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Crítica: «Elektra» de Strauss en el Palau de les Arts «Reina Sofía» de Valencia

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23 de enero de 2020

Foso caleidoscópico y exaltado

Por Raúl Chamorro Mena
Valencia. 21-I-2020. Palau de les Arts Reina Sofía. Elektra, op. 58 (Richard Strauss). Irene Théorin (Elektra), Doris Soffel (Clitemnestra), Sara Jakubiak (Crisotemis), Derek Welton (Orestes), Stefan Margita (Egisto), Max Hochmuth (el preceptor de Orestes), Miranda Keys (La celadora), Michael Pflumm (Un joven sirviente). Coro de la Generalitat Valenciana. Orquesta de la Comunitat Valenciana. Dirección musical: Mark Albrecht. Dirección de escena: Robert Carsen.

  Volvía el repertorio alemán al Palau de Les Arts y nada menos que con Elektra (Dresde, 1909) de Richard Strauss, una de esas óperas perfectas musical y dramáticamente. De las obras para el teatro del genial músico Bávaro sólo se habían programado anteriormente en el recinto valenciano Ariadne auf Naxos en concierto con dirección de Andrew Davis y Salomé bajo la égida de Zubin Mehta.


   Estuve presente en ambas ocasiones y nada mejor que la exuberante, suntuosa, prodigiosa orquestación straussiana para que la Orquesta de Les Arts volviera por sus fueros y demostrara que, a pesar de sus vicisitudes y la pérdida de músicos de estos últimos años, sigue siendo la mejor de España y ofrece un nivel parangonable al de los fosos de los teatros más prestigiosos internacionalmente. Apropiado oficiante de esta deslumbrante prestación orquestal fue el maestro Mark Albrecht, al que había disfrutado magníficos trabajos en El milagro de Heliane de Korngold en Berlín y Oedipe de Enescu en Amsterdam.

   Desde el primer acorde (el de Agamenón) impactante, espectacular, Albrecht ya nos «metió en harina» tanto teatral como tímbricamente. Tensión incandescente, atmósfera febril e inquietante y lujuria sonora, que fueron a más en una inexorable progresión. Una dirección musical de impronta expresionista, que acreditó refinamiento tímbrico y transparencia (fundamental, pues a pesar de la copiosa y densa orquestación, Strauss -aunque en los ensayos del estreno exclamaba «¡Más fuerte, más fuerte, que aún oigo a la Schumann-Heink!»- en realidad quería «que se oyera todo» y sonara «como Mendelssohn»). Texturas orquestales diáfanas e intenso lirismo se dieron de la mano con clímax apabullantes, vigor, agresividad  y contundencia sonora, cuando son requeridas. Si los pasajes camerísticos fueron primorosamente expuestos, qué decir del voltaje teatral, la emoción y la exaltación con la que Albrecht sumergió a la audiencia al frente de una orquesta que brilló con mil fulgores. Es justo resaltar entre labor tan sobresaliente, momentos como la cuerda grave que introduce el monólogo de Elektra, el impactante crescendo previo a la salida de Clitemnestra, la escena del reconocimiento de Orestes en el que la explosión orquestal y el abrazo entre los dos hermanos desencadenaron una emoción lacerante. Qué decir del desenfreno de la danza de Elektra y unos acordes finales que quitaron el hipo.  


   El reparto vocal de esta grandiosa ópera se sostiene fundamentalmente en las tres protagonistas femeninas, una soprano dramática auténtica (Hochdramatischer sopran), una contralto y una soprano lírico-spinto o lírico-dramática (Jugendlich-dramatischer sopran). Irene Théorin compuso una Elektra más introvertida y doliente que visceral o arrojada. Una interpretación que se acerca más a la que ofrecía una Deborah Polaski y se aleja de la gran Elektra de nuestros días, la volcánica Evelyn Herlitzius. Sin esa garra indomable, pero inteligente, sabiéndose dosificar y aprovechando el conocimiento del temible papel, la Théorin realizó un encomiable esfuerzo escénico (no abandona el escenario en ningún momento), interpretativo y vocal. En este último apartado, el monólogo inicial resultó más bien discreto, con la cantante reservona, ascensos esforzados y abiertos y un centro-grave totalmente gutural. De menos a más, la Théorin se fue asentando vocalmente y redondeó una estimable y solvente interpretación de tan exigente papel.

   De libro la Clitemnestra de la gran veterana Doris Soffel, mezzosoprano con más de 4 décadas de carrera. Sin exageraciones, con un dominio absoluto del sprechgesang (canto declamado), timbre aún sano y emisión todavía firme, solidez en la franja grave y esa elegancia que siempre ha atesorado en una Clitemnestra plena de dolor y sufrimiento, corroída física y moralmente, pero nunca histérica.

   Antes de comenzar la función se anunció la indiposición de Sara Jakubiak, una pena, porque es una soprano ideal para Crisotemis tanto en lo vocal como en lo interpretativo. Una pena escuchar tan mermado su carnoso y atractivo timbre y sin poder dar un solo agudo en condiciones en su vals. Aunque fue un poco a más durante la representación, no salió a saludar al término de la función. No muy generoso en matices, pero recio y sonoro el Orestes de Derek Welton, resuelto y determinado en la preceptiva acción vengativa que le corresponde asumir. Buena prestación del tenor Stefan Margita en un sinuoso y grotesco Egisto, que no es capaz ni de mantenerse en pie al entrar en escena. Cumplidor el equipo de secundarios.


   La producción originaria del Maggio Musicale Fiorentino y retomada posteriormente por la Opera de París, a cargo del prestigioso Robert Carsen, sobre una muy desnuda y escueta la escenografía de Michael Levine, resulta eficaz y apta para el disfrute de esta obra maestra, pero no se encuentra entre los mejores trabajos del regista Canadiense. La adecuada iluminación resalta la oscuridad y clima angustioso de esta perturbadora e inquietante Micenas, con una Elektra encuadrada por la luz al comienzo y que se destaca entre la penumbra. Me pareció acertada y con el conveniente impacto –bien es verdad que especialmente por la prestación orquestal- la salida de Clitemnestra sobre la cama que simboliza su adulterio, hecho que termina desencadenando el asesinato de su marido Agamenón. Demasiado obvio, sin embargo, la aparición del cadáver del referido Rey durante el monólogo de Elektra y que termina arrojado a un foso. Una serie de bailarinas mediante pantomima enfatizan algunos de los movimientos y reacciones de Elektra, pero su impacto teatral resultó discreto. El montaje, en definitiva, se sustenta en la eficiencia de la dirección de actores y caracterización de personajes que garantiza un director de escena del nivel de Robert Carsen, al que junto a algunas fallidas, le he podido ver producciones sobresalientes.

Foto: Miguel Lorenzo y Mikel Ponce / Les Arts

Autor:Raúl Chamorro Mena
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