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Crítica: Recital de Jan Lisiecki en el Auditorio Nacional de Madrid para la Fundación Scherzo

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13 de enero de 2020

Caprichosa uniformidad

Por Francisco Zea Vaquero
Madrid. Auditorio Nacional de Música (sala sinfónica). 9-I-2020. Bach. Capriccio en si bemol mayor BWV 992. Mendelssohn: Canciones sin palabras Op. 67, Rondó capriccioso en sol mayor op. 14 & Variaciones serias op. 54. Beethoven: Rondó a capriccio en sol mayor op. 129. Chopin: Nocturnos Opp. 27 & 62, Balada Nº 4 en fa menor op. 52. Jan Lisiecki (Piano).

   El primer concierto en la sala sinfónica del Auditorio nacional de Madrid de este nuevo 2020 fue el arranque de una nueva edición del ciclo de grandes intérpretes de la Fundación Scherzo; nada menos que un cuarto de siglo cumple la organización, desde que en aquel fin de siglo nos visitaran leyendas del Piano como Svjatoslav Richter, Wladimir Ashkenazi, o Alicia de Larrocha. Está motivado traer estos recuerdos ahora por la importante trayectoria y patrimonio que supone el ciclo para los aficionados al instrumento rey en esta sala nacional. La mayoría de los buenos aficionados, sin embargo, se inquietan ante el incierto futuro, o posible rescate de este importante ciclo musical de conciertos que muestra su gran sala a medias casi siempre.


   El pianista que hoy nos ha visitado es un instrumentista limpio, técnicamente solvente, musical, y dominador de solventes recursos dinámicos, además es camaleónico en el estilismo, y suele hacer justicia a cada compositor. Jan Lisiecki tiene importante querencia por los tiempos lentos, es decir, por prolongar el discurso para buscar la emoción y remarcar los temas más inspirados. En contra de su rápida carrera discográfica, y de solista, habremos de decir que le falta, sobre todo, creatividad, frescura, propia de su edad, y cierta libertad interpretativa, característica típica de los artistas del piano. Es sorprendente la ausencia de datos sobre su formación en la biografía del programa y, sin embargo, sí se aprecian, y  apenas lo había leído anteriormente, referencias a su agencia de representación. No me parece que estos asuntos comerciales le resulten de interés a quien acude a escuchar música a una sala de conciertos.

   Otro problema extramusical que afectó al prolijo y prosaico Jan Lisiecki fue la frialdad acústica de la sala cuando está semivacía. Éramos apenas la mitad de los que la misma puede albergar, y el sonido no se difunde correctamente, ni se homogeneíza como es natural, habiendo zonas donde los timbres son puro mate, y sorda la materia sonora, además del fácil emborronamiento de muchas de las frases comprometidas. La enorme sala sinfónica no siempre es el vehículo más apropiado para la acustisca musical en materia camerística, y, muy a menudo, el piano lo es. Además el joven pianista fue masacrado con toses y sonidos de multitud de indeseables dispositivos que sus dueños no silencian por pura desidia o falta de amor a la Música. También es verdad que, sin ir más lejos, en el último concierto de la pasada edición, la insigne Martha Argerich se enfrentó a las mismas condiciones y el concierto fue oro puro, que provocó ríos de tinta y horas de apasionadas conversaciones. Pero vamos a nuestro cometido que es la Música y a tratar desentrañar esta mezcolanza que dio por resultado un sencillo concierto de transición para comenzar este frío enero.


   Lisiecki nos brindó hace dos años en este mismo ciclo un programa similar «Nocturno- Chopin» trufado de otros autores románticos. Ahora repite la estructura uniendo al divino Mendelssohn al tronco principal de la propuesta musical. Esta vez la idea se encontraba en torno al capricho, o lo caprichoso, y los resultados han sido idénticos y escasamente emocionantes. Su forma de interpretar todavía no ha despegado como para destacar en un ciclo de cuño internacional.

   Nos ofreció al comienzo un canónico y pianístico Capriccio BWV 992, el que tanto adoraba el mencionado Richter, con bastante pedal y ciertos grosores iniciales, aunque Intentando apuntar cierta madurez con hermosos y largos valores en el adagissimo. Creo que aún es pronto para que un tempo tan ancho y profundo resulte natural, y probablemente hay que crear más sonido y no parecer alambicado en plena juventud. La propina del concierto, que estuvo muy bien pensada para redondear el programa, fue la mítica aria de las variaciones Golberg, tocada con bastante misticismo y concentración, sin variaciones en el carácter hasta el final, y cómo a él le gusta, con tempo muy lento. Al final del concierto la fórmula resultó más convincente, y cálidamente reconocida por el público.

   En general elegir un tempo más amplio de lo que está marcado en partitura es síntoma de madurez, porque tienes mucho que decir, que frasear, (el exponente más reciente de este modo de interpretar es el gran Maestro y profesor Josu de Solaun), o bien porque técnicamente la partitura te excede y debes impedir perder notas y claridad de discurso, lo cual también es muy loable musicalmente hablando. No es este el caso, el joven canadiense no es un virtuoso pero tampoco le falta recurso técnico, tocar despacio es en él una convicción personal. Sin embargo, hay muchas situaciones en la articulación romántica que requieren de intuición y flexibilidad en el tempo, sobre todo para adornar. Tocar despacio no significa que sistemáticamente se alcance el nivel de fraseo y claridad deseadas y, por el contrario, podría resultar tortuoso, aburrido, y plúmbeo.


