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GREGORIO MARAÑÓN: «La zarzuela saldría beneficiada de la unión del Teatro Real y el Teatro de la Zarzuela»

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13 de diciembre de 2020

Gregorio Marañón: «La zarzuela saldría beneficiada de la unión del Teatro Real y el Teatro de la Zarzuela»

Una entrevista de Aurelio M. Seco | @AurelioSeco
Fotos: Fernando Frade /CODALARIO

Entrevistamos a Gregorio Marañón Bertrán de Lis tras la publicación de su autobiografía Memorias de luz y niebla. Presidente del Teatro Real, miembro del Consejo de Administración de El Español, miembro honorario de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo, presidente de la Fundación Ortega y Gasset-Gregorio Marañón, presidente de Logista y, como se sabe, nieto de una de las grandes personalidades que ha dado nuestro país, Marañón es uno de los apellidos más resonantes, poderosos e influyentes del «mundo de la cultura» española. Hombre moderado y cordial en las formas, empresario de éxito, el actual presidente del Teatro Real habla para CODALARIO de la institución que dirige y del contenido de un libro repleto de Música.

¿Cómo está siendo la acogidade su biografía? ¿Se ha molestado mucha gente por las cosas que cuenta? Hábleme de la repercusión.

Un mes después de haberse puesto a la venta, está imprimiéndose la tercera edición, lo que evidencia el interés que ha despertado. A mí, lógicamente, me llegan más los comentarios favorables que los otros, y, por ello, no puedo añadir más. Eso sí, el libro está escrito con el propósito de no incomodar gratuitamente a nadie.

En su biografía habla de la impresión que le produjo ver a Maria Callas, pero no explica dónde. ¿Es para usted la más importante soprano de la historia? ¿Dónde situaría a Montserrat Caballé?  Háblenos de los cantantes españoles que más le han impresionado, personal y artísticamente.

Fue en Madrid, en 1973, en lo que entonces era el Palacio de Congresos y Exposiciones. Decir que ha sido la soprano más importante de la historia me parece una simplificación, pero en mi generación ha sido la más significativa. En cuanto a Montserrat Caballé, nadie discute que haya sido una de las grandes. No la conocí personalmente. Sí he tenido, desde niño, por razones familiares que luego hice mías, una relación estrechísima con Teresa Berganza, a quien admiro y quiero inmensamente. La conocí cuando ella tenía 17 años y daba clases con Lola Rodríguez Aragón. Cuando constituimos la Fundación de Amigos del Teatro Real, me hizo el favor de aceptar ser su primera presidenta. Y para los aficionados, Carmen siempre será Teresa.

Dice usted en su biografía que el Teatro del Liceo de Barcelona podría haberse convertido en una Scala de Milán española sino es por Jordi Pujol. ¿Perjudican tanto los políticos?

Los políticos, como todas las personas, se dividen en tres grupos: los que perjudican mucho, los que benefician mucho y los que pasan sin pena ni gloria, con todas las graduaciones intermedias que queramos.


La Fundación que soportó la apertura del Teatro Real en 1997 contó con el apoyo del Ministerio, en un 72,5%; de la Comunidad de Madrid, un 27, 5%, pero no con el Ayuntamiento de Madrid. ¿Por qué cree que el entonces alcalde José María Álvarez del Manzano no quiso apoyar el Teatro Real?

Nunca lo he comprendido, y debe ser el único caso en el que el Ayuntamiento de una gran ciudad le dio la espalda a la apertura de un teatro de ópera. De hecho, el Ayuntamiento ha sido el gran ausente institucional del Teatro Real hasta muy recientemente, cuando, gracias primero a Manuela Carmena, y, luego, a José Luis Martínez-Almeida, se ha incorporado al núcleo estable de las Administraciones Públicas que apoyan al Real.

También afirma que le comentaron que la intención del Gobierno popular de entonces de desligar el Teatro de la Zarzuela del Teatro Real podría deberse a la intención de aquel Gobierno de cerrar el Teatro de la Zarzuela. ¿Cree de verdad que el PP quería cerrar este teatro? ¿Por qué?

He contado por su significación, el testimonio que me ha dado recientemente una de las personas más relevantes del Ministerio de Cultura en 1996, pero no tengo ningún otro dato para afirmarlo. De hecho, cuando lo escuché me extrañó mucho.

