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Crítica: Recital de Grigory Sokolov en las Jornadas Internacionales de Piano «Luis G. Iberni»

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4 de marzo de 2021

Sokolov volvió al Auditorio

Por F. Jaime Pantín
Oviedo, 27-II-2021. Auditorio Príncipe Felipe. Jornadas Internacionales de Piano «Luis G. Iberni». Grigory Sokolov, piano. Obras de Chopin y Rachmaninov.

   La vida musical ovetense sigue siendo un privilegio aún en estos tiempos de pandemia y, si en lo que a las Jornadas Internacionales de Piano Luis Iberni se refiere, hace tan solo unas semanas tuvimos la oportunidad de asistir a uno de los raros recitales de María Joao Pires, el pasado sábado nos visitaba Grigory Sokolov, a quien, a diferencia de la insigne pianista portuguesa, tan solo es posible escuchar en recital.

   Sokolov es uno de los artistas más queridos y admirados por el público local desde aquel ya lejano primer concierto de 1995 donde ofreció una versión antológica de la Kreisleriana de Schumann. Desde entonces sus actuaciones en Oviedo se han mantenido con regularidad constante y constituyen cita ineludible en el ciclo pianístico de excepción que son estas Jornadas.

   Inmerso ya en la setentena, el pianista ruso mantiene un poderío pianístico impresionante y el mismo nivel de entrega en sus interpretaciones que siempre le ha distinguido. Tan solo la fiereza y electricidad de su virtuosismo apabullante parecen haber remitido un tanto, pero a cambio ha seguido puliendo su sonido sin cesar y ahora mismo podemos decir que estamos ante uno de los escasos estetas del piano que aún existen. Sus versiones aparecen cinceladas en sus mínimos detalles y una vez establecidas son elevadas a la categoría de definitivas, con muy poco margen para la variación, incluso a través de los años, repitiéndose una y otra vez sin merma alguna de intensidad o emoción, lo que convierte cada uno de sus conciertos en una experiencia única, capaz de revelar posibilidades insospechadas en músicas que se daban por conocidas.


   En esta ocasión el programa estaba formado por dos bloques compactos: cuatro polonesas de Chopin y los diez Preludios  op. 23 de Rachmaninov, programa algo más breve de lo habitual en los recitales de Sokolov - como corresponde a las actuales circunstancias- pero de interés excepcional. Rara vez se oye un ciclo de Preludios de Rachmaninov en su orden original y la selección de las Polonesas chopinianas pone de manifiesto el halo trágico que subyace en muchas de estas piezas y que se resume admirablemente en la última de ellas, la Polonesa- Fantasía op. 61, que no fue incluida en esta ocasión.

   El tempo, inusualmente lento y constante, al que Sokolov abordó la interpretación de estas cuatro polonesas pudo sorprender a quien no estuviera sobre aviso. Ciertamente, son muchos los pianistas que tocan sensiblemente más rápido estas piezas, desoyendo en parte las indicaciones del propio Chopin, que utiliza el término maestoso en muchas de ellas- maestoso en la op. 26 nº 2; allegro maestoso en la op. 40 nº 2; maestoso en la op. 53, habitualmente ejecutada como pieza de brillantez; allegro maestoso en la op. 61…tan solo se indica allegro en la op. 26 nº 1 y allegro con brio en la op. 40 nº 1, la conocida como Polonesa militar, careciendo de indicación de tempo la op. 44 aunque algunas ediciones no rigurosas indican moderato.

   No se debe olvidar que Chopin, con estas siete Polonesas parisinas compuestas entre 1834 y 1855, abandona de manera definitiva el género de danza de salón de vocación virtuosística, a la manera de Hummel o Weber- que había desarrollado en sus primeras polonesas de Varsovia- para dar paso a unas estructuras formales de mayor complejidad y hondo dramatismo. Precisamente el dramatismo sin concesiones define la interpretación de Sokolov. En sus manos las Polonesas se convierten en intensos poemas cuya narrativa se debate entre el sentimiento trágico y la pulsión heroica, entre la solemnidad y la protesta, entre el dolor y la melancolía, en un entorno depresivo que ni la brillantez de la por todos conocida op. 53 o los ocasionales remansos de lirismo de la sección central del op. 26 nº 1 con sus elaborados diálogos entre las voces extremas, ni la bellísima mazurka contenida  en el op. 44 son capaces de iluminar.


   Una versión, no por unívoca menos impresionante, que el pianista abordó desde una técnica excepcional en transparencia, precisión y riqueza de planos sonoros, sin renunciar a la crudeza cuando la música, a su entender, así lo requería.

   La segunda parte del concierto fue dedicada íntegramente a los 10 Preludios del op. 23 de Rachmaninov. Lejos ya de la cierta ascesis pianística que en parte imponen las polonesas -con su escritura inusualmente vertical, sus insistentes ritmos dactílicos y la presencia casi constante del forte, en contraste con la fluidez, la agilidad y la elegancia del teclado genuinamente chopiniano- Sokolov despliega aquí su ingente potencial de recursos pianísticos, en una música creada por un gran pianista para ser tocada solo por grandes pianistas. Música de fácil comprensión y de difícil ejecución cuya belleza, muchas veces conmovedora, proviene sobre todo de la capacidad de su autor para revestir cualquier trazo melódico con una suntuosidad instrumental deslumbrante que coloca al instrumento a un nivel orquestal, siempre que el pianista esté a la altura exigida y sea capaz de afrontar unos desafíos técnicos a veces hiperbólicos.