   Más concretamente hablando de nuestra sesión; el tempo invariablemente lento provoca que, sobre todo en Chopin, la segunda parte de cada compás resulte caída, en especial en los temas más bellos y mejor ornamentados (se observó dramáticamente en la Balada final). Además, el uso excesivo del pedal en las prístinas figuraciones típicas de Mendelssohn, en una sala tan grande y semi vacía, puede llevarte a emborronar las texturas y sonoridades. De todos modos, reconozcamos que en el quinto cuaderno de Canciones sin palabras (Op. 67) fue siempre un pianista de clase, pulcro y elegante. Anduvo justo de expresión en la última canción, y es que el camino de perfección que Don Félix pide es de toda una vida de artista. Lo de ser un buen comunicador lo dejaremos para el futuro, todavía es sólo un buen instrumentista.

   Se nos dejaron esas gotas obligadas de Beethoven (peaje indeseable de aniversario) que no aportaron nada, y sí un enorme esfuerzo de lucir el elemento virtuoso que no se posee. La obra está bien montada pero ausente de carácter. Lo que en un compositor paradigmatico cómo el de Bonn es pecado.

   Durante casi toda la velada faltó descaradamente el rubato, liberarse y romper las ataduras que le dan a un pianista confianza para cantar y disfrutar, en vez de pasar un rato de tensión, o angustia. Esto se vio en la genial introducción lenta de Rondo capriccioso Op. 14. En el tema principal estuvo resuelto, pero no vio venir las síncopas, ni las transiciones, y se quedó de nuevo con la miel en los labios de poder tocar el cielo musical de Mendelssohn. En la segunda parte, nos interpretó las magistrales variaciones serias Op. 54. Ahora mucho más entregado y bien preparado, entre otras razones por el pánico pianístico que provoca Mendelssohn con sus obras aparentemente accesibles, en las que un poco más o un poco menos de cualquier carácter significa; pasarse o quedarse corto, que no suene, o que carezca de alma. Éstas son composiciones llenas de estilo y significado, donde la exhibición sonora o técnica no resuelve el sentido de la obra, que son todo Música. Mozart era igual de imperfecto a la hora de rematar su catálogo, permítaseme la broma: cosas de genios. Estas variaciones fueron lo más pianístico de la sesión y el joven Jan se mostró concentrado y poderoso. Faltó la proverbial transparencia y factura que exige el maestro Hamburgués. No obstante, su afán por refinar el sonido le salva, y sirve esta obra legendaria y poco interpretada con una buena interpretación.


   Y dejamos Chopin para el final. Lo más ha trabajado y que mejor conoce, pero donde también tendrá que cambiar un poco, y dejar manías y rigideces sin quiere triunfar de verdad y o aburrir. Cuando interpreta los Nocturnos, (tocó la Op. 27, y los últimos póstumos de la Op. 62), propone poemas muy serenos y maduros, sin crema y trabajando cada nota. Es un estilista pero no un poeta, por eso probablemente estuvo mucho mejor en los citados en primer lugar. Siempre cuidó la gama dinámica para no emborronar, ni romper el legato. Los conos de diminuendo de las conclusiones son excelentes; sabe y conoce estos recursos para mantener el clima de arrobamiento que en Chopin es tan esencial. Por desgracia, el color es mate y no le brillan los armónicos como deberían. Pese a todo ha iniciado el camino de un especialista. Entre medias no dejó su versión del Vals- capricho de Anton Rubinstein, que es obra de genio del piano y hay que interpretarla con delectación y cierta fantasía, otra vez el talón de Aquiles de nuestro amigo Lisiecki.

   La Op. 67 de Chopin fue todo un poema existencial, en ambos número pero volvemos a la idea anterior. El tempo es demasiado lento y en algunos momentos el discurso se cae. En otros brillan motivos escondidos que este joven prometedor acabará por enseñarnos en su próxima madurez musical. Otra idea fundamental que se echó de menos es la del contraste; conviene marcar un poquito más los temas de apoyo de los Nocturnos, para no aburrir y facilitar la variedad que le propinen vuelo y color a la pieza. Parece si no, que estuviéramos en las lacrimógenas lecturas de las glosas fúnebres del difunto Chopin. La forma bella, pero desesperantemente lenta en que presentó la balada en Fa menor presagiaba lo peor. Prácticamente no hubo ningún sobresalto emocional hasta el presto final. Si se mantiene el tempo incólume, por fuerza la obra se desmaya. Solo cumplió con fuego y pasión cuando era tarde para levantar el ánimo general, justo en la coda. Hay mucho más claro oscuro y mezzoforte en este pedazo de poema que se nos mudó en un nuevo y cansino nocturno.

   El capricho y la fantasía son herramientas imprescindibles en el virtuoso. Tantos contratos discográficos parecen a alejar a los jóvenes pianistas de la realidad de la Música en vivo y de la conexión con el público de las salas. No es necesario ir a buscar esto a las agencias, a las discográficas, o al extranjero. Creo que tenemos en casa artistas que merecen destacar mucho más, porque tienen creatividad y chispa suficiente como para motivar al público, no sólo hacen falta estrellas, también músicos completos y «Grandes intérpretes».

Autor:Francisco Zea Vaquero
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