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Crítica: «El cuento del Zar Saltán» de Rimsky Korsakov en el Teatro Real de la Moneda de Bruselas

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Autor: Raúl Chamorro Mena
20 de junio de 2019

La realidad estropea la fantasía

Por Raúl Chamorro Mena
Bruselas, 16-VI-2019, Théâtre Royal de la Monnaie. El cuento del Zar Saltán (Nikolai Rimsky Korsakov). Ante Jerkunica (Tsar Saltan), Svetlana Aksenova (Tsaritsa Militrisa), Bogdan Volkov (Tsarevich Gvidon), Olga Kulchynska (El cisne-Princesa), Vasily Gorschkov (El anciano), Stine Marie Fischer (Tkatchikha), Bernarda Bobro (Povarikha), Carole Wilson (Babarikha). Orquesta y Coro del Teatro Real de La Moneda de Bruselas. Dirección musical: Alain Altinoglu. Dirección de escena y escenografía: Dmitri Tcherniakov.  

   El arquitecto Joseph Polaert (1817-1879) es autor de varios edificios fundamentales de Bruselas, ciudad donde desarrolló toda su actividad. Entre ellos, el espectacular y cuasi megalómano Palacio de Justicia, apabullante desde cualquier punto de vista (es más grande que San Pedro de El Vaticano), aunque destaca especialmente su fastuosa cúpula, visible desde muchos puntos de la capital belga.

   Polaert también diseñó el Théâtre Royal de la Monnaie (De Munt en Neerlandés), tras el incendio del edificio originario. La creación de Polaert -inaugurada en 1856- se ha mantenido en lo fundamental después de las obras de renovación de 1986. Fachada neoclásica sobria y con empaque y sala muy bella y coqueta (con capacidad para poco más de 1100 localidades) con elementos barrocos y estupendos frescos en la bóveda, en la que predomina el color azul que contrasta con el rojo de la sala.


   Fuera de Rusia son muy difíciles de ver cualquiera de las 15 óperas compuestas por Nikolai Rimsky Korsakov, a diferencia de obras sinfónicas como Scheherezade o el Capricho español, que gozan de gran popularidad y presencia habitual en las salas de concierto. La actual temporada de La Monnaie de Bruselas ofrecía una oportunidad única como es poder ver representada en Occidente El cuento del Zar Saltán, de su hijo, el célebre y poderoso príncipe bogatyr Gvidón Saltanovich y de la bella Princesa-cisne, que así es su título completo. La ópera resulta prácticamente inédita fuera de Rusia, si bien contiene un fragmento muy popular. Se trata del «Vuelo del moscardón» como se le conoce en español, aunque es más correcto «el vuelo del abejorro».  Al igual que El gallo de oro, que pudo verse en el Teatro Real y Mozart y Salieri, El cuento del Zar Saltán se basa en una obra de Alexander Pushkin (1799-1837), que suele considerarse el padre de la literatura rusa moderna y por el que Rimsky Korsakov sentía una gran admiración. Entre los poemas narrativos en que Pushkin convirtió alguno de los cuentos tradicionales rusos, se encuentra el del Zar Saltán, que resulta perfecto vehículo para esta expresión de música nacionalista rusa en la que brilla el gran talento como orquestador (no puede soslayarse la influencia wagneriana) de Rimsky Korsakov, así como los pasajes de gran intensidad lírica, la presencia de música y danzas de inspiración popular y un atractivo sentido melódico con atmósfera orientalizante. Precisamente, el estreno de la ópera estaba previsto para el año 1899 como celebración del centenario del nacimiento de Pushkin, pero, finalmente, no se produjo hasta el 3 de noviembre de 1900 en el Teatro Solodovnikov de Moscú.


   Los Dioses saben que tengo poca estima a Dmitri Tcherniakov como director de escena. Hasta la fecha no me ha satisfecho ninguna de sus puestas en escena, incluso alguna me ha parecido un dislate. Sin embargo, en esta ocasión tengo que subrayar, que este montaje –en cuya coproducción participa el Teatro Real de Madrid-  derrocha creatividad e imaginación, bordeando la genialidad en algunos momentos y con un acertadísimo, espléndido, uso de estupendas proyecciones -a cargo de Gleb Filshtinsky-. Antes del comienzo de la música, Svetlana Aksenova (intérprete de la Zarina Militrisa) ataviada con ropa actual al igual que su hijo el Zarevich, -que juega con soldados, una ardilla y una muñeca con forma de cisne-se dirige al público (en ruso con traducción al inglés, francés y neerlandés las partes habladas, luego las cantadas sólo con sobretítulos en los dos idiomas oficiales de Bélgica) y expresa que vive sola con su hijo que es autista y no habla con nadie, excepto su madre. No conoce a su padre, que ha sido el único amor de su vida. Todo ello en la parte delantera del escenario que queda limitado por un gran muro que parece la defensa de un castillo o fortaleza. Para hacerle comprender a su hijo cómo se ha llegado a esta situación, recurre a un cuento («sólo los cuentos de hadas son reales para él»), el del Zar Saltán. Comienza la música y vemos a los personajes con traje de época fantástica, propia del cuento, de hecho están basados en la ilustración que del obra de Pushkin realizó Ivan Bilibin en 1905. Vemos cómo el Zar Saltán elige como esposa a la hermana pequeña, la más modesta frente sus infatuadas hermanas. Estamos, por tanto, ante una especie de Cenicienta, que en este caso, cuenta con la inquina de sus hermanas mayores aliadas con la anciana pariente Barbarikha. Zar y Zarina viven 20 días de felicidad hasta que el primero ha de partir a la guerra. Las malas artes del trío consiguen, por un lado hacer creer al Zar que el hijo que ha engendrado es un monstruo y por otro, mediante una orden falsificada del propio Rey, que introduzcan a Zarina y Zarevich en un tonel y lanzarlos al mar.