Usted fue uno de los defensores de volver a unir recientemente ambos coliseos en una sola Fundación, una propuesta muy polémica que posicionó a mucha gente en su contra. ¿Por qué es mejor idea una Fundación con ambos teatros que la situación que hay ahora? ¿Cree usted que se acabará llevando a efecto la fusión en el futuro?

Me sorprende que algo tan evidente haya que explicarlo una y otra vez, pero le agradezco la oportunidad que me ofrece su pregunta. Son dos teatros públicos dedicados al género lírico. En el Teatro Real se han representado zarzuelas, y en la Zarzuela se han representado óperas. Ambos están adscritos al Ministerio de Cultura. Y es obvio que un solo proyecto para el género lírico, esto es, para la ópera y la zarzuela, que cuente con dos escenarios, es mucho más fuerte y eficaz que no la actual división de esfuerzos en el seno del mismo Ministerio. Y añado que el género que saldría más beneficiado de esta asociación sería el de la zarzuela, por la posición nacional como primera institución de las artes escénicas y musicales del Teatro Real, y su proyección internacional. Las verdaderas razones para oponerse a esa fusión respondían a los intereses, personales o corporativos, de una minoría. Tuvieron que mentir diciendo que se quería privatizar el Teatro de la Zarzuela, porque no había argumentos serios para oponerse. No quiero contar anécdotas de cuando estábamos en el proceso, pero puedo asegurarle que vinieron a hablar conmigo bastantes empleados de la Zarzuela que deseaban que aquello se produjera. El Teatro Real va a seguir creciendo, nacional e internacionalmente, sin necesidad de esta agrupación, aunque, por pura lógica, supongo que el Ministerio se lo replanteará en el futuro. No olvidemos que, en 1995, cuando se terminan las obras del Teatro Real, ambos teatros, con sus respectivas plantillas ya se agruparon en la misma Fundación.

«Las verdaderas razones para oponerse a la del Teatro Real y el de la Zarzuela respondían a los intereses, personales o corporativos, de una minoría. Tuvieron que mentir diciendo que se quería privatizar el Teatro de la Zarzuela, porque no había argumentos serios para oponerse».


Afirma que César Antonio Molina es uno de los políticos más cultos que ha conocido. ¿Cuál es el político más melómano? ¿Cuáles han sido los que a su juicio más han hecho por la música?

César Antonio Molina es un brillante escritor y un excelente poeta que ha estado comprometido siempre en la gestión de relevantes instituciones culturales. Nadie dudaría en describirle como una persona cultísima. Otro ministro muy culto, y, posiblemente, el mayor melómano de los ministros que hemos tenido, ha sido Íñigo Méndez de Vigo.

En su autobiografía habla de las numerosas personalidades que han pasado por su casa, el famoso Cigarral de Menores, en Toledo. Le dedica unas palabras a Carlos Kleiber.

Kleiber ha sido el director que más me ha emocionado en un concierto. Comenté su extraordinaria grabación de las sinfonías 4ª y 7ª de Beethoven en un programa de televisión que dirigía Juan Ángel Vela. Su jornada toledana fue inolvidable. Vino con Gonzalo Alonso y una bellísima estudiante austriaca. Tenía un profundo acento argentino, y no quiso hablar de música en ningún momento de las muchas horas que pasamos juntos.

Cuando relata su dimisión de la Fundación Teatro Lírico y la de Stéphane Lissner como director artístico del Teatro Real por la decisión de Miguel Ángel Cortés, entonces secretario de Estado de Cultura, de despedir a Elena Salgado como directora general de la Fundación, dice usted: «El proyecto que habíamos preparado tan ilusionadamente se vino abajo con el cambio político, y de Parsifal se pasó a Margarita la Tornera». ¿No es un poco injusta la comparación? ¿No aprecia usted la música española?

Fueron unos hechos que, a mí y a muchos más, nos parecieron significativos. De hecho, dimitimos del Patronato Emilio Lledó, Alberto Zedda, Luis de Pablo, Isabel Penagos y yo. Quizás otros aficionados a la música piensen que la ópera de Wagner y la de Chapí son equiparables. Todo es respetable, aunque, sinceramente, me parece un dislate. No se trata de una metáfora sino de un hecho real. En cuanto a la música española, hay obras y músicos que me parecen extraordinarios, y que, naturalmente, me gustan mucho, desde Cristóbal de Morales y Tomás Luis de Victoria hasta nuestros días. Pero, en cualquier caso, me parece un error enjuiciar a los artistas, y al arte en general, con criterios nacionalistas.

