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Crítica: «El pájaro de dos colores» de Conrado del Campo en la Fundación Juan March

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10 de enero de 2020

Feliz estreno de Conrado del Campo

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 8-I-2020, Auditorio Fundación Juan March. El pájaro de dos colores (Conrado del Campo). Sonia de Munck (El pájaro/Ella), Gerardo Bullón (El mono/El augusto), Borja Quiza (Don Tigre/El clon), Aarón Martín (actor y bailarín). Grupo de cámara de la Joven Orquesta Nacional de España (Pablo Quintanilla, Elsa Sánchez, Nina Sunyer, Pelayo Cuéllar, Isabel Peiró, Marta Femenía, Itsasne Fernández, Joel Fons, Francisco Criado, César Díaz de la Rada y Borja Mariño como maestro repetidor y piano). Dirección musical: Miguel Ortega. Dirección de escena: Rita Cosentino.

   Antes de comenzar la representación, Miguel Ortega realizó ante el público un truco con pañuelos de dos colores, que evocaba el contenido alegórico y simbólico de El pájaro de dos colores, pieza lírica de cámara producto de la colaboración entre el autor teatral Tomás Borrás y el compositor, solista de viola, director de orquesta y profesor madrileño Conrado del Campo. Una obra que, a diferencia de la exitosa en su día Fantochines (Teatro de la Comedia, 1923) -ópera también de pequeño formato ofrecida hace 4 años en este mismo recinto- resulta, prácticamente, desconocida, quedó inacabada y ha podido ser estrenada gracias a esta iniciativa de la Fundación Juan March y el Teatro de la Zarzuela.  


   Efectivamente, la interpretación no fue ningún truco, sino fruto de un trabajo serio y riguroso, fruto de una impagable inciativa divulgadora de nuestro teatro lírico y, además, bien planificado, empezando por la labor del propio Ortega encargado de finalizar la obra, ya que sólo se conserva orquestada una parte de la misma. Una gran responsabilidad como el mismo subraya en su comentario del magnífico libreto-programa editado por la Fundación. «Mi trabajo principal para poder llevar esa ópera a los atriles ha consistido en orquestar y clarificar la parte de la ópera no orquestada por su autor a partir del guión conservado». Se trata de un «guión» autógrafo de la obra completa, que data de 1951 y concebido para preparar un posterior trabajo de orquestación que Del Campo no pudo culminar.

   Los esclarecedores artículos del programa a cargo de Emilio Peral Vega y Jorge Fernández Guerra arrojan luz sobre creción tan desconocida y glosan las influencias literarias del libreto y el sustrato musical de la misma. Una ópera de cámara que se encuadra en la corriente de óperas de pequeño formato del primer tercio del siglo XX, de la que forman parte, entre otras, Mavra y Renard, el zorro de Stravinsky, El niño y los sortilegios de Ravel o El Retablo de Maese Pedro de Falla. Asimismo, El pájaro de dos colores se enmarca en uno de los caballos de batalla de Conrado del Campo, su cruzada en favor de la ópera española, eterna y frustrante ambición de tantos músicos patrios.


   Estamos ante una fábula plena de alegorías y elementos simbólicos, como el uso de los animales como personajes, que evocan diversos significados e ideales. El pájaro cantor representa a la mujer, el tigre al hombre arrogante que busca el placer y la pretende. El mono, personaje más antipático, censor, controlador, que se opone al hedonismo del anterior y que tiene encerrado al pájaro, que simboliza el amor porque su liberación supondrá la desvastación del Mundo.

  Frente a los seis músicos de Fantochines la orquestación de El pájaro de dos colores está destinada a un grupo instrumental algo más amplio. Quintento de cuerda clásico (dos violines, viola, violochelo y contrabajo), quinteto de viento (flauta, clarinete, saxofón, trompeta y trombón), además del piano. La dirección musical de Miguel Ortega, cabal, coherente y con gran claridad expositiva, se colocó a la altura de su irreprochable labor como orquestador, con oficio, rigor y fidelidad al autor.

  La escritura orquestal, refinada, compleja armónicamente, de clara raiz germánica, me pareció interesantísima, con una indisimulada influencia straussiana que nos permite evocar Ariadne auf Naxos, Capriccio o Intermezzo y que se conjuga con algún pasaje propio del cabaret y las músicas populares de la época, particularmente las propias del mundo del circo. La escritura para la voz me gustó menos, aunque en algunas intervenciones de la soprano encontré sugestivos ecos de la voz del halcón de La mujer sin sombra, también de Strauss.


   Magnífica la puesta en escena de Rita Cosentino, dinámica, con un movimiento escénico muy trabajado y que confiere a la obra más fibra teatral de la que aparentemente contiene, sin que los abundantes simbolismos y alegorías lastren en ningún momento la fluidez teatral. Colabora a todo ello un elenco bien compenetrado e implicado escénicamente, que denota un gran trabajo escénico y musical, incluido Aarón Martín, que no canta, pero asume apropiadamente una importante labor de mimo en las partes de pantomima, significativas en el teatro de Borrás.

   La soprano Sonia de Munck, siempre elegante y con su sempiterna bella figura, mostró la facilidad en las alturas que pide su papel sin que alguna nota ácida empañara su buen gusto y encanto en escena. La belleza y riqueza tímbrica del material del barítono Gerardo Bullón resplandeció a sus anchas en la pequeña sala, además de caracterizar impecablemente al personaje más negativo, el mono. Al igual que el Gobernador de El milagro de Heliane de Korngold, ópera estrenada en 1927, no permite que sus súbditos sean felices, el mono no quiere liberar al amor -representado por el pájaro- porque piensa que causará la desdicha al Mundo y advierte al tigre, si insiste en su conquista, frente a la mujer, con una parrafada misógina, que no quiebra su deseo. «Aunque si eso fuera, ¡Son tan hermosas!», exclama el tigre, encarnado por Borja Quiza, atenorado y lejos del genuino empaste baritonal de Bullón, pero siempre desenvuelto y expresivo.  

Autor:Raúl Chamorro Mena
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