   El cuento ha excitado la imaginación del niño autista (ya especialmente desarrollada en estos casos de niños retraídos y encerrados en sí mismos) y los sucesos a partir de este momento serán fruto de sus sueños, de su fantasía inagotable, todo ello expresado en magníficas proyecciones que se desarrollan de una manera propia de la infancia, es decir, como si fueran dibujos que el niño realiza. Dibujos a lápiz en los que su madre es devota, cariñosa y sufridora, mientras que las malvadas hermanas y Barbarikha son desagradables y parecen la bruja de Blancanieves. Los lápices de colores intervienen en la aparición del cisne-princesa, especie de hada madrina del zarevich Gvidon. Realmente memorables esas apariciones de este personaje en el que se combinaron perfectamente la presencia de la soprano Olga Kulchynska con la proyección en vivos y variados colores, totalmente onírica. Unos pasajes en los que la belleza visual se hermanó con la embriagadora música que surgía del foso orquestal. El muchacho interviene en la propia fantasía y resultó magnífica, asimismo, por la combinación de los personajes reales con las proyecciones y la animación, la escena en que el zarevich-convertido en abejorro por la Lyebyed- interviene picando a los tres personajes negativos del cuento. En la última escena, ya completamente real, en el que se encuentran padre e hijo y con el trasunto de la princesa-cisne demostrando su amor al muchacho, la puesta en escena nos transmite,que si los cuentos terminan felizmente, la vida real es otra cosa y esa «irrrupción» de la realidad, esa alteración de su mundo fantástico por parte del mundo real no produce bien ni curación al niño, -más bien al contrario-, que vuelve a temblar, a padecer espasmos, es decir a sufrir ante el dolor tremendo de su madre que exhala un grito (sordo), pero tremendamente expresivo y desgarrador antes de que las luces se apaguen.

   Hay que destacar el compromiso escénico de todo el elenco con el montaje, destacando la soprano Svetlana Aksenova con una creación particularmente creíble y veraz en lo dramático, muy entregada, mientras, en el aspecto vocal exhibió un sonido con cuerpo y redondez en el centro, si bien los ascensos a la zona alta presentaron tensión y cierta acritud. Asimismo, encomiable trabajo teatral el del tenor Bogdan Volkov, si se quiere sólo cumplidor en lo vocal, pero que mostró un esfuerzo escénico sobresaliente. El Zar del bajo croata Ante Jerkunica destacó por el caudal de su instrumento, frente a un canto vulgar y una franja aguda sin resolver técnicamente y donde el sonido se estrangula. Buena prestación, tanto en lo escénico como en lo vocal, la de la soprano rusa Olga Kulchynska ganadora en 2015 del primer premio del Concurso Francisco Viñas. Presencia escénica carina y gentil, posición vocal alta con proyección y generoso metal en la zona aguda, no exento de un punto de acidez tan propia de la escuela eslava. Impecables, apropiadamente odiosas, el trío maléfico formado por las dos hermanas mayores (que después del matrimonio de su hermana con el Zar asumen los cargos de tejedora y cocinera oficiales del reino) de la Zarina interpretadas por Stine Marie Fischer y Bernarda Bobro y la anciana Barbarikha encarnada por la mezzo Carole Wilson, que destacó, por su parte, en el aspecto vocal por su presencia sonora y fondo musical. El papel de anciano encardina con una tradición de la ópera rusa de atribuir estos papeles de viejo sabio, abuelo, astrólogo… a un tenor agudo. El ya avezado tenor Vasily Groshkov lo interpretó con apropiada seguridad.


   Estupendo trabajo del director musical titular de La Monnaie Alain Altinoglu, siempre refinado y elegante, de impecable pátina musical y que extrajó un buen rendimiento de la orquesta que, sin embargo, le faltó algo de empaste y esplendor tímbrico. Ese punto «más allá» para llegar a traducir todo el colorido, tímbricas y enjundia instrumental de la orquestación, lo que compensó con una entrega y motivación indudables. Los metales no pudieron soslayar cierta inseguridad, mientras las maderas alcanzaron un notable nivel y la cuerda aguda acusó cierta debilidad. Igualmente, el coro irreprochable tanto en lo vocal como en lo escénico, pero ayuno de ese punto más de vigor y rotundidad que pide la escritura coral rusa.

Foto: Forster-min

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