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[C]rítica: Diego Matheuz dirige obras de Beethoven con la Orquesta y Coro de RTVE

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21 de enero de 2019

Un programa Beethoven ‘in crescendo’

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 18-I-2018. Teatro Monumental. Orquesta Sinfónica y Coro de RTVE. La luz de la armonía; Egmont (Obertura), Fantasía en do menor, op. 80 “Fantasía coral”, Sinfonía núm. 7 en la mayor, Op. 92; Ludwig van Beethoven (1770-1827); Esther González, soprano; Carmen Ávila, soprano; Alla Zaikina, mezzosoprano;   Nacho Bas, tenor; Esteban Barranquero, tenor; Vicente Martínez, bajo; Daniel del Pino, piano; Juan Pablo de Juan, director del Coro de RTVE; Diego Matheuz, director.

   La tríada de obras que nos convoca a este concierto -ya se sabe que no hay programa más coherente que el que lo hace con composiciones del mismo autor- vieron la luz en poco más de los cuatro años que van de 1808 (año de composición de la Fantasía) a 1812 (año final de composición de la Séptima). Egmond, compuesta entre 1809 y 1810, alberga un conjunto de diez piezas que ponen música al texto homónimo de Goethe,y que trata de la vida y muerte -por sus ideales- del héroe flamenco, conde de Egmont, enfrentado con el Ducado de Alba por la opresión de la monarquía española hacia su país. Aunque la obertura es la pieza más conocida, en el resto de partes se suceden piezas para soprano, narrador y conjunto sinfónico.


   Fiel al espíritu de la obra, la acción y el drama, el maestro Diego Matheuz (Venezuela, 1984) presenta una versión enérgica e intensa que -como ha de hacerse en toda obertura- resume y distingue los variados caracteres de los números de la composición completa: el amor, el deber, la lucha y, al final, el horror del castigo por decapitación del militar.En verdad, una buena toma de temperatura de la sala para imbuirnos de lleno en el universo sonoro de Beethoven. Comentamos esto porque estimamos que el concierto fue en progresión ascendente en este sentido, y la Fantasía para piano, orquesta y coro, Op. 80, sirvió a la perfección para ese cometido.

   Pocas semanas antes del estreno, Beethoven quiso darle un final más grandilocuente a su Op. 80 y compuso las partes del coro. Por contra, la introducción del solo de piano fue improvisada por Beethoven el mismo día del estreno. Esta parte permite “medir” al pianista de cada ocasión con el genio y el estilo del de Bonn, ya que después se ha de enfrentar -dentro de la misma obra- a un concierto para piano y orquesta y, por último, intentar no desaparecer diluido por la fuerza y magnificencia de un coro y orquesta arrolladores en sonido, belleza, armonía y mensaje.

   La versión que consiguió firmar Daniel del Pino (Líbano, 1972), uno de nuestros pianistas de mayor expansión internacional -que interpretó la obra de memoria-, perfectamente atendido en cada momento por el maestro Matheuz -que replegó a la orquesta cuando fue necesario-, solventó con holgura los dos primeros escollos, arrancando con autoridad en el solo: buen fraseo y sonido suficiente -aunque pudo ser mayor-,además de ejecutar con propiedad las zonas de mayor virtuosismo pedidas al instrumento. A la hora de dialogar con la orquesta, lo hizo primero de forma delicada con flauta, oboe y violines-violas, para luego enfrentarse de poder a poder con el tutti comandado por los violonchelos. Después, el piano introduce la entrada del coro para abordar de nuevo el tema principal, pero esta vez en forma de marcha.


   La entrada de coro se adelanta a través de un sexteto solista -que se colocó delante del coro propiamente dicho-, formado por componentes del Coro de RTVE, y que ataca la primera estrofa: «Galante, bello y precioso es el sonido de la armonía en nuestra vida, y el sentido de la belleza genera flores que florecerán eternamente». A nuestro entender, el sexteto estuvo descompensado por parte de lasdos sopranosdebido a su escaso volumen e intención apocada.Poco después, el tutti coral, sin fallas y bien empastado, con gran empaque, se unió a la orquesta para finalizar con una coda -en presto con orquesta, coro y piano- que da final a la obra con arrolladora fuerza, si bien echamos de menos un plus de poderío o presencia en el instrumento solista, que quedó un tanto relegado por el coro y la orquesta.

   Hacemos aquí un pequeño paréntesis para comentar que en la sala no hubo programas de mano para todo el mundo. Se escuchó el grito de un aficionado -antes del comienzo del concierto- «¡queremos programas!». Nosotros añadimos, además, que al menos en la versión electrónica de dicho programa -tampoco nos llegó en el reparto la versión en papel-, no constaba la reseña biográfica del pianista Daniel del Pino.


   Después del descanso, con renovadas fuerzas, asistimos a una interesantísima versión de la Séptima que Matheuz planteó de forma que la sucesión de movimientos se desarrollara con una aceleración de los tempi.Entendemos ésta como una forma viable de entender la sinfonía en su conjunto, de darle una unidad más allá de una sucesión de movimientos con una acotación definida, y podría apoyar la creencia de que esta sinfonía es, en realidad, un homenaje a la danza, como máxima expresión del movimiento corporal y de la felicidad del ser humano. El estilo de dirección del maestro es de gesto abierto, gustando de «remangarse» cuando ha de subrayar texturas o empastes especiales de las cuerdas,pero también de ahorrar en braceos y optar por el gesto sugerido,delicado o poco ostensible, cuando se dedica a matizar por secciones.

   En el primer movimiento, poco sostenuto/vivace, se avanza que la rítmica va a serotro de los factores importantes que defina el diseño de los siguientes movimientos de la sinfonía: Si se diseña un final rápido, hay que empezar más lento para no desdibujarlo todo al final, dado que la mayor velocidad puede dar lugar a indeseables imprecisiones en el ritmo. El segundo movimiento, el famoso Allegretto -o falso Adagio, si lo que se pretende es tocarlo más lento de la cuenta- se ejecutó por parte del maestro de forma ágil (de acuerdo con la ruptura de Beethoven sobre la tradición de que los segundos movimientos sinfónicos siempre fueran tiempos lentos), sin que por ello se perdiera nada del misterio que la ha hecho famosa, no conociendo todavía si en realidad el movimiento representa una marcha fúnebre, una procesión de peregrinos entonando el «mea culpa», o cualquier otra cosa.En eso, los musicólogos no se han puesto de acuerdo todavía.

   En el tercer movimiento, Presto assai, meno presto, reinaron las dinámicas y los pianísimos llevados al límite, jugando con que la reforzada acústica de la sala hizo que no fuera posible perderse detalle sonoro alguno. El último movimiento, Allegro con brío, se cree que pueda representar una fiesta o la alegría del dios Baco. En este movimiento, además de seguir contando con el aumento de los tempi, a modo de «galop», sin perder nunca el rumbo de la óptica rítmica, se percibe el plus de adrenalina en los ejecutantes que también recibe el escuchante, donde se remarca la lucha intestina de cuerdas graves y agudas, aunque ello nunca llega a asimilarse a versiones desatadas o posesas de otros directores (pongamos, por ejemplo, la de Abbado). Sin duda, uno de los finales más emocionantes que recordamos de esta sinfonía.


   El maestro Diego Matheuz fue muy aplaudido por el público,teniendo que salir a saludar, al menos, en cuatro ocasiones. Deseamos que siga visitando frecuentemente nuestro país y que podamos seguir en directo la evolución de su brillante carrera, que ya es un hecho consumado.

Autor:Óscar del Saz
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