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[C]rítica: Jan Lisiecki cierra el ciclo de «Grandes Intérpretes» de la Fundación Scherzo

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17 de diciembre de 2018

Vuelta a la tierra

Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional. 11-XII-2018. Ciclo Grandes intérpretes de la Fundación Scherzo. Jan Lisiecki, piano. Nocturnos op. 55 de F. Chopin. 4 Nachtsückeop. 23 de R. Schumann. Andante Spianato y Grande Polonaise Brillante de F. Chopin. Cinco piezas de fantasia de S. Rachmaninov. Nocturno op. 72 nº 1 y Scherzo nº1 de F. Chopin.

   En nuestra crítica del pasado mes de noviembre sobre el recital de Behzod Abduraimov en el Ciclo Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo celebrábamos que la triste cancelación del recital de Murray Perahia se compensaba con la oportunidad de poder ver un mini ciclo final con un trío de jóvenes pianistas –tan diferentes entre sí– como Benjamin Grosvenor, Behzod Abduraimov y el canadiense de origen polaco Jan Lisiecki, y la bocanada de aire fresco que esto suponía dentro de un ciclo tan conservador en público, intérpretes y programas.

   Cuando encadenas varios recitales de alto nivel, tendemos a elevar nuestro estándar y a pensar que todo lo que vamos a ver posteriormente es así. Pero nada más lejos de la realidad. Lo normal es que haya bastantes intérpretes interesantes de un nivel medio alto, pero los niveles superiores están reservados a un número mucho mas reducido. Tras los recitales de Grosvenor y Abduraimov saldados con un gran nivel, Jan Lisiecki no ha hecho aterrizarde nuevo en la Tierra. El canadiense es un buen pianista, con bastantes aspectos positivos, pero a tenor de su recital de este martes, está todavía a mucha distancia de los otros dos.

   
   Tenía ganas de ver a Jan Lisiecki. Mi primer contacto con él fue hace cerca de dos años cuando interpretó el Primer concierto para piano de Chopin en la gira americana de Vladimir Jurowski y la Filarmónica de Londres que les llevó al David Geffen Hall de Nueva York. Su currículo decía que Chopin era su especialidad, pero el concierto, ejecutado con cierto gusto, fue demasiado soso y cuadriculado, y el Nocturno op.48 nº 1 que dio como propina tampoco tuvo demasiado interés.

   En el programa de mano de este martes, el Sr. Lisiecki nos dice que «Hay que interpretar a Chopin con naturalidad. No hay que intentar añadir nada a la música, ni sentimientos, ni romanticismo superfluo. Todo está escrito». Quizás ahí esté la explicación de su forma de tocar los dos Nocturnos de la opus 55 que interpretó para comenzar el recital. Todo estuvo en su sitio. Hubo mucha claridad en el sonido, y cuidó en exceso las dinámicas. Por el contrario, el discurso fue pobre, casi vacuo y con muy poco que aportar. Si en un nocturno no hay ensoñación y no hay búsqueda de belleza, el resultado queda pobre. Las 4 Nachtsückeop. 23 de Robert Schumann también necesitan ensoñación y Lisiecki tampoco fue capaz de crear esa atmósfera necesaria para que estas obras cojan vuelo.


   El primer salto de calidad en el concierto se dio en el Andante spianato de Chopin. El canadiense se encontró más a gusto en el marco de la forma, y ahí por fin pudimos atisbar el buen intérprete que Lisiecki puede llegar a ser. Estuvo bien cantado y la pulsaciónfue clara y precisa. Sin embargo, las cosas se torcieronen la Gran polonesa posterior. La marcha en ritmo ternario de una polonesa tiene en general un carácter grandioso, y ésta aún más. Primero hay que exponerla con claridad y empaque, y a continuación, ir gestando poco a poco ese ritmo tan característico. Por el contrario, el Sr. Lisiecki impuso un tempo rapidísimo desde el principio. La interpretación fue confusa y por el camino perdimos la esencia trascendente de la obra.

   Tras el descanso, el canadiense se enfrentó con valentía a las Cinco piezas de fantasía, op. 3 de Sergei Rachmaninov. Las dos primeras, la Elegía y sobre todo el Preludio –el archiconocido Nº 1 en do sostenido menor– se cuentan entre lo mejor que compuso el ruso. En esas complejidades se creció JanLisiecki, sobre todo en la primera Elegía y en la última Serenata, e incluso también en la cuarta, la Poliquinela que hubiera quedado perfecta con un tempo algo más relajado. Sus carencias se volvieron a manifestar en un Preludio bien ejecutado pero que podríamos calificar como low cost o mejor dicho low sound, si lo comparamos con el que hace un año nos dio Eugeny Kissin en este mismo auditorio.

   Volvimos a Chopin para el terminar el recital. La asepsia con la que se volvió a enfrentar al primero de los Nocturnos op. 72 evidenció una vez más que los nocturnos no son los suyos. En el postrero Scherzo nº 1, pieza de lucimiento y de gran dificultad técnica, vivimos lo mejor y lo peor del recital. Hubo confusión y atropello en el presto con fuoco con el que comienza y termina la obra, mientras que toda la sensibilidad que echamos en falta a lo largo del recital, apareció de repente en la transición al pasaje central molto più lento tocado con una belleza exquisita.


   El público que llenaba poco más de medio auditorio, aplaudió con calor el alarde de velocidad del canadiense, quien correspondió con la séptima de las Escenas infantiles de Schumann, la popularísima Träumerei-Ensueño donde volvimos a echar en falta el ensueño al que se refiere el nombre de la obra.

   En fin, este recital de Jan Lisiecki ha estado un escalón por debajo del resto. Con él, la Fundación Scherzo pone punto y final al ciclo del 2018. El de 2019 –con grandes veteranos como Pollini, Sokolov o Argerich, otros algo más jóvenes pero firmemente establecidos como Volodos, Colom, o Queffélec, y la sabia nueva que representan Buniatishvili, Perianes, Pérez Floristán o Beatrice Rana– empieza en poco menos de un mes. Promete emociones fuertes que les iremos contando.

Foto: Bo Huang

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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