Crítica de Raúl Chamorro Mena del recital ofrecido por Grigory Sokolov en el Festival Escena Escorial
La leyenda continúa
Por Raúl Chamorro Mena
San Lorenzo de El Escorial, 15-VIII-2026. Festival Escena Escorial. Teatro Auditorio. Recital Grigory Sokolov, piano. Obras de Ludwig van Bethoven, Franz Schubert. Johannes Brahms, Fryderyk Chopin, Alexander Skriabin y Johann Sebastian Bach.
Recuerdo el concierto inaugural, tanto del Teatro Auditorio como del Festival Internacional de San Lorenzo de El Escorial, el día 3 de julio de 2006 con presencia de los Reyes de España y actuación de Riccardo Muti al frente de la orquesta y coro del Maggio Musicale Fiorentino.
La idea originaria era en convertir este ciclo en una prestigioso Festival veraniego a semejanza del de Salzburgo aprovechando el turismo estival en la Comunidad de Madrid. El hecho es que el asunto no se consolidó y el nivel de los programas fue bajando hasta convertirse en algo irrelevante con la excepción de algunos muy puntuales eventos.
La Comunidad de Madrid confiere al Festival un nuevo impulso con la denominación de Escena Escorial, Festival Internacional de artes escénicas bajo el manto de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid [ORCAM] y con su directora musical y artística al frente. La propia Alondra de la Parra presentó micrófono en mano este nuevo certamen, que tendrá como base la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid más la actuación de dos leyendas como Grigory Sokolov y Daniel Barenboim.
Como prólogo a esta primera edición de esta refundación del Festival de El Escorial se programó un recital del ya legendario pianista Grigory Sokolov. Hace tiempo que renunció a los conciertos con orquesta y ofrece sólo recitales anuales basados en un mismo programa trabajado con minuciosidad, intensidad y profunda disciplina.
«Imposible sustraerse al sonido impactante de ese trino grave del primer movimiento y a la inmensa tristeza del andante sostenuto, que contrastaron con ese arrebato postrero de alegría de vivir de los dos últimos movimientos»
Como siempre, el virtuoso nacido en Leningrado, actual San Petersburgo, caminó hacia el teclado reservado, serio, ceñudo, sin un átomo de apasionamiento ni efusión, con el rigor por bandera y esa técnica apabullante procedente de las acrisoladas barricas “Gran reserva” de la escuela ruso-soviética.
En el programa dos titanes, Beethoven son su primera gran sonata, la número cuatro Op. 7 de 1796, denominada gran sonata por el propio autor y su última obra para el teclado, las Seis bagatelas, Op. 126. En la segunda parte, Schubert con su monumental sonata número 21 creada con la parca llamando a su puerta.
El sonido apabullante, marca de la casa, por belleza, limpieza, aquilatamiento y amplísimo caudal llenó el recinto y la admirable capacidad constructiva de Sokolov desgranó con sabiduría la ejemplar forma sonata del largo primer movimiento de la número cuatro del genio de Bonn. La espressione que exige el imponente segundo movimiento -Largo-, llegó por la inmensa concentración y serena austeridad, que superó una excesiva lentitud en un teclado que se recreó en las pausas. Contraste efectivo, desde luego, con los demás movimientos, todos rápidos, en los que el pianista de Leningrado demostró su acrisolado virtuosismo mediante la pureza y fluidez de una impecable digitación.
28 años después, Beethoven en su gloriosa última etapa compositiva ya completamente sordo, creó su última obra para piano, las Seis bagatelas Op. 126, que consideraba como de lo mejor que había creado para el teclado. Sokolov las interpretó sin solución de continuidad, resaltando en su sabiduría constructiva el concepto global de la obra sobre la diferenciación entre las piezas. Ciertamente, se echó de menos algo de imaginación y fantasía en el fraseo, compensado todo ello por la deslumbrante ejecución, esa mano izquierda gloriosa, unos medios y una técnica abrumadores.
En la grandiosa Sonata número 21 de Franz Schubert el sentido de la planificación, las inmensas seguridad y concentración, el rigor expositivo y la austeridad de gesto fueron un ejemplo de cómo conseguir sutilmente altas cotas de intensidad y conmoción, arrumbando las expresiones manifiestas de efusión y exaltación emotivas.
Imposible sustraerse al sonido impactante de ese trino grave del primer movimiento y a la inmensa tristeza del andante sostenuto, que contrastaron con ese arrebato postrero de alegría de vivir de los dos últimos movimientos. En ellos, el hondo virtuosismo de Sokolov, siempre al servicio del sentido musical y expresivo de la composición brilló con todo su esplendor.
Como siempre, el particular ritual de Sokolov continuó con una tercera parte del recital compuesto por seis suculentas propinas que llevó al evento hasta las 11 de la noche. Bastantes espectadores o bien ignorantes de este ritual, o con prisa por tener mesa reservada para cenar, o directamente “cansados” por la hora y una somera melomanía abandonaron la sala, pero la mayoría disfrutamos de los seis regalos.
A saber: de las 4 balladas op 10 de Brahms la número 1 y la número 3. De las dos rapsodias op 79 también del músico hamburgués, la número 2. Excepcional interpretación. Magnífica resultó, asimismo, la mazurka 21. Op 30 núm 4 de Chopin. Concluyó el capítulo propinas con el número 4 de los 24 preludios Op. 11 de de Alexander Skriabin y la intensa interpretación del Preludio en re menor BWV 855 de Johann Sebastian Bach arreglada por Alexander Siloti.
Fotos: David Mudarra / Festival Escena Escorial
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