«Kleiber ha sido el director que más me ha emocionado en un concierto»


¿Por qué no se hacen óperas españolas con regularidad en el Teatro Real? ¿Es porque en el fondo piensan que tiene menos calidad?

Sinceramente, me sorprende la pregunta porque, en los cinco últimos años, hemos representado catorce óperas de autores españoles del siglo XX. Me refiero a Granados, Falla, Montsalvatge, Mauricio Sotelo, Tomás Marco, Alfredo Aracil, Elena Mendoza, Raquel García Tomás, Joan Magrané, Fabián Panisello, Juan José Colomer, Jesús Torres y Germán Alonso.

Emilio Sagi intentó implantar la tradición de hacer algún título como El dúo de La Africana en Navidad. ¿No le parece buena idea? Señor Marañon, ¿le gusta a usted la zarzuela?

Esta pregunta reabre la cuestión del Teatro de la Zarzuela. Si en ambos teatros vamos a hacer una programación con óperas y zarzuelas, zarzuelas y óperas, y ambos teatros dependen del Ministerio de Cultura, ¿cuál es la razón para no buscar la sinergia que supone formar parte de un mismo proyecto más potente y, por tanto, con más alcance? En todo caso, como cuento en el libro, la zarzuela fue mi iniciación en el género lírico, y, desde entonces nunca ha dejado de gustarme… y de interesarme.

La palabra «cultura» aparece en su libro incontables veces. Defina, por favor, el concepto. ¿Qué es para Gregorio Marañón la cultura?

La Cultura es ese conjunto de conocimientos, costumbres y expresiones artísticas que conforman una sociedad. La Cultura tiene un gran carácter identitario, lo que en un país como el nuestro la hace especialmente estratégica. A esto se añade que la Cultura ofrece un ocio inteligente que incita a la reflexión crítica y a la proyección utópica, dos ejercicios que me parecen imprescindibles en nuestra vida.

«La zarzuela fue mi iniciación en el género lírico, y, desde entonces nunca ha dejado de gustarme… y de interesarme»


Es usted uno de los hombres más influyentes del mundo de la «cultura española». ¿Cuál es el secreto? ¿Llevarse bien con los representantes políticos de todos los partidos? Ser, como decía su abuelo, Gregorio Marañón ¿un hombre capaz de «entenderse con el que piensa de otro modo y no admitir jamás que el fin justifica los medios»?

No sé cuál es mi influencia ni ese «secreto» por el que me pregunta. Me he limitado, siempre desinteresadamente y por razones vocacionales, a contribuir a la creación y desarrollo de instituciones culturales con vocación de excelencia. Al margen de que esa cita de Marañón sobre el liberalismo que hago mía, lo que yo he aportado a las instituciones culturales es la experiencia de gestión aprendida a lo largo de mi carrera profesional, mi voluntad y mi entusiasmo.

¿No le parece que, con frecuencia, en la moderación no está la verdad?

Creo que verdad suele ser tan compleja que se aborda mejor desde la moderación que desde el extremismo.

Señor Marañón, ¿Qué tiene que hacer uno con los enemigos?

La dialéctica amigo/enemigo es una aportación a la ciencia política, a principios del siglo XX, de Carl Schmitt, que yo quisiera desterrar de entre nosotros. Prefiero hablar de oponentes, de competidores, de los que nos contradicen, de los que nos critican…, pero no de enemigos, y tratarles, por supuesto, con el mayor respeto.

Dedica un apartado a la amistad. Estará usted harto de que se le acerquen para medrar. ¿Cómo diferencia a los amigos de a los que simplemente quieren utilizar su influencia como trampolín?

En el ámbito de las instituciones culturales carezco de sueldo, despacho, tarjeta de crédito o de cualquier otra compensación material, y, en el Teatro Real, además, voy a la ópera con mis propios abonos. Creo en la amistad y detesto el amiguismo. Consecuentemente, a mis amigos les pido que colaboren desinteresadamente, en la medida de sus posibilidades, en los proyectos culturales en los que participo, y alejo a las personas que pudieran acercarse buscando su propio interés.

¿De quién se fía Gregorio Marañón?

Soy una persona confiada por principio. Asumo el riesgo de que alguna persona me engañe una vez, pero nunca dejo margen para un segundo engaño.

