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Crítica: Jordi Savall dirige 'Teuzzone' de Vivaldi en el Teatro del Liceo de Barcelona

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8 de marzo de 2017

TAN INTERESANTE COMO ABURRIDA

  Por Robert Benito
Barcelona. 25-II-2017.  Gran Teatro del Liceo. Teuzzone (Antonio Vivaldi).  Paolo Lopez (Teuzzone), Marta Fumagalli (Zidiana), Sonia Prima (Zelinda), Furio Zanasi (Sivenio), Roberta Mameli (Cino), Aurelio Schiavoni (Egaro), Carlo Allemano (Troncone/Argonte). Versión en concierto. Dirección Musical: Jordi Savall.

   Aunque parezca mentira hasta este inicio del 2017 nunca se había programado una ópera entera del gran prete rosso en el Coliseo de las Ramblas (con la excepción de una selección de su Farnace en el 2014). Y es que el repertorio Barroco en este teatro no destaca por su presencia sino más bien por su ausencia. Excepto varios Haendel, un Orfeo monteverdiano y un Purcell, la presencia de la música de esta época en la programación es ausente desde su reinauguración. Parece mentira que ahora que comienzan los fastos de los 20 años de su reapertura no pueda presumir como otros grandes teatros de la liga en la que se incluye ninguna ópera del Barroco francés, de óperas de Cavalli, Hasse, etc, por no hablar claro del ausente repertorio español en este periodo y en casi todos, si exceptuamos las incursiones en el repertorio contemporáneo de caras producciones que nunca más se han repuesto después de su estreno.

   Y es todavía más curioso cuando hay un público en la ciudad y en el país ávido de música barroca que llena el Auditori y el Palau de la Música con cada propuesta de música antigua que se programa. Por eso es todavía más triste que esta primera incursión completa en la lírica vivaldiana se salde con un éxito relativo en lo artístico.

   Savall ofreció esta ópera estrenada en 1719 en el Teatro Archiducale de Mantua en una versión de concierto con un reparto en el que combinaba parte del cast del registro discográfico que hizo de la misma partitura en Versalles para el sello Naïve en el 2011 con nuevos cantantes y un resultado nada brillante.

   A priori era una oportunidad y un acierto para conocer una ópera extraña en el imaginario barroco, alejada de dioses y mitos greco-romanos, que nos acerca a través de los relatos de los viajeros Marco Polo y el jesuita Martini a la corte del Emperador de la China. El libreto original escrito por el veneziano Apostolo Zeno inspiró antes que Vivaldi a otros compositores que dieron a conocer esta historia de intriga palaciega por el poder y el amor como Lotti , Casanova, Fioré o Ciampi por lo que aunque la historia era conocida la música de Vivaldi añadió éxito a esta propuesta nueva de este dramma per música in tre atti como intitula el manuscrito original.

   Esta obra que hace la número doce del corpus lírico vivaldiano consta de una partitura prolija en arias de diferente carácter. Desde líricas hasta típicamente da guerra con inclusión de metales o incluso cómicas y con algunos números de conjunto y dúos de una belleza monteverdiana como “Que amaro tormenta” del primer acto. Sin embargo en el clima creado por la batuta de Savall sonaron monótonas hasta el punto de que parte del público que llenaba el teatro desapareció tras la primera pausa.

   A ello no ayudó un reparto nada brillante comenzando por el poco adecuado sopranista Paolo Lopez que manifestó gran parte de lo que B. Marcello en su tratado El teatro a la moda ironizó sobre los cantantes ya en el s.XVIII. Una voz de timbre poco agraciado, agudos estridentes y nada timbrados, falto de musicalidad en la misma medida que de registro medio y grave hicieron del héroe vivaldiano una caricatura del personaje. No entendemos por qué Savall, que intenta recuperar el sonido original, no escogió para este papel a una soprano como el mismo compositor hizo para su primera representación.

   El papel de la viuda emperatriz Zidiana fue interpretado por Marta Fugamalli, desigual de registro y de intencionalidad, si bien destacó en su interpretación del aria cómica “Saró tua regina e sposa”, al igual que Roberta Mameli en su papel travestido de Ciro no dejó entrever su valía hasta el aria “Nel sua carcere ristretto” con correctas ornamentaciones y una precisa articulación.

   La parte masculina del cast no mejoró la impresión de prestación canora. Carlo Allemano en su doble papel de Emperador  y Argonte no pasó de correcto, lo mismo que el contratenor Aurelio Schiavoni que con su única aria “La gloria del tuo sangue” mostró una desigualdad de registro compensada únicamente por su facilidad para la coloratura. Uno de los estables de la troup Savall es Furio Zanasi que no supo sacar nada de su malvado personaje Siverio siendo una interpretación absolutamente plana, sin ninguna motivación interpretativa más allá de sonar unas notas sin ninguna intención teatral en sus cuatro arias.

   La única que salvó esta presentación de largo de la lírica vivaldiana fue la contralto Sonia Prina en su papel de la princesa tártara Zelinda con una maestria en la prosodia de los recitativos, además de con una gran paleta de colores en las diferentes arias a su papel encomendado desde la inocencia de “Tu mio vezzosso” del primer acto o “Guarda in quest’occhi e sentí” a la prepotencia de “Un’aura lusinghiera” del también segundo acto, y donde eclipsó al resto del reparto fue en la militar “Con palmee d allori” del tercer acto que reunía todo lo que un cantante del barroco ha de reunir: línea de canto, capacidad de ornamentación, largo fraseo, messa di voce, control expresivo del vibrato, homogeneidad en un generoso registro en tesitura y volumen.

   No entendemos como el conjunto instrumental Le Concert des Nations que en otras ocasiones ha hecho vibrar al respetable en esta ocasión sonó entre mortecino y aburrido, con falta de ritmo y con un concepto de la afinación por parte de la cuerda más de acercamiento que de precisión.

   En definitiva una velada para olvidar si no fuera por el subrayado de ser la primera ópera entera aunque en versión concertante que se ofrecía de Vivaldi en el Liceu. Ni siquiera el detalle bastante absurdo y fuera de todo rigor musicológico de invitar para comenzar cada acto a dos instrumentistas orientales tañendo el Zheng y la Pipa aportó nada más allá de lo exótico oriental que no aparece para nada en la partitura vivaldiana.

Foto: A. Bofill

Autor:Robert Benito
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