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Crítica: Günther Herbig en la temporada de la Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid

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Autor: Pedro J. Lapeña Rey
6 de octubre de 2017

LOS VIEJOS MAESTROS NUNCA MUEREN

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional. 2-X-2017. Temporada de abono de la Orquesta de la Comunidad de Madrid (ORCAM). Director musical, GüntherHerbig. Sinfonía nº 4 en do menor, “Trágica”, D.417 de Franz Schubert. Sinfonía nº 1 en si bemol mayor, “Primavera”, Op. 38 de Robert Schumann.

   El concierto de este lunes 2 de octubre, segundo del ciclo de la ORCAM tenía un atractivo muy especial. El reencuentro con Günther Herbig, el prestigioso director alemán. Con  85 años y tras una larga carrera que despegó a finales de los 60 en la Alemania del Este, después le llevó a los EE.UU. y posteriormente por todo el mundo, no deja de sorprendernos. Hay directores que con los años, relajan el ímpetu de sus versiones dejando un poso de hondura y trascendencia. Otros entre los que podemos incluirle, establecen tempi muy vivos, que desprenden alegría y ganas de vivir.

   En un universo en que brillaban batutas como Giulini, Celibidache o Maazel, por poner ejemplos significativos, muchos considerábamos a Günther Herbig poco más que un interesante kapellmeister. Mi primer contacto con él fue en 1978, cuando la entonces Berliner Sinfonie-Orchester – actual Konzerthaus orchester Berlin –, la formación de Berlin Este que durante más de 15 años había sido la orquesta de Kurt Sanderling, vino a Madrid, invitada al Ciclo de la ONE. Alguna visita posterior ahondaron en ese juicio que lamentablemente se convirtió en prejuicio. Con la edad, afortunadamente aprendemos a valorar cosas que no hacíamos en el pasado y a disfrutar con ellas. Entonces, entonamos el “mea culpa” y Herbig subió en mi estima personal, sobre todo tras una intensa y emotiva 8ª Sinfonía de Dmitri Shostakovich con la ORTVE en 2004.Y ese sentimiento se ha acrecentado tras este concierto.

   Comenzamos por la Sinfonía nº 4 en do menor de Franz Schubert. Compuesta en 1816, un año después de su jovial tercera, es una obra más compleja y de más difícil asimilación. Mantiene la estructura de la sinfonía clásica, pero ya introduce momentos de gran inspiración, buscando un difícil equilibrio entre la sensibilidad y la pura vehemencia. La interpretación desplegó una naturalidad y una fluidez apabullantes. No fue el mejor día de la orquesta pero poco pareció importarle al Sr. Herbig. Desde el lirismo que imprimió a la introducción del movimiento inicial a la lucidez con que definió el Adagio, desde la gracia y el estilo del Menuetto a la trascendencia y hondura del Allegro conclusivo, Herbig nos convenció con un fraseo de primera y una fluidez realmente admirable. El nivel hubiera alcanzado cotas mayores si la orquesta hubiera tocado más conjuntada y las intervenciones solistas hubieran sido mejores. Aun así, nos fuimos al intermedio con un buen sabor de boca.

   Tras el descanso, tuvimos el estreno sinfónico de Robert Schumann. La Sinfonía n°1, “Primavera”, op. 38 fue compuesta en 1841, a sus 31 años, un año después de su matrimonio con Clara. Ella fue quién le animó a escribir música sinfónica. En su diario podemos leer lo siguiente: “su imaginación va más allá de lo que puede componer en el piano” o “todas sus composiciones tienen un alma orquestal”.

   De nuevo Günther Herbig nos planteó una versión clarividente de la obra, más intuitiva que cerebral, más pendiente de un fraseo claro e intenso que de buscar un claridad de texturas o un trazo más fino. Una versión salida del corazón de un músico de 85 años que se lanzó a la piscina, y que o la tomas, o la dejas. Me recordó un antiguo video del ensayo del Adagio espressivo de la 2ª Sinfonía por Leonard Bernstein con una orquesta de jóvenes filmado poco antes de su muerte, y que emitió poco después el Canal Plus. En él, Lenny les comentaba a sus jóvenes músicos que a Schumann había que interpretarlo siempre al borde del abismo, porque Schumann estaba loco y como tal había que tocarlo.

   Evidentemente la concepción de Herbig no llegó a la del inolvidable Bernstein pero por momentos nos lo recordó. En el Andante-Allegro molto vivace inicial, tocado de manera enérgica, buscó dinamismo y bullicio. En el Larghetto posterior, de emotiva hermosura, donde buscó una hondura que rara vez encontramos, la orquesta subió algo de tono - principalmente las cuerdas – y fue quizás el mejor momento de la noche. Tanto en el Scherzo como en el Allegro final, el Sr. Herbig apretó algo más el acelerador, en una suerte de “el que pueda que me siga”, aunque siempre buscando un fraseo natural, que la orquesta en algunos casos conseguía y en otros no.

   Aplausos y ovaciones despidieron a un maestro de los de antes. Disfrutémosle mientras siga entre nosotros.

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