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Crítica: Daniel Barenboim y la West-Eastern Divan Orchestra en el Festival de Salzburgo

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12 de septiembre de 2017

LA WEST-EASTER DIVAN A MÁS

   Por José Amador Morales
Salzburgo. Großes Festspielhaus. 18-VIII-2017. Richard Strauss: Don Quijote, op.35. Piotr Ilich Tchaikovsky: Sinfonía nº5, op.64. Miriam Manasherov, viola. Kian Soltani, violonchelo. West-Eastern Divan Orchestra. Daniel Barenboim, director musical.

   Un ambiente bastante más relajado que en eventos precedentes reinaba en el vestíbulo de la gran sala de los festivales de Salzburgo. El lleno era evidente pero no había tanta etiqueta, a pesar de ser mayoritaria, como en los conciertos de la Filarmónica de Viena o en las funciones operísticas (Lady Macbeth di Mtsensk, Aída, Ariodante, La clemenza di Tito y Wozzeck esa semana), de ahí que estos matices ambientales sean significativos. Igualmente, un clima más sosegado y menos tenso parecía redundar directamente en una mayor predisposición al mero hecho de disfrutar de la música.

    Es evidente que Daniel Barenboim se siente muy cómodo con esta “su” orquesta. Los que hemos presenciado los ensayos -duros, exigentes y muchas veces tensos– con sus músicos de la West-Eastern Divan sabemos que este relax tiene de todo menos de regalado. Es fruto de un inmenso trabajo que posteriormente, en la gira internacional, va rodándose y perfeccionándose. Los músicos, ya no tan jóvenes, obviamente son conscientes de la importancia de su cometido pero ello no les impide disfrutarlo y, lo que es aún mejor, comunicarlo. Por otra parte, la formación ha madurado bastante desde sus inicios (va acercándose a su vigésimo aniversario) y ahora, más segura de sí, ha encontrado definitivamente su personalidad musical.

   El concierto que nos ocupa giró en torno al Don Quijote de Strauss, que encontró en el chelo de Kian Soltani (ligado a la WEDO como primer solista) una interpretación solvente y de gran peso expresivo, por más que su volumen se perdiera a veces en la masa orquestal. La réplica de Miriam Manasherov a la viola así como las restantes aportaciones solistas, brillaron a gran nivel. Barenboim demostró una vez más su afinidad con el universo straussiano proponiendo una versión estilísticamente intachable y de alto vuelo poético.

   Durante la segunda parte, el director argentino atacó una Sinfonía nº5 de Tchaikovsky contundente en cuanto a la claridad de ideas musicales y de equilibrada concepción lírico-dramática. El refinado sonido confirmó el nivel ascendente de la WEDO en este sentido, aunque tal vez careció del color eslavo tan propio del compositor ruso, particularmente en lo que respecta a la cuerda. En cualquier caso no era este el Tchaikovsky de entusiasta intensidad y virtuosismo que escuchamos a Muti apenas dos días antes, sino otro acaso de mayor densidad y de profundidad más “germana”.

   Ante las vehementes aclamaciones finales del público, éste fue obsequiado con sendas interpretaciones de Valse triste de Jean Sibelius y de la célebre “Polonesa” del Eugene Oneguin de Tchaikovsky.

Foto: Festival de Salzburgo

Autor:José Amador Morales
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