«Creo en la amistad y detesto el amiguismo»


Usted ha incluido a Alejandro Sanz en el Real, y según narra en el libro, ha pedido a Rosalía que cante en el teatro. ¿No cree usted que corremos el riesgo de confundir las cosas, de mezclar músicas e interpretaciones con diferente valor? ¿Para qué traer a un cantante pop a un teatro cuando necesitan amplificación para cantar? ¿No corremos el riesgo de perder la tradición que ha producido la técnica vocal de Caballé o Callas?

El Teatro Real es un teatro de ópera, que se financia en un 25% con aportaciones públicas; otro 25% con aportaciones privadas; y, en un 50% con los ingresos de sus propias actividades. Hoy está considerado como la primera institución de las artes escénicas y musicales de nuestro país, según el Barómetro de la Cultura de la Fundación Contemporánea. Y, para poder financiar el extraordinario proyecto artístico que nos anima, si tenemos que alquilar la sala, entre representación y representación, a otros artistas musicales, como se hizo hace años, de jazz, flamenco o pop, no veo ninguna contraindicación. Es más, agradezco vivamente el hecho de que un cantante de talla mundial, como Alejandro Sanz, quiera contribuir, como ha hecho personalmente, a nuestro proyecto, y participar en alguno de nuestros órganos, y recomendar la ópera a sus veinte millones de seguidores. Si alguien lo critica no lo entendería.

Fue usted compañero de colegio de Fernando Argenta, un gran comunicador al que se sigue echando en falta en la radio. Hábleme de su relación con él. ¿Cómo era Argenta?

Nuestro colegio tenía muy pocos alumnos y, por tanto, nos conocíamos todos. Era tres años menor que yo, y un encanto de persona, aunque, lógicamente, a esas edades, tres años de diferencia marcaban mucho.

«Cuando yo asumí la presidencia en 2008, sin duda la ópera de referencia en nuestro país, era el Liceu, y no nos molestaba»


Habla usted mucho de la injerencia del sector político en la política musical del Teatro Real. ¿No cree que puede ser igual de perjudicial, o incluso peor, el criterio de algunos gestores?

En los diez primeros años del Teatro Real desde su reapertura, tuvo seis presidentes, todos ellos ministros de Cultura, y cada uno trajo su equipo directivo. Con esa inestabilidad fue imposible desarrollar un proyecto relevante. Desde enero de 2008, cambiamos el modelo y los resultados parece que han sido muy buenos, pero, obviamente, los gestores del Teatro tienen que dar cuenta de su gestión cinco veces al año al Patronato, y, mensualmente, a la Comisión Ejecutiva. Y en estos órganos de gobierno, el Ministerio tiene mayoría absoluta, que se refuerza con las importantes representaciones de la Comunidad de Madrid, y, desde hace un año, también del Ayuntamiento. Si los gestores no lo hicieran bien, serían reemplazados, como en cualquier otra institución.

Dice usted en su libro que en 2017 el Real ya se había convertido «en la principal institución lírica española». ¿No cree que en el Teatro del Liceo de Barcelona puede sentar mal esta afirmación?

Cuando yo asumí la presidencia en 2008, sin duda la ópera de referencia en nuestro país, era el Liceu, y no nos molestaba. Es más, les pedí que nos acogieran para hacer un patronato conjunto en Barcelona. Teníamos mucho que aprender de ellos. Hoy, seguimos colaborando estrechamente, hemos celebrado otro patronato conjunto, esta vez en Madrid, y nuestra relación es magnífica a todos los niveles. En cuanto a la afirmación, no es mía, la hace la Fundación Contemporánea en su Barómetro de la Cultura.

«Si los gestores no lo hicieran bien, serían reemplazados, como en cualquier otra institución»


Destaca usted la orquesta del Teatro Real como la mejor de foso de España. ¿Ha escuchado la del Palau de les Arts de Valencia?

Por supuesto la orquesta del Palau es magnífica, y todos sabemos cómo se constituyó. Pero también sabemos que muchos de los extraordinarios músicos que la conformaron, recientemente se han marchado. En cuanto a la orquesta del Teatro Real, me he limitado a repetir lo que recientemente he leído en un artículo de uno de los mejores críticos musicales de nuestro país, y a valorar los reconocimientos que nuestra orquesta y coro están recibiendo internacionalmente.

Hábleme de esa instalación de Jaume Plensa que podría haberse adquirido para el teatro y que proyectaría un precioso cielo azul con nubles en movimiento en el techo del teatro. ¿Piensa que se podrá llevar a efecto alguna vez?

Ojalá fuera así, pero, ciertamente, no constituye en estos momentos una prioridad.

