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CRÍTICA: JAVIER PERIANES PARTICIPA EN LA TEMPORADA DE LA OCNE, BAJO LA DIRECCIÓN DE RAFAEL FRÜHBECK DE BURGOS. Por Gonzalo Lahoz

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16 de enero de 2013
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DE IGUAL A IGUAL

Temporada OCNE. 13/1/13. Obras de Bach/Stokowski, Beethoven, Hindemith y Liszt. Javier Perianes, piano. Rafael Frühbeck de Burgos, director. Orquesta Nacional de España.

      La temporada 2012-2013 de la Orquesta Nacional de España está dejando algunos programas de lo más curiosos en el Auditorio. Bajo el manto del diálogo, se aúnan diversas obras cuya relación, en ocasiones, es más que palpable, por muy diferentes que puedan parecer a priori. En otras oportunidades, sin embargo, esa relación deja de ser tan nítida y hay que ir buscándola sin que aflore a primera vista. Este ha sido el caso del primer programa del año, de lo más ecléctico y diverso, en el que se han abordado obras que vieron la luz con prácticamente 200 años de diferencia. Puede que la relación más directa y evidente entre todas las piezas que se interpretaron (Bach, Beethoven, Hindemith y Liszt) haya que buscarla en la visión de la que ya nos hiciera partícipes el propio maestro Frühbeck de Burgos al afirmar años atrás que toda la música clásica proveniente del habla germana se erige como un monolito único e indivisible, producto de una evolución y sonoridad que le es propia al idioma y a la que es complicado encontrar símil a la que enfrentarla.
      Abrió la velada "Wachet auf, ruft uns die Stimme" (Despertad, la voz nos llama), una pieza en la que Stokowski interpreta la cantata de Bach a través de una vaporosa orquestación que, ciertamente, y perdónenme los más puritanos, le sienta de maravilla. Quizá sea porque cualquier cosa que se realiza con un mínimo de gusto y cuidado sobre la arquitectura bachiana no puede sonar más que bien. Desde el comienzo, la ONE presentó sus cartas, que se fueron haciendo más evidentes a medida que avanzaba la noche; esto es, unos violines algo carentes de incisividad y carnosidad a los que desde el primer compás Frühbeck de Burgos pedía y requería mayor empuje. Las maderas sonaron dúctiles y los metales bien proyectados, exceptuando una puntual intervención desafinada de las trompas en el "Concierto para orquesta de cuerda y metales, Op. 50" de Paul Hindemith, obra que, en todo caso, interpretaron con gran solvencia. No así, ya digo, los violines, que al requerir ese nerviosismo, ese impulso enérgico que impregna su parte por momentos, quedaron algo desdibujados; sin embargo, y gracias al maestro (aquí el diálogo es entre él y el compositor, profesor suyo de composición) la versión resultó clara, de inteligente y detallada construcción, empezando por esas llamadas de las trompetas al jazz de los años treinta hasta la fuga que marca la segunda parte.

          Parecía complicado encajar a Hindemith entre Beethoven y Liszt, pero todo quedó engarzado con naturalidad, quizá empujado por la sencillez y fluidez que se desprendió de la interpretación del pianista Javier Perianes unos minutos antes. Dejando el  concierto de piano para el final, cerró el programa "Les Préludes" de Franz Liszt, con una orquesta entregada a las intenciones del director, que ofreció una colorista eclosión final a ritmo marcial, muy del gusto del maestro. En el "Concierto para piano nº 1, Op.15" de Beethoven es obvio el diálogo entre solista y conjunto. Deudor del estilo de Mozart, el piano interaccionó con la orquesta con gran facilidad, gracias a los gráciles dedos de Javier Perianes, reciente premio Nacional de la Música 2012, que regaló una lectura matizada y contrastada. Perianes encontró su momento álgido en la calidez del segundo movimiento, pausado y respirado, tras un primero donde el onubense habló de igual a igual con el veterano Frühbeck. La imagen más sugestiva de la tarde fue ver al director ensimismado, apoyado en el piano, mientras el consagrado pianista tocaba en solitario. El momento más bello, sin embargo, llegó con el tercer movimiento, que comenzó algo desdibujado para pronto encontrar el punto justo de sarcasmo que Perianes supo otorgarle con maestría. Cuando el diálogo alcanzó su máximo esplendor, con el piano y las maderas intercambiando motivos, cuando parecía que todo estaba en su estado más perfecto y el solista tenía a la orquesta donde él quería, tras efectuar la evocadora y última cadenza, contestó y sentenció el conjunto con un último y enérgico arranque. Se acabó lo bueno. Cosas de Beethoven.
Autor:Gonzalo Lahoz
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