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Crítica: Diana Damrau y Helmut Deutsch en el Festival de Peralada

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18 de agosto de 2015
Foto: Miquel González

ENTRE PRIMAVERAS Y OTOÑOS



Por Sílvia Pujalte
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Peralada. 11/8/2015. Iglesia del Carme. "Festival de Peralada". Obras de Schubert, Liszt y Strauss. Diana Damrau, soprano; Helmut Deutsch, piano.

   Diana Damrau y Helmut Deutsch cerraron el pasado martes la programación lírica del Festival de Peralada con un recital en la iglesia del Carme; con un programa formado por lieder de Schubert y Liszt en la primera parte y Strauss en la segunda. Un buen recital, aunque no redondo por parte de Damrau y estupendo por parte de Deutsch.

   El grupo de siete lieder de Schubert con que se abrió el recital incluía algunas canciones célebres y otras menos conocidas y giraba en torno a la primavera por un lado y los amores secretos por otro, para unir ambos temas en la última pieza. Una selección muy cuidada que perdió parte del efecto al no contar los asistentes con los textos y las traducciones en el programa de mano. En ocasiones se argumenta un presupuesto modesto para justificar la ausencia de los poemas en los programas en un recital pero cuesta creer que este sea el motivo en el caso del Festival de Peralada. Es cierto que en la página web estaban disponibles los textos en la lengua original pero me pregunto si la organización no confió demasiado en el don de lenguas del público o en la inteligibilidad de una soprano. En cualquier caso, fue una pena no poder seguir los textos de las canciones.
   Volviendo a la música, Diana Damrau fue de menos a más en los lieder de Schubert, cerrando el bloque con tres estupendas interpretaciones: en Geheimes, muy expresiva en la irrefrenable alegría del secreto; en Rastlose Liebe, con la impaciencia a flor de piel. En Ganymed dibujó perfectamente la entrega del joven en la segunda parte, a partir de un sorprendido y anhelante Ich komme, ich komme! ¿Y qué decir de Helmut Deutsch, el pianista que acompañaba, en el mejor de los sentidos, a Damrau? Es un lujo contar en un recital con músicos de esa categoría. Por mencionar sólo un momento de estos lieder de Schubert, el preludio de la encantadora Heimliches Lieben.

   Con este primer bloque de canciones, la soprano mostró por un lado su entrega y por otro que estaba en plena forma, algo que confirmó en las canciones que seguían, los Tres sonetos de Petrarca de Liszt, una gran obra que presentaba un interés adicional al estar interpretado por una voz femenina, algo poco habitual. Damrau aprovechó las características de estos hiperbólicos lieder para acercarlos al terreno operístico y poco se puede objetar desde el punto de vista del canto. Las interpretó con facilidad, seguridad y autoridad. Pero la complejidad de estas canciones, tanto para la voz como para el piano, no debería hacernos olvidar que no son ni mucho menos un puro vehículo de lucimiento y que tan importante es cantarlas bien como contarlas bien, y eso es lo que le faltó a Damrau (que no a Deutsch): la expresión de la pasión y la urgencia, el fuego que encierran los versos de Petrarca.

   Llegamos a la segunda parte, tiempo para Strauss. El primer grupo de canciones presentaba dos escenas de seducción y dos maternales canciones hábilmente unidas mediante una canción de cuna (¿la única?) que hace referencia a la necesaria (al menos en el siglo XIX) intervención masculina en la concepción de la criatura. La interpretación de Damrau empezó de la mejor manera posible con Ständchen, exultante, y siguió igual con Das Rosenband; sin embargo no estuvo al mismo nivel Wiegenlied, que confirmó lo que veníamos observando: la comunicación era sensiblemente mejor en las interpretaciones más extrovertidas y Wiegenlied és una canción que difícilmente admite esta aproximación; la excepción, una tierna versión de Meinem Kinde.

   Esta sensación se confirmó con los Vier letzte Lieder, en los que hasta cierto punto se repitió lo sucedido con Liszt, faltó "algo". Digo hasta cierto punto porque estas canciones estuvieron más matizadas, especialmente September, pero ese "algo" es en este caso tan esencial como la atmósfera crepuscular, la despedida; difícilmente puede darse una versión redonda de estas canciones sin transmitir esa melancolía y esa serenidad. Por lo que respecta a Helmut Deutsch, terminó tan bien como había empezado, gracias a él no echamos demasiado de menos la envolvente orquesta de Strauss.

   Tras acabar el programa oficial era el momento de las propinas. Todo un mundo este "tercer tiempo" de los conciertos porque... ¿qué se puede cantar después de esa frase final "Ist dies etwa der Tod?"? Una posible opción: nada, para disgusto de muchos. Otra opción: continuar con el mismo compositor y la misma atmósfera. Una más, la adoptada por los artistas ayer, ingeniosa y simpática, especialmente cuando se presenta con la gracia de Damrau y se cuenta con la pícara sonrisa cómplice de Deutsch: efectivamente, cantar "nada", es decir, Nichts. Roto el hielo, siguió la propina por excelencia de Strauss, Zueignung; ambas fueron lo mejor de la velada, casualmente después de que Damrau apartara el atril con las partituras que había estado consultando durante todo el recital. Y después de haber interpretado un programa tan bien estructurado y haber resuelto tan bien la continuación tras Im Abendrot, sorprendentemente las dos últimas propinas fueron O mio babbino caro y Notre petite table. ¿Por qué?

Autor:Sílvia Pujalte
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