¿Por qué cree que Mortier no llegó a cuajar en el contexto español? ¿Era un hombre valioso o no era más que un gestor vanidoso embebido en el mito de la Cultura y los buenos modales de clase, que sabía hablar idiomas?

El cáncer terminal que le diagnosticaron en julio de 2013 le impidió culminar su proyecto. Pero hay tres logros que son incuestionables. Recuerdo, cuando le contraté, su comentario de que ningún teatro de ópera puede ser relevante si sus cuerpos estables, esto es, la orquesta y el coro, no son excelentes. Y él fue quien decidió cambiar el coro que teníamos por el actual, que hoy también está considerado como uno de los grandes coros europeos, y quien puso en marcha, con la colaboración de tres excelentes directores musicales, la mejora de la orquesta. En segundo lugar, Mortier contribuyó decisivamente a la proyección internacional del Teatro Real. Y, finalmente, con Mortier el Teatro Real empezó a hacer unas excelentes producciones propias, que son las que permiten que una ópera sea relevante por sí misma y no sólo por su capacidad de alquiler de la creatividad ajena. En cuanto a lo de sus modos, era hijo de un modesto panadero, nació en Gante, se educó en los Jesuitas, y ha trazado un antes y un después en la forma de entender la ópera en Europa. Antes de morir, se convención del inmenso acierto que supuso la contratación de Joan Matabosch y le respaldó plenamente.

Despolitizar el Teatro Real. ¿Ése ha sido uno de sus mayores intenciones y logros? ¿Lo ha conseguido?

Quiero matizar la respuesta. El Teatro Real es una institución pública y, por tanto, no se trata tanto de despolitizarla como de fomentar que la política con minúscula no interfiera en la estabilidad de su gestión, con el fin, precisamente, de que pueda servir a la Política con mayúscula. En otras palabras, a la causa de la cultura; y, sinceramente, creo que lo hemos conseguido.

«Mortier era hijo de un modesto panadero, nació en Gante, se educó en los Jesuitas, y ha trazado un antes y un después en la forma de entender la ópera en Europa»


Habla usted de “la cualidad del entusiasmo”, que tanto aprecia. ¿Qué entusiasma a Gregorio Marañón?

Un entusiasta, y yo lo soy, tiende a entusiasmarse muy fácilmente. En términos operísticos me entusiasmé el 1 de julio pasado, con la representación de La traviata, que volvía a abrir el Teatro. Me he entusiasmado el día del estreno de temporada actual con Un ballo in maschera, y, finalmente, he vuelto a entusiasmarme con Rusalka, y, en particular, con la actuación, en el segundo acto, de la cantante Asmik Grigorian.

En su biografía habla de «los topos» que hay en el Teatro Real. ¿Qué quiere decir? ¿A quiénes se refiere?

En cualquier institución grande puede haber alguna persona que filtre sesgadamente una información por motivaciones inconfesables. Obviamente, no se sabe quienes son. En cuanto al Teatro Real, yo prefiero destacar el testimonio de una representante de CCOO, que, en nombre de sus compañeros, me escribió cuando íbamos a abrir en julio el Teatro, lo siguiente: «… Estamos tristes por no haber estrenado Aquiles en Esciros, hemos trabajado mucho en esta nueva producción para conseguir, una vez más, un éxito mundial y mantener esa excelencia que caracteriza al Teatro Real. Espero que esto sólo sea un parón en el tiempo y pronto continuemos con nuestra actividad y con la labor de mantener la cultura de buena calidad en nuestro país… Un abrazo y un saludo de todos mis compañeros de CCOO».

Acaba de publicar sus memorias. ¿Qué le falta por hacer? ¿Y en el Real? ¿Cuáles son sus proyectos para el Teatro Real?

Aunque comprendo que a mi edad parezca insólito, apenas tengo tiempo para los recuerdos y vivo inmerso en nuevos proyectos. En cuanto al Teatro Real, nuestra prioridad hoy es capear el temporal de la pandemia, con sus gravísimas consecuencias sanitarias y económicas, y hacerlo con el apoyo del público, de las Administraciones y de la sociedad civil. Se trata de un ejercicio de ejemplaridad que nos lleva a abrir nuestras puertas al público con todas las medidas de seguridad necesarias. Reconforta leer cómo ha destacado nuestro esfuerzo la agencia internacional Associated Press en un reciente artículo sobre la ópera en el mundo.

Autor:Aurelio M. Seco
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