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Crítica: Recital de Javier Perianes en el Auditorio Nacional dentro del ciclo 'Grandes Intérpretes' de la Fundación Scherzo

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Autor: Álvaro Menéndez Granda
1 de abril de 2017

Definición de maestro: carta abierta a Javier Perianes

   Por Álvaro Menéndez Granda | @amenendezgranda / Foto: Fernando Frade/Codalario
Madrid. 29-III-2017.Javier Perianes, piano. Ciclo «Grandes Intérpretes» de la Fundación Scherzo. Obras de Debussy, Falla, Albéniz.

Apreciado Javier:

   Hace unos meses, cuando Daniel Barenboim vino a tocar a Madrid, coincidimos en el Auditorio, en la misma fila de butacas. Cuando te dirigías a ocupar tu localidad, al pasar justo por delante de mí, te ofrecí mi mano como saludo y te dije “Maestro Perianes, un placer saludarte”, a lo que contestaste estrechando la mía enérgicamente “De maestro nada”. No me considero en condiciones de llevarte la contraria en casi nada, excepto en eso. Tu recital del pasado día 29 de marzo dentro del ciclo de Grandes Intérpretes de Scherzo fue toda una lección de maestría, una lección de Música, así, con mayúscula. Te has ganado el “maestro”, al menos según mi humilde criterio; un criterio que está basado en el amor por la música, en el respeto a la música. Si tú, con tu trabajo y tu talento al servicio de la música, puedes hacer que yo ame más la obra de un compositor y despiertes mi interés por su música hasta el punto de querer estudiarla, trabajarla e interpretarla, mereces tal distinción. Desde el pasado día 23, en que coincidimos en el Club Matador para la presentación de tu disco dedicado a Schubert, tengo abiertas sobre el atril del piano sus sonatas D664 y D960. Y ahora tengo más claro que merece la pena el esfuerzo de intentarlo, de sumergirme en la profundidad de esa música e intentar desvelar parte de su misterioso entramado de emociones encontradas. Inyectar en la mente de otra persona esta clase de inquietudes es algo que sólo los maestros consiguen. Recuerdo similares sensaciones después de conciertos y clases de Ana Guijarro, a la que sabes que admiro y respeto. Se conoce que, de maestro a alumno, ese tipo de virtudes también se transmiten.

   Déjame decirte, además, que nunca había escuchado un Debussy igual, con una carga emocional semejante, preñado de una sugerente sensualidad, lleno de matices, de colores. Casi podíamos oler la ciudad de Granada en el sonido del que llenaste la sala sinfónica del Auditorio. El ambiente altivo y embriagador del atardecer granadino vino a mi mente con total claridad en La soirée dans Grenade. Viajar sin moverse de la butaca, qué privilegio, qué milagro musical. En esa misma ocasión a la que me he referido antes, la presentación de tu CD el pasado 23 de marzo, comentabas que un pianista entendería perfectamente a qué te referías al hablar de "arriesgar el pianissimo", a tocar en el primer escape del piano. Yo lo entiendo. Nunca arriesgo tanto, porque no sé permanecer en la cuerda floja mucho tiempo y acabo precipitándome al desafortunado abismo de quedarme sin sonido, pero lo entiendo. Por eso tu Debussy fue otra lección, casi de equilibrismo, de riesgo controlado. Perianes manteniéndose durante veinte minutos en la delicada balanza del pianissimo al límite. Albéniz muy rítmico, su Albaicín enérgico y rotundo donde toca, sereno y misterioso, casi brumoso pero sin perder claridad, donde corresponde. Y luego llega el turno de Falla. Delineado con precisión y detalle, tu versión de su Amor brujo fue envidiable. La danza del terror muy briosa y definida, y un Círculo mágico precioso, sutil, maravillosamente dibujada su línea melódica.

   Me alegró que eligieras el Op.17 nº4 chopiniano, una de las cumbres del polaco en cuanto a mazurkas se refiere, para despedirte del público. Siempre me descoloca cuando la escucho, y más cuando la escucho de propina, porque parece que es una despedida amarga. Pero ojalá todas las despedidas fueran así de puras, con ese fraseo tan cuidado. Una nueva exhibición de cómo caminar por el filo del piano, casi arañando las teclas, obteniendo de él un sonido al borde de resquebrajarse y hacerlo, sin embargo, con una naturalidad envidiable, como si jugársela sin red fuese algo natural en tu día a día. Cuando finaliza un recital suelo abrir los oídos para intentar tomarle el pulso al público. Sólo escuché buenas palabras para ti, para tu sonido, para tu talento: creo que todos los que te escuchamos fuimos testigos de lo que verdaderamente significa ser “maestro”.

Atentamente,

Álvaro Menéndez Granda

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