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Crítica: Javier Camarena, de Gala en el Teatro Real de Madrid

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Autor: Raúl Chamorro Mena
15 de noviembre de 2019

Camarena, de clamor en clamor en el Teatro Real

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 13-XI-2019, Teatro Real. Gala en favor del programa social del Teatro Real. Javier Camarena, tenor. Ángel Rodríguez, piano. Obras de Giacomo Carissimi, Tommaso Giordani, Giovanni Battista Bononcini, Vincenzo Bellini, Gaetano Donizetti, Gioachino Rossini, Gerónimo Giménez, Jacinto Guerrero, Pablo Sorozábal, José Serrano, Elpidio Rodríguez, Ernesto Lecuona y José Alfredo Jiménez.

   La Gala benéfica que celebra anualmente el Teatro Real para recaudar fondos para su programa social convocó diversas personalidades de la vida social, económica y política de la capital, con photocall incluido por el que se produjo al correspondiente desfile delante de las cámaras.

   El protagonista fue el tenor mexicano Javier Camarena, afincado en Madrid estos días para los ensayos de Il pirata de Bellini y que, después de interpretar una función del Elisir d’amore el pasado sábado (con bis incluido del aria «Una furtiva lagrima») y previamente a asumir el temible papel de Gualtiero de la referida ópera de Bellini, abordó de forma desinteresada este recital con fines benéficos. El recital de canzone, arias de ópera y romanzas de zarzuela se titulaba «íntimo», pero, en realidad, resultó ser una muestra más de la extroversión y capacidad comunicativa del tenor nacido en Xalapa -de hecho, el público terminó cantando con él «El Rey» de José Alfredo Jiménez-. Además, el evento constituyó una muestra de algo siempre valioso, el hecho de poder escuchar un recital a cargo de uno de los mejores tenores de la actualidad en sazón, afianzado y en pleno uso de sus facultades vocales.  


   Aunque el propio tenor en su salutación previa al público, en la que agradeció el esfuerzo económico y aportaciones para la Fundación, exclamó que era consciente que todos querrían escuchar ópera, pero que «a caballo regalado no se le mira el diente», bien es verdad que el programa previsto (al que rezaba en la hoja que se entregaba a la entrada le faltaban diversas piezas que sí constaban en el que figuraba en la página web del Teatro Real), además de bien construido en progresión temporal, atesoraba indudable interés con algunas piezas de innegable dificultad.

   Corresponde alabar, cómo no, la disposición de Javier Camarena, la única estrella del firmamento vocal operístico actual que ha logrado fidelizar el Teatro Real en una etapa liderada por Joan Matabosch, que no ha cumplido las expectativas creadas en cuanto a poder ver desfilar sobre su escenario a las grandes figuras de la lírica.

   Camarena es, indiscutiblemente, uno de los grandes referentes actuales en el repertorio belcantista, desde el epígono del belcantismo puro que representa Rossini, hasta el llamado belcantismo romántico, del que Bellini y Donizetti son sus referentes fundamentales. Su timbre es grato, fresco y sano, por supuesto, pero no especialmente bello, ni seductor, faltándole algo de color y de grano en el centro. Impecables son, desde luego, su dominio estilístico y el desahogo en la franja aguda .

   Las primeras piezas del programa fueron canciones italianas del Settecento (si bien «Per la gloria d’adorarvi» de Bononcini pertenece a su ópera Griselda) habituales en los recitales de canto por su adecuación para calentar el instrumento, liberar el sonido y afianzar la emisión. Destacar el contraste entre la interpretación vivaz y extrovertida, si bien la emisión resultó aún un tanto dura, de «Vittoria, mio core» de Carissimi, en la que el tenor tuvo ya que afrontar pasajes de agilidad, con la expresión íntima, el canto recogido de «Caro mio ben» de Giordani, pieza a la que otorgó un vuelo y sustancia poco habituales.  


