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Crítica: 'Fra Diavolo' de Auber en la Ópera de Roma bajo la dirección de Rory Macdonald

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Autor: Raúl Chamorro Mena
14 de octubre de 2017

DICHOSO RETORNO DE FRA DIAVOLO A LA ÓPERA DE ROMA

   Por Raúl Chamorro Mena
Roma, 8-X-2017, Teatro Constanzi (Opera de Roma). Fra Diavolo (Daniel-François-Esprit Auber). John Osborn (Fra Diavolo), Anna Maria Sarra (Zerlina), Roberto de Candia (Lord Rocburg), Sonia Ganassi (Lady Pamela), Giorgio Misseri (Lorenzo), Jean Luc Ballestra (Giacomo), Nicola Pamio (Beppo), Alessio Verna (Matteo). Orquesta, Coro y Cuerpo de baile del Teatro dell’Opera di Roma. Dirección Musical: Rory Macdonald. Dirección de escena. Giorgio Barberio Corsetti.

   Fra Diavolo es una de las más emblemáticas creaciones del género Opera-Comique, que si bien desapareció del repertorio de los teatros junto a todas sus hermanas, excepto Carmen (que se ha difundido principalmente con el añadido de recitativos cantados), a partir del primer tercio del siglo XX, en el XIX disfrutó de una enorme popularidad. Tanta, que además de alcanzar en Paris más de 850 representaciones, dio lugar a una versión italiana y otra alemana ambas elaboradas por el autor. Asimismo, que en 1933 unas estrellas cinematográficas de la talla de Stan Laurel y Oliver Hardy (“El gordo y el flaco”) realizaran una adaptación al celuloide de esta ópera pone también de relieve su inmensa celebridad.

   El género Opera-Comique se caracteriza por una serie de convenciones. Entre ellas, la presencia de diálogos hablados ente los números musicales, la ambientación en lugares considerados “exóticos”-normalmente el sur de Italia o España- el uso de elementos musicales folklóricos (en el caso de Fra Diavolo bailes populares como la tarantella y la saltarella), así como de los couplets (canción a dos estrofas) como elemento formal. En Fra Diavolo encontramos todo ello junto al mito del bandido y algunos momentos propios de la ópera romántica junto a la influencia de Rossini, menor que en obras anteriores de Auber, pero claramente presente. No en vano el músico francés llamó “Almaviva” y “Figaro” a sus dos caballos favoritos.  

   Como bien resaltan los diversos artículos del magnífico libreto-programa editado por la Opera de Roma (de alta calidad como es habitual en los teatros italianos), Fra Diavolo sólo se había representado en el Constanzi en el año 1884 (15 funciones) y retornaba, después de tan larga ausencia, en una edición en que se respetaba el original francés, junto a los recitativos acompañados de la versión italiana a los que se ha adaptado el texto galo y con los fragmentos musicales añadidos a esta última versión traducidos al francés por René de Ceccatty. Ante todo, hay que felicitar a la Opera de Roma por volver a proponer con tan alto nivel musical y escénico esta ópera tan popular hace años y tan importante para la evolución de la ópera francesa en particular y la decimonónica en general, pero que, actualmente,  es tan difícil de poder ver representada.

   Inteligente, ágil y bien trabajada la puesta en escena de Giorgio Barberio Corsetti, que sitúa la acción, -originariamente en la localidad de Terracina- en una genérica ciudad italiana costera en los años 50 con la presencia de los carabinieri, el Sol, el mar y la consustancial alegría de vivir. El montaje, lleno de ingeniosas ideas que potencian la comicidad y agilidad de la trama, fluye divertido, dinámico y efervescente. A todo ello contribuye una tan vistosa como funcional escenografía a cargo del propio Barberio Corsetti y Massimo Troncanetti (fabuloso el acto segundo con las habitaciones del hotel), la espléndida y muy cuidada dirección de actores y un uso pleno de sentido de las nuevas tecnologías con proyecciones, video, LCD…. siempre adecuadas y bien imbricadas en el espectáculo y no en vacuo aluvión como tantas veces ocurre.

   El personaje de Fra Diavolo se inspira lejanamente en Michele Pezza, cabecilla italiano que se enfrentó a la ocupación francesa de Nápoles y entronca con la tradición del bandido galante, arrogante, aventurero y atractivo. Este protagonista encontró un notable intérprete en el  tenor norteamericano John Osborn. La voz un tanto blanquecina y liviana, no es de gran calidad, pero si está bien colocada con una emisión ortodoxa, ductilísima, que junto a su buena técnica, musicalidad y dominio estilístico, permite al cantante prodigar reguladores dinámicos, un legato de factura y un fraseo cuidado y variado. A destacar su estupenda interpretación del aria del tercer acto “J’ai revu nos amis” fraseada con garbo y esa ironía que caracterizó toda su creación en el especto interpretativo. Anna Maria Sarra, que afrontaba el papel de Zerlina en sustitución de Pretty Yende que había abandonado la producción por “razones artísticas”, creó un personaje juvenil, sensual y desenvuelto. Si bien el timbre no es bello ni singular, sí grato, fresco y lozano con un registro sobreagudo desahogado y brillante. Como vocalista se mostró segura en su gran escena del acto segundo en la que supo pasar del momento picaresco y coqueto a la humilde devoción de la plegaria a la virgen, mientras le acechan los secuaces del bandido.

   La pareja cómica de aristócratas ingleses (Lord Rocburg y Lady Pamela) estuvo bien servida por unos Roberto de Candia (timbre gris, extensión limitada) y Sonia Ganassi (centro y grave ya inaudibles) mucho mejor en el aspecto interpretativo que en el vocal, completando una gran creación con altas dosis de química teatral y perfectamente imbricados en la dirección escénica.  El tenor Giorgio Misseri sirvió el papel de Lorenzo con voz muy liviana y filiforme, mostrándose muy apurado en los tremendos ascensos al sobreagudo de su romanza del último acto. Muy bien también en lo escénico la pareja de torpes secuaces del bandido, aunque en lo vocal hubo mucha diferencia entre un sonoro Jean Luc Ballestra como Giacomo y un desdibujado Nicola Pamio en el papel de Beppo. Rory Macdonald firmó una labor musical ligera, refinada, transparente y chispeante. Si bien a la orquesta le faltó algo de empaste y color, las virtudes señaladas junto al sentido del ritmo, el buen acompañamiento al canto y la agilidad de articulación, que son fundamentales en este repertorio, aseguraron una labor en estilo y de irreprochable factura musical. Notable el coro dirigido por Roberto Gabbiani.

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