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Crítica: 'Don Giovanni' en el Maestranza de Sevilla

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2 de diciembre de 2014

"DON GIOVANNI" EN SEVILLA, O SEA, EL DISOLUTO PERDONADO

Por Javier Santos
Il dissoluto punito, ossia il Don Giovanni, K. 527. Drama giocoso en dos actos, con música de Wolfgang Amadeus Mozart y libreto de Lorenzo da Ponte. Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro de la Asociación de amigos del Teatro de la Maestranza. Orquesta Barroca del C.S.M. Manuel Castillo. Dirección musical y clave: Maxim Emelyanychev. Dirección de escena: Mario Gas. Reposición de la puesta en escena: José Antonio Gutiérrez. Escenografía: Ezio Frigerio. Vestuario: Franca Squarciapino. Iluminación: Juan Manuel Guerra. Director del coro: Íñigo Sampil. Cantantes: Cárlos Álvarez (Don Giovanni, barítono), David Menéndez (Leporello, barítono), Pavel Daniluk (Comendador, bajo), Yolanda Auyanet  (Doña Anna, soprano), José Luis Sola (Don Ottavio, tenor), Maite Alberola (Doña Elvira, soprano), Rocío Ignacio (Zerlina, soprano), David Lagares (Masetto, bajo). Fecha: sábado 29 de noviembre. Lugar: Teatro de la Maestranza, Sevilla. Afluencia: lleno.

   La última de las cuatro funciones del Don Juan mozartiano que el Teatro de la Maestranza ofreció la pasada semana en Sevilla se saldó con un éxito evidente a juzgar por el entusiasmo del auditorio despidiendo a los cantantes con palmas por sevillanas. Si bien, los resultados artísticos –tanto escénicos como musicales- no fueron más allá, salvo excepciones, de una mera corrección.

   Solía decir Mozart que una buena música podía suplir la mediocridad de un libreto y salvar del fuego una ópera, pero nunca al contrario. En el caso de Don Giovanni, música y libreto se dan la mano para dar lugar a una obra maestra absoluta, valorada por Kierkegaard como la mejor creación del ser humano. Si consideramos que la genialidad de Lorenzo da Ponte y Mozart consiste en suscitar sentimientos de piedad y compasión en el espectador cuando realmente el deseo de venganza es creciente; si los registros cómico y trágico avanzan paralelamente a lo largo de toda la obra, alcanzando justamente su cénit en la escena de la cena; y si atendemos al título original de la partitura –“Il dissoluto punito, ossia il Don Giovanni”- que nos sugiere venganza, además de castigo sobre el libertino, implicando directamente al triángulo formado por el Comendador, Doña Anna y Don Ottavio, entonces el final de la propuesta escénica presentada por Mario Gas no nos parece satisfactoriamente resuelto. O quizá esté justificado a partir de la indefinición y ambigüedad presentes a lo largo de toda la ópera. Se juega, tal vez, con romper las expectativas del espectador acostumbrado a un desenlace en que el libertino –presentado aquí como un mito atemporal, una metáfora del demomio descarriado- es devorado por las llamas del infierno. En la producción que comentamos, es Don Giovanni quien da muerte a los matones con que se aparece en la cena el Comendador, cual capo de la mafia, sálvándose del castigo divino. El parecido del conflicto con los casos de corrupción política que nos asaltan cada día es tan irresistible como insoportable: el disoluto –el corrupto- no es castigado –condena irrisoria-, con lo que se plantea el interrogante de si es la justicia verdaderamente igual para todos. Otros elementos indeterminados son el espacio y el tiempo: la presencia en escena de ciertos elementos pueden trasladarnos bien al Chicago de los años 20, con coches de época, gánsters y mafiosos; a una costa sureña con palmeras a la luz de la luna; o incluso a una mansión modernista que bien podría estar ubicada en Barcelona. Y a menudo, hasta parecen convivir en el escenario distintas épocas si atendemos al vestuario de Franca Squarciapino. De vergüenza ajena nos pareció la escena del cementerio, perdiéndose el sonido terrible de los trombones entre las carcajadas y murmullos del auditorio al aparecer el Comendador en un ataúd de pie, a lo Conde Drácula, rodeado de candelabros y coronas de flores. Las intervenciones de Leporello ya son los suficientemente divertidas como para ser complementadas con semejante propuesta.

   El elenco vocal, sin llegar a ser memorable, ni mucho menos, fue en conjunto equillibrado y solvente. Carlos Álvarez en el papel de Don Giovanni fue la voz más sobresaliente, demostrando además con creces sus tablas sobre el escenario. Con una voz redonda, de hermosos y rotundos graves, a veces pecó de cierta rigidez y falta de imaginación –“Deh vieni alla finestra”-. También muy celebrado resultó el Leporello de David Menéndez, con una caracterización psicológica del personaje muy conseguida. Bastante desigual nos pareció Maite Alberola en el papel de Doña Elvira, defendiendo un primer acto más que digno –salvo algún forte de mal gusto- para resbalar estrepitosamente en el segundo, ofreciendo un “Mi tradi quell’ alma ingrata” realmente aburrido. Más seguro pareció mostrarse José Luis Sola como Don Ottavio, que pese a carecer de un timbre de voz bello, supo ir de menos a más en cuanto a calidad vocal y capacidad expresiva. Fueron de agradecer los adornos introducidos en el “Dalla sua pace”, resolviendo asimismo los comprometidos melismas de “Il mio tesoro intanto” satisfactoriamente aunque no sin dificultad –a menudo se mostró algo ahogado en el fiato-. No nos convenció en absoluto Yolanda Auyanet en el papel de Doña Anna, que pese a defender con dignidad el prodigio de aria que es “Non mi dir, bell’ idol mio”, propuso un canto en absoluto caracterizado por la garra, la fuerza y el rencor que demandaba su personaje. Pavel Daniluk como el Comendador, Rocío Ignacio como Zerlina y David Lagares como Masetto, no fueron más allá de lo correcto.

     Pero sin lugar a dudas, lo más destacable de la noche fue el sonido que el ruso Maxim Emelyanychev consiguió extraer de la orquesta. El joven director propuso una interpretación basada en criterios históricos, contando con una plantilla orquestal reducida que sonó con una sinceridad, vitalidad, extroversión y desparpajo irresistibles. Ausencia casi total de vibrato, incisividad en los ataques y una electricidad arrolladora estuvieron presentes en casi todos los momentos de la representación. Aún así, esperábamos encontrarnos con una propuesta interpretativa todavía más radical en sus planteamientos en cuanto a tempi, dramatismo –declamación, silencios, espacios entre frases- y planificación de las tensiones. Extraordinaria resultó, esto sí, la labor del director desde el clave en los recitativos, acompañándolos con una imaginación soberbia –en el recitativo que sigue al “Dalla sua pace” nos pareció reconocer el cuarto movimiento de la primera sinfonía de Beethoven y el “Bella figlia dell’amore” del Rigoletto de Verdi-.

   En definitiva, un Don Giovanni con una propuesta escénica algo desconcertante, un elenco vocal simplemente correcto y una dirección musical más que notable es el que ha ofrecido estos últimos días de noviembre el Teatro de la Maestranza de Sevilla.

Autor:Javier Santos
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