   Vincenzo Bellini abrió el bloque dedicado a los más destacados compositores operísticos del primo Ottocento italiano de los que Camarena interpretó una canzone y un aria de ópera. De este modo, pudieron escucharse la bellísima «Malinconia, ninfa gentile» –bien delineada- del compositor catanés y «l’ora del ritrovo»-expresada con vivacidad y en la que el tenor mejicano comenzó a asomarse a las alturas en la nota conclusiva- de Gaetano Donizetti, ambas piezas separadas por el bloque rossiniano de la cavatina de Gualtiero de Il Pirata y la «Furtiva lagrima» de Elisir. En ese bloque dedicado a Rossini, Camarena abordó consecutivamente “La danza” -con desenvoltura y la apropiada ligereza provocando la primera gran ovación de la noche- y la cavatina del protagonista «S’ella m’è ognor fedele» de Ricciardo e Zoraide (Teatro San Carlo, 1818), ópera del fructífero período napolitano de su autor y pieza destinada al legendario Giovanni David, el primer gran tenor agudo de la historia y dotado, asimismo, de una destacada capacidad para el canto acrobático. Camarena cantó el fragmento con su buen sentido de la línea, añadió variaciones en el da capo de la cabaletta (como debe ser), superó de manera estimable la vertiginosa agilidad y la empinadísima tesitura, si bien a la agilidad picado-ligada le faltó un punto de nitidez. Después de las dos interpretaciones del Sábado, el tenor mexicano volvió a abordar en el Teatro Real la emblemática «Una furtiva lagrima» de L’elisir d’amore interpertada de manera íntima, introspectiva, con buen gusto, legato de escuela, reguladores y un fraseo bien trabajado, aunque un punto falto de suprema clase. Interminable la ovación del público al fin del fragmento.

   La cavatina de Gualtiero en Il pirata (Teatro alla Scala, 1827) de Vincenzo Bellini fue un suculento aperitivo de ese acontecimiento que será el estreno en el Teatro Real el próximo día 30 de noviembre de la citada ópera. El papel de Gualtiero -estrenado por Giovanni Battista Rubini, uno de los tenores más importantes e influyentes de la historia- es clave para la consolidación de la vocalidad del tenor romántico y resulta de una dificultad extrema. Camarena desgranó con acentos vibrantes «Nel furor delle tempeste», jugando con la intensidad del sonido, regulando («Da Imogene, dall’amor»), con buen legato y un fraseo comunicativo, apropiadamente arrebatado, que junto a sus características franqueza y naturalidad compensaron la falta de un punto de elegancia. Ni qué decir tiene, que los abundantes ascensos al agudo y sobreagudo fueron satisfechos con desahogo y aparente facilidad por el tenor mexicano que, por si fuera poco, ofreció una estrofa de la cabaletta «Per te di vane lagrime».


   Ángel Rodríguez, que había sido un acompañante discreto y colaborador, encontró su momento de gloria en una interpretación un tanto desaforada de una sorprendente transcripción para piano del Intermedio de La boda de Luis Alonso de Giménez. La primera romanza de Zarzuela del programa, «Mujer de los ojos negros» que canta Juan Luis en El huésped del sevillano de Jacinto Guerrero,  junto a algunos caracoleos y vocalizaciones, permitió a Camarena delinear la hermosa frase «Raquel tras de ese muro prisionera» con el adecuado lirismo ensoñador.

   Conforme al programa de sala, a partir de ese momento comenzaron las propinas, si bien las tres romanzas de zarzuela interpretadas a continuación, sí constaban en el programa publicado en la página web del Teatro Real. Muy bella y sentida, con buenos reguladores y un eficaz final en filado atacado con un sutil portamento di sotto- la interpretación por parte de Camarena de la romanza de Gustavo «Flor roja» de Los gavilanes, obra también fruto del estro del maestro de Ajofrín, Jacinto Guerrero. La infalible «No puede ser» de La tabernera del puerto de Sorozábal obtuvo la esperada ovación del público y dió paso a la jota «Te quiero morena» de El trust de los Tenorios, en la que el tenor invitó a un público ya totalmente entregado a acompañar con palmas bajo su dirección. Camarena culminó la pieza en punta, de forma «Krausista» con un apreciable sobreagudo.

    A continuación, Camarena obsequió a la entusiasmada ausencia con la música de su tierra, con una canción mexicana tan justamente popular como Malagueña de Elpidio Rodríguez cantada con los ataques en falsete tradicionales, uno de ellos mantenido a placer por el tenor. De México al Caribe, con Siboney de Ernesto Lecuona, pieza a la que se han acercado grandes tenores –de José Mojica a Alfredo Kraus, de Mario Lanza a Plácido Domingo, José Carreras o Roberto Alagna- y en la que Camarena mostró, una vez más, su elocuencia y entusiasmo. Para terminar, el grandísimo José Alfredo Jiménez y su inmortal El Rey, pieza en la que el inolvidable Pedro Vargas sentó cátedra y que fue cantada al alimón por Camarena y el público. Y es que, como reza su texto, «no hay que llegar primero, pero hay que saber llegar» y, desde luego, Javier Camarena hace unos años que le ha llegado a fondo al público madrileño y ha firmado con este recital otro jalón de su plena comunión con el mismo.

Foto: Javier del Real / Teatro Real

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