloma Gutiérrez del Arroyo, inspiran el programa pensado como un recorrido de las historias de amor y desamor del trovador. Con una afinación impecable, Gutiérrez del Arroyo nos trasladó al Medioevo con un correctísimo manejo de la dicción del occitano medieval que permitía entender el contenido de los mismos casi sin necesidad de leer la traducción. Si bien es cierto, que no se caracterizó precisamente por ser este un momento especialmente expresivo dentro de la totalidad del concierto. A continuación, la cantante y Manuel Vilas declamaron «Pus mi prejazt, senhor, qu’ieu chant», en la que quisieron mostrar la cercanía del idioma original con el nuestro.

   La tercera de las canciones (la segunda cantada), fue «Be m’an perdut en lay ves Ventadorn», sin duda uno de los momento más memorables de toda la velada. Pudimos ser partícipes de una teatralidad histriónica y una comunicación muy expresiva que desde luego hizo las delicias de todos los asistentes al concierto. Este nivel de interpretación escénica se echó de menos en otras piezas del concierto, puesto que a pesar de que implicaron otros recursos también valorables, lo cierto es que este tipo de repertorio requiere de una expresión teatral mucho más acusada que en otros casos. Esta se desarrolló con Vilas sentado en el suelo, algo que llamó la atención de los asistentes y que favoreció a la ambientación y la descripción de las diferentes sonoridades que se podían encontrar en los espacios donde originalmente sonaba el repertorio trovadoresco, tal y como explicaron los intérpretes.

   Durante toda esta primera mitad del concierto, ambos nos ofrecieron diferentes intervenciones en las que explicaron al público muchos de los elementos relacionados con el programa desde un prisma muy interesante, puesto que además incluyeron referencias de algunos autores de nuestra época que hicieron alusión ya sea a la época o al trovador que nos ocupa. Además, como es habitual en este tipo de conciertos comentados, ofrecieron explicaciones sobre la forma de cantar y tañer el arpa, así como algunos datos sobre Vertadorn. No obstante, cabe acotar que la acústica de la iglesia no favoreció del todo dichas intervenciones, y las explicaciones lamentablemente solo llegaron, en ocasiones, a una parte reducida del público, problema que se hubiese solventado con el simple uso de un micrófono.

   En las tres últimas piezas, el dúo jugó con la sonoridad del espacio, moviéndose por toda la iglesia y aprovechando los recursos acústicos de cada uno de los rincones, algo sin duda muy interesante. Fue en estas secciones de movimiento donde pudimos, en primer lugar, ser verdaderamente conscientes del poderoso sonido del arpa de Vilas, basada en las miniaturas de la Biblia Maciejowsky (s. XIII) y construida por Luís Martínez, así como del excelente trabajo de montaje que había entre los dos músicos. Cabe destacar que el extraordinario trabajo de afinación y de conexión que mantuvieron a lo largo de todo este bloque, que si bien adoleció ligeramente en cuanto a teatralidad en comparación con «Be m’an perdut», ganó en la riqueza de otros elementos musicales. El momento más destacable de esta parte fue, sin duda, «Non es meravelha s’eu chan», donde pudimos disfrutar de nuevo de este histrionismo al que me refiero. De los puntos más sobresalientes del concierto es que Paloma lo interpretó al completo de memoria (algo no tan habitual en las actuaciones de este tipo de repertorio), mientras que Vilas hizo lo mismo en algunas ocasiones.

   Sin duda, y sin pretender ser románticos, Bernart de Ventadorn habría aplaudido tanto como el público asistente a este concierto. Un trabajo de altísima calidad que, en realidad, debería ser el mínimo exigido en el circuito madrileño, y por qué no, el nacional. Deberíamos poner la mirada en este tipo de producciones si queremos, algún día, estar a la altura del resto de Europa.

Fotografías: Juan Mantilla/El canto de Polifemo.

Autor:Fabiana Sans
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