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Crítica: «Turandot», de Giacomo Puccini, abre la temporada de la Canadian Opera Company

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30 de septiembre de 2019

La Turandot de Robert Wilson: hielo por dentro, llama por fuera

Por Giuliana Dal Piaz
Toronto. 28-IX-2019. Four Seasons Centre for the Performing Arts. Canadian Opera Company. Turandot, de Giacomo Puccini. Libreto: Giuseppe Adami y Renato Simoni. Tamara Wilson [Turandot, princesa imperial], Sergey Skorokhodov [Calaf, príncipe persa en incógnito], Joyce El-Khoury [Liú, esclava], David Leigh [Timur, padre de Calaf], Adrian Thompson [Emperador, padre de Turandot], Joel Allison [Mandarín], Adrian Timpau [Ping], Julius Ahn [Pang], Joseph Hu [Pong]. Dirección de escena, diseño de escenografía y luces: Robert Wilson. Codirección: Nicola Panzer. Coescenografía: Stephanie Engeln. Codiseño de luces: John Torres. Vestuario: Jacques Reynaud. Maquillaje: Manu Halligan. Dramaturgia: José Enrique Macián. Videoarte: Tomek Jeziorski. Dirección de orquesta: Carlo Rizzi. Dirección del coro: Sandra Horst.

   Las producciones de óperas se señalaban antaño por los protagonistas y el director de orquesta. Hablando de Turandot, hubiéramos recordado a María Callas o a Montserrat Caballé, y la batuta de Zubin Mehta o Herbert von Karajan.

   Hace unas décadas, sin embargo, lo que hace noticia es el nombre del director teatral: es él que sella la puesta en escena y determina el enfoque, con o a veces hasta sin, la aprobación del conductor.

   La temporada 2019-20 de la Canadian Opera Company abre con la Turandot de Giacomo Puccini, puesta en escena por Robert Wilson y Nicola Panzer, en la megacoproducción realizada por la C.O.C. misma, el Teatro Real de Madrid, la Houston Grand Opera y el Teatro Nacional Lituano de Opera y Ballet de Vilnius.

   Nacido en Texas, residente en Nueva York, donde ha creado el afamado The Watermill Center, taller interdisciplinario para las humanidades y las artes, Robert Wilson es una icona del teatro experimental, que ha colaborado con artistas como el compositor Philip Glass, el bailarín Mikhail Baryshnikov, y la cantante/compositora pop Lady Gaga. Esta es la primera producción que realiza para la Canadian Opera Company, con la colaboración del director alemán Nicola Panzer [Wilson es un gran partidario de la colaboración artística, que enseña y promueve en el Watermiller Center]. Junto con la escenógrafa Stephanie Engeln, construye un moderno set minimalista, concentrado en los efectos visuales: en el primer acto, sobre el escenario –a espaldas de los personajes que aparecen como siluetas–, se deslizan  bambalinas oscuras de varias dimensiones, creando alternancias de luz y sombra, sobre un telón de fondo que sugiere el cielo pálido al amanecer; un cielo que una cigüeña cruza muy lentamente, cuando se levanta el telón rojo que domina a la vista del público.

   Lo que más impacta en la escena, es la fijeza de los personajes: sus caras lucen como máscaras blancas con los tajos oscuros de ojos y bocas, y sólo hacen lentos, pequeños movimientos de brazos y manos. «...Como lo hago en todas mis producciones –escribe Wilson en su nota introductoria–, ya sea que ponga en escena a Shakespeare, a Sófocles, a Beckett o a Wagner, hago que las caras de los actores estén pintadas de blanco con dibujados rasgos impresionistas. Debido al contraste entre claro y oscuro, la mirada es inmediatamente atraída a las caras. […] Son como personajes de una película muda, del vaudeville o de la comedia del arte, con su aspecto exasperado. […] Poniendo en escena Turandot, lo más común es el empleo de falsas chinerías extravagantes, todos los estereotipos de la cultura china. Sin embargo, con la música de Puccini, es imperativo tener cuidado de no exagerar».

   El vestuario también, inspirado en los atuendos de los famosos guerreros de terracota, muestra tonos de blanco, negro, o gris oscuro en el caso del coro; el Emperador –que durante sus apariciones está suspendido por cables sobre el escenario: un detalle que deja perplejos– gasta un curioso traje muy ancho e inflado. A lo largo de todo el espectáculo, las manchas de color –muy vivo por cierto– las dan sólo la sotana turquesa del Mandarín, que proclama «Pueblo de Pekín, la ley es esta», y la amplia, rígida túnica rojo fuego de Turandot.

   Mientras prácticamente todos los personajes se mueven al ralenti, contrasta drásticamente la presentación de Ping, Pang y Pong [los tres ministros/burócratas de Turandot, que deploran la vida en la corte de Pekín y sueñan con volver a sus casas provincianas «cerca del laguito azul»]: los tenores Julius Ahn y Joseph Hu, y el barítono Adrian Timpau, se ven obligados a cantar  brincoteando de un lado al otro del escenario; y siguendo brincando, e interfiriendo con la atención del público, incluso mientras Turandot propone a Calaf sus tres enigmas...

   El tenor ruso Sergey Skorokhodov es un tenor lírico-ligero de voz muy clara, más adecuada para un Alfredo Germont o un Teniente Pinkerton que para Calaf, pero lleva adelante el papel dignamente –sólo un par de falsas notas, en «Inutili preghiere, inutili minacce», y en el dueto final–. La estadounidense Tamara Wilson, que ha destacado como muy buena soprano lírica, está alcanzando rápidamente el rango dramático necesario en el rol de Turandot, mientras que la soprano lírica canadiense Joyce El-Khouri demuestra su validez en el papel de Liù. Los comprimarios también muestran muy buen nivel profesional, especialmente el bajo  David Leigh [Timur], el bajo-barítono Joel Allison [el Mandarín] y el barítono Adrian  Timpau [Ping].

   La dirección de Carlo Rizzi es vigorosa e intensa, y la orquesta responde con mucha profesionalidad. Vocalmente extraordinario y teatralmente efectivo, el coro dirigido por Sandra Horst.

Fotografía: Michael Cooper.

Autor:Giuliana Dal Piaz
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