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[C]rítica: «Satyagraha», de Philip Glass, en Los Angeles Opera

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19 de noviembre de 2018

Minimalismo bien servido

   Por David Yllanes Mosquera | @davidyllanes
Los Angeles. 11-XI-2018. Dorothy Chandler Pavilion. Satyagraha, de Philip Glass. Sean Panikkar (M.K. Gandhi), Michael J. Hawk (Príncipe Aryuna), Patrick Blackwell (Krisna), So Young Park (Miss Schlesen), Erica Petrocelli (Mrs. Naidoo), J’Nai Bridges (Kasturbai), Morris Robinson (Parsi Rustomji), Niru Liu (Mrs. Alexander). Dirección escénica: Phelim McDermott. Dirección musical: Grant Gershon.

   «Insistencia en la verdad». En un revuelto mes electoral en los EE.UU. era difícil no advertir una especial resonancia en el significado del título de Satyagraha, la ópera de Philip Glass basada en la doctrina de la resistencia no violencia de Mohandas Gandhi. Estrenada en 1980, se trata de uno de los mayores exponentes del minimalismo en el repertorio operístico y es seguramente la obra más conseguida de su compositor.

   A primera vista, parece una obra difícil. Un repaso casi hagiográfico a la juventud de Gandhi en Sudáfrica, con un libreto que podríamos calificar de «altamente conceptual» y extraído de un poema sagrado hinduista. En efecto, no hay una estructura convencional, sino una serie de episodios disconexos, sin un clímax claro y desordenados cronológicamente. Más aún, el texto no plasma diálogos o pensamientos de los personajes, sino que estos se limitan a cantar fragmentos del Bhagavad-gītā, para más inri en el sánscrito original. Si a esto añadimos la escritura musical minimalista, basada en la reiteración de cortas frases musicales –y a veces en la repetición constante de sílabas por parte de los cantantes– parecería que Satyagraha no puede tener una verdadera fibra teatral. Sin embargo, el minimalismo se adecua bien al carácter ritualista del libreto y, en una buena representación, la obra puede llegar a tener gran fuerza dramática y expresividad.

   Y una buena representacion es lo que hemos podido disfrutar en la LA Opera, que completa la llamada Portrait Trilogy de Glass sobre hombres que cambiaron la historia, tras recientes presentaciones de Akhnaten y Einstein on the Beach. Un elemento fundamental de este éxito es la producción de Phelim McDermott, creada para la English National Opera y la Metropolitan Opera y que ya debe considerarse como de referencia para esta ópera. McDermott, en colaboración con Julian Crouch como regista asociado y escenógrafo y con la ayuda de una excelente iluminación, logra tanto crear el ambiente adecuado como infundir progresión dramática.

   Tras un prólogo en la batalla de Kurukshetra, en el que se establece la conexión de Gandhi con los personajes del Bhagavad-gītā –Krisna y el príncipe Aryuna– cada acto está relacionado con un «espíritu guía». Se trata de León Tolstói, Tagore y Martin Luther King Jr. –precursor, contemporáneo y sucesor de la filosofía gandhiana, respectivamente–. McDermott los presenta literalmente presidiendo la acción desde una ventana elevada. El escenario es generalmente oscuro, reflejando el marginal entorno de los indios en Sudáfrica a finales del XIX y en ocasiones reforzando el tono solemne de la acción. Un ejemplo es el final del segundo acto, que escenifica la quema de tarjetas de registro por indios sudafricanos y que resulta especialmente atmosférico y efectivo. Finalmente, en el tercer acto este entorno opresivo se abrirá para dar paso a un cielo azul. Frente a él veremos perfilado al Dr. King de espaldas, pronunciando a cámara lenta su famoso discurso I Have a Dream. Mientras tanto, Gandhi y sus seguidores marcharán en protesta, siguiendo un sendero delimitado por cintas de celo. Un elemento importante y particularmente efectista de la producción es el uso de enormes marionetas, primero de papel maché y más tarde construidas con las hojas del Indian Opinion, el periódico fundado por Gandhi.

   Dado el carácter simbólico del libreto, se prescinde de sobretítulos. El apoyo textual se limita a proyectar ocasionalmente alguna frase como «haced el trabajo para el que estéis capacitados, pues el trabajo es mejor que el ocio». Nada de ello supone un obstáculo para entender lo que ocurre en cada uno de los episodios presentados. La posible excepción es el prólogo: Krisna, con su piel azul, es reconocible pero la vaga caracterización de Aryuna hace difícil distinguir esta escena mitológica de los episodios reales.

   Además de una buena producción que proporcione la fibra teatral necesaria, es preciso un cantante carismático en el papel de Gandhi, que abre y cierra la obra y está presente durante toda su duración. Afortunadamente, la Ópera de Los Ángeles ha contado en esta ocasión con Sean Panikkar, a quien recientemente pudimos ver en Madrid como Dioniso en una notable versión de concierto de The Bassarids. Este tenor seduce desde el primer momento con una voz dulce y bien proyectada, que es capaz de mantener durante sus largas intervenciones sin aparente fatiga. Su caracterización de Gandhi es asimisimo muy lograda y matizada, con sentimiento e intención en cada momento. Todo un triunfo.

   El resto del reparto fue generalmente sólido. J’Nai Bridges, una mezzo en alza, presentó una Kasturbai resonante y atractiva, además de bien compenetrada con sus compañeros de reparto –su dúo con la Mrs. Naidoo de Erica Petrocelli fue uno de los mejores momentos vocales de la tarde–. Destacaron también Patrick Blackwell como Krisna, importante elemento del bello terceto que sienta las bases de la obra en el prólogo, y Theo Hoffman en el papel de Mr. Kallenbach. Este último salió airoso de uno de los momentos vocales más complicados, en el que debe lidiar con una gran intensidad orquestal. Otros cantantes, sin embargo, carecieron de la proyección y volumen necesarios para traspasar adecuadamente la orquesta. Fue el caso de la Mrs. Alexander de Niru Liu  e incluso del Parsi Rustomji de Morris Robinson, quien tardó demasiado en calentar y no fue capaz de hacer lucir su principal momento. So Young Park desplegó sobreagudos con solvencia en el corto pero agradecido papel de Miss Schlesen, la secretaria de Gandhi.

   Podría parecer que una partitura minimalista es un reto relativamente asequible para un director de orquesta, pero la realidad es otra. En efecto, la gracia de esta música está en las constantes modulaciones y matices que se van introduciendo en los motivos que se reiteran. Asimismo, mantener el pulso dramático en las secciones más repetitivas –no solo entre la orquesta, sino también en los cantantes– es una difícil tarea. A todos estos retos respondió admirablemente Grant Gershon, en una lectura muy fluida  de la obra, sin apenas bajones. Por su parte el coro se mostró especialmente preciso y en total sintonía con el foso y los solistas. Fue un ingrediente fundamental en escenas como la de la quema de documentos.

   En suma, un balance muy positivo que tuvo un correspondiente éxito de público en un Dorothy Chandler Pavilion prácticamente lleno.

Fotografía: Cory Weaver.

Autor:David Yllanes Mosquera
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