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Crítica: Javier Perianes y David Afkham inauguran la temporada de la OCNE con obras de Schumann y Mahler

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19 de septiembre de 2017

EMPEZAMOS CON BUEN TINO

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Madrid. Auditorio Nacional.15-IX-2017. Temporada de abono de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Javier Perianes, piano. Director musical, David Afkham. Concierto para piano en la menor, opus 54 de Robert Schumann. Sinfonía nº 5 en do sostenido menor de Gustav Mahler.

   Una de las nuevas realidades que la presencia de David Afkham ha traído a la OCNE desde que asumió su titularidad, ha sido un comienzo de temporada más “europeo”. Durante muchos años veíamos que las temporadas de París, Berlín, Viena o Londres tenían bastantes conciertos en septiembre, mientras en Madrid teníamos que esperar hasta octubre. Ahora no. La temporada, compuesta por 24 conciertos, ha empezado este viernes 15 de septiembre. Va a durar casi 10 meses, hasta el último fin de semana de junio.

   El concierto inaugural presentaba dos obras clave del gran repertorio, ambas compuestas por músicos casados con mujeres de fuerte personalidad, compositoras ellas mismas y que ejercieron una enorme influencia en la obra de sus maridos. Clara en el caso de Robert Schumann y Alma en el de Gustav Mahler.

   La partitura elegida del compositor sajón fue su concierto más famoso e interpretado. El Concierto para piano en la menor, favorito de grandes pianistas y del público desde que la propia Clara lo estrenara en 1846. La interpretaba Javier Perianes, pianista con un gran conocimiento de la obra, la cual ha tocado en innumerables ocasiones. Tras años de trabajo y superación, el Sr. Perianes se ha asentado en el olimpo pianístico internacional, saltando por escenarios de todo el mundo. En CODALARIO fuimos testigos de su debut en  la Sala Perelman/Stern del Carnegie Hall (muchos han tocado en el Carnegie pero muy pocos en la gran sala como él) y en un par de semanas, participará en la “Opening night” de la Orquesta Filarmónica de Los Ángeles junto a Gustavo Dudamel. No es el onubense un pianista que deslumbre por sus medios técnicos, sino que nos atrapa por su fraseo elegante, su pulsación precisa y su musicalidad innata. Cualidades todas ellas que mostró en la tarde del viernes.

   La interpretación tardó en coger vuelo. No ayudó un arranque orquestal confuso, con bastantes desajustes. Sin embargo, en los conciertos hay momentos que marcan un antes y un después. El viernes fue algo tan simple como una extraordinaria frase del oboe. Robert Silla, el solista, la cinceló en la repetición del tema principal. Fue como un toque de rebato. Sonó a gloria bendita. La orquesta sonó mejor a partir de ahí, y el Sr. Perianes desgranó la cadenza, el final del Allegro, y el Intermezzo central con una belleza seductora, llevándonos a su terreno. En el Allegro vivace final, escalas y acordes fueron de nuevo tallados de manera clara y transparente, consiguiendo un resultado plausible, aunque le faltó ese “algo más” de las versiones inolvidables. También orquesta y director se superaron aquí, aunque sin llegar a “tocar el cielo”. Algo que me sorprendió fue que pianista y director raramente cruzaron sus miradas sobre todo a causa de éste. El Sr. Perianes respondió a los muchos aplausos con una de sus propinas de referencia: la Cuarta de la Piezas Líricas op. 54 del noruego Edward Grieg. El Notturno, tocado con un lirismo intenso, nos elevó a las alturas.

   La segunda parte del programa estaba reservada a la Quinta sinfonía de Gustav Mahler. Obra clave del compositor, compuesta entre 1901 y 1902, es una suerte de transición entre su periodo “Wunderhorn” y sus últimas obras. En su composición tuvo mucho que ver su relación con Alma Mahler que terminó en boda en marzo de 1902.

   David Afkham planteó de inicio una versión clara, transparente y ordenada de la Marcha fúnebre inicial. Valores plausibles pero a los que les faltó algo de garra. Es difícil entender un Mahler con poca alma, donde si no estás en tensión permanente, se nota. Es una partitura que te deja continuamente expuesto. Con la misma actitud “contemplativa” empezó el segundo movimiento. El sonido de la cuerda estuvo más empastado aunque pecó de falta de brillantez. Por tanto los contrastes iniciales no fueron del todo convincentes. Afortunadamente y al igual que en la primera parte, también hubo aquí toque de rebato. Fue en la construcción del segundo “crescendo”. Afhkam, con pulso firme, lo perfiló de manera muy inteligente. Sin prisa pero sin pausa, regulando las dinámicas, y consiguiendo por primera vez un momento estremecedor.

   La interpretación levantó el vuelo a partir de ahí, y en el Scherzo, el Sr. Afhkam y sus músicos, con unos contrastes tímbricos excelentes, con unos valses que parecían vieneses, y con un excelente ejercicio de transparencia, nos ofrecieron uno de los momentos más interesantes de la noche. Tras un Adagietto fluido y con momentos de gran belleza, pero al que faltó un tanto de hondura y pasión, en el Finale se elevó la temperatura. Afhkam solventó con soltura las complejidades de la partitura. Hizo que lo difícil pareciera fácil. La orquesta sonó viva e intensa, con la emoción a flor de piel. Su enorme sentido del control no fue en detrimento de la expresividad que demanda el compositor de Kalischt.  

   El público estalló en grandes ovaciones y muestras de aprobación. Ovaciones que compartimos con gusto en lo referente al Scherzo y al Finale, aunque algo menos con respecto al resto de la obra.

Foto: Rafa Martín

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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