   La influencia del modelo chopiniano del op. 28 es palpable, aunque no de manera tan directa como ocurre con los 24 Preludios op. 11 de Alexander Scriabin. Rachmaninov escribe también 24 Preludios que recorren todas las tonalidades mayores y menores, si bien no lo hace por el ciclo ascendente de quintas como sus predecesores, y los agrupa en 3 opus independientes: 1 preludio op.3 nº 2 (el temprano preludio en Do sostenido menor, su obra para piano más conocida aún hoy) 10 Preludios op. 23 y 13 Preludios op. 32. Casi todos estos preludios carecen, además, de la concisión de los de Scriabin o Chopin y están mucho más elaborados.

   Sokolov nos brinda la oportunidad de escuchar uno de estos ciclos completos, algo muy poco frecuente, ya que normalmente se programan selecciones, que además suelen incluir siempre los mismos preludios, en el caso del op. 23 los números 2, 4, 5 y 7 como mucho, dejando de lado alguno de los más bellos, aunque quizás también más difíciles y menos brillantes como el nº 6, 8 y 9.


   Los Preludios fueron tocados con apenas pausas entre ellos, como si el pianista quisiera establecer un discurso de continuidad a lo largo de un ciclo que recorre prácticamente todo el espectro emocional de su autor. En el primero de ellos (fa sostenido menor) impresiona la intensidad casi lacerante con la que Sokolov culmina un largo lamento enunciado sobre un lento ostinato de semicorcheas cromáticas.

   Contraste radical  en el segundo (si bemol mayor), donde una fanfarria poderosa, que alterna octavas y terceras, se eleva sobre oleadas de arpegios que emergen desde lo más profundo del teclado en un discurso de afirmación y desafío, para dar paso a una melodía escondida que despunta entre el fragor de las texturas derivadas de la fanfarria inicial y que el pianista declama con dulzura y emoción antes de afrontar una reexposición que conduce a una coda de virtuosismo deslumbrante.

   El tercer preludio (re menor) es uno de los más originales, un minueto de vocación arcaizante y tranquilidad engañosa que en manos de Sokolov refleja una cierta violencia contenida a través de imitaciones de dramatismo creciente, en un desarrollo que alcanza momentos de intensidad insospechada sin renunciar a la  elegancia de la danza.

   Uno de los más conocidos, el cuarto preludio (re mayor) parece evocar la felicidad idílica del reciente matrimonio del compositor por medio  de un nocturno impregnado de éxtasis, con una melodía que se desprende de un entramado de arpegios  que el pianista expone con su característico sonido acampanado y que conduce a un climax muy prolongado de inusual intensidad pasional.

   También popular y uno de los más frecuentados en las aulas de los conservatorios, el quinto preludio (sol menor) se define por dos marchas de tosquedad calculada que flanquean a un intermedio de profundo exotismo que Sokolov expone con lirismo intenso y claridad meridiana en medio de  un entramado polifónico de considerable complejidad.

   En el sexto preludio (mi bemol mayor) el pianista desarrolla  un impresionante trabajo de una mano izquierda que, en sus arabescos prolongados, más que acompañar establece un diálogo sutil en búsqueda de la  extrema intensidad luminosa de una melodía que mantiene un clima  de éxtasis permanente.

   Probable homenaje a Bach, el séptimo preludio (do menor) podría considerarse un estudio y se presenta en forma de ostinato incesante de rápidas semicorcheas, sobre el que se tejen los ecos de un cantus firmus de carácter profético. Sokolov renuncia casi por completo al pedal en la primera sección, en busca de la máxima transparencia y ligereza, para emprender una apertura paulatina y controlada hacia un final catártico.

   El octavo preludio (la bemol) es uno de los más eufónicos y por su tonalidad y escritura hace pensar en alguno de los estudios chopinianos. La belleza sonora a raudales desplegada por el pianista y la líquida claridad que consigue en el trazado de los difíciles arabescos contribuyen a realzar una armonía de hermosura deslumbrante.


   El noveno preludio (mi bemol menor) es uno de los más impresionantes y su escritura se vuelve a asemejar a la de un estudio, esta vez para las notas dobles cromáticas, pudiendo establecer su referente en Feux Follets, el 5º de los Estudios Transcendentales de F. Listz. Su dificultad no supone ningún obstáculo para Sokolov quien además consigue aparentar naturalidad, aportando un acabado preciosista a la que es quizás la pieza más intrincada de un ciclo que culmina con el último de los preludios (sol bemol mayor), un epílogo meditativo que supone  renuncia expresa a un final de bravura y que el pianista recorre con intimismo ensimismado. Un adiós emocionado que bien podría haber constituido el verdadero final de la velada, pero la insistencia de un público rendido ante semejante talento desencadenó la habitual lluvia de propinas que, en esta ocasión se hicieron esperar algo más de lo acostumbrado. Más preludios, Chopin y Scriabin, mazurkas, intermezzo de Brams y el Ich ruf zu dir de la Cantata BWV 177 de Bach, que puso el colofón a un nuevo concierto inolvidable de este pianista ya entrañable.

Autor:F. Jaime Pantín
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