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«José García Román, un creador musical de nuestro tiempo». Un artículo de José Antonio Cantón

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22 de octubre de 2020

José García Román, un creador musical de nuestro tiempo

Un artículo de José Antonio Cantón
A lo largo de sus cincuenta años de actividad, el compositor granadino José García Román (16-10-1945) está situado entre los músicos españoles más singulares del último tercio del siglo XX y lo que va del presente por la relevancia de su pensamiento estético y capacidad técnica en llevarlo a la práctica, como se infiere de su amplia y diversa obra. Ésta viene determinada por una enorme exigencia en la grafía, la búsqueda constante de inspiración y propia voz, lejos de cualquier influencia o dependencia artística, y por tratar de que interpretación y percepción se integren en una sola realidad sensorial. Su paso por la Escuela de Darmstadt el año 1978 determinó la orientación que dio a su creatividad, integrándose en los nuevos caminos de la música culta, que él asumiría a partir de aquella experiencia.

   Desde una sólida formación humanística, sustentada en un idealista juicio crítico, a la vez que desde un profundo convencimiento de pertenencia a su tiempo, la estética de José García Román podría calificarse como estructuralista en el sentido de una especie de dodecafonismo condensado en fondo y forma, como se deduce de las palabras más reveladoras del compositor Tomás Marco cuando se refiere a su obra: «Uno de los personales cultivadores de una nueva complejidad que surge especialmente de la especulación técnica con la música, pero también de sus efectos y objetivos puramente estéticos», o como puede deducirse también de una condensada  valoración del eminente crítico Enrique Franco cuando, refiriéndose a la obra del maestro granadino Olvidando el sonido de mis pasos del año 1987, dice: «Toda la partitura es una suerte de visión lírica, casi onírica, que exige en su exposición un detallismo máximo en todos los aspectos, realmente difícil, si no imposible de lograr».


   Abundando en las ideas apuntadas en al párrafo anterior, es necesario subrayar un rasgo artístico que desde la última década de la pasada centuria se ha ido manifestando en su producción. Podría decirse que, superada una primera etapa en la que los criterios de formación prevalecían sobre otros aspectos creativos, García Román se adentra en un arte de construcción musical que, más que ofrecer un previsible discurso mínimamente serialista, obliga al oyente a un ejercicio intelectual movido por una escucha activa que le lleva a renunciar a cualquier tipo de preferencia personal, provocándole una verdadera necesidad de búsqueda de sentido y organización de los sonidos que le son expuestos. Desde tal planteamiento, García Román persigue un acoplamiento intelectual y afectivo entre el compositor y el espectador. Así cada obra significa una exclusiva creación desconectada de cualquier estilo identificable, incluso del propio autor y de las inquietudes surgidas en sus distintas etapas anteriores como inventor de música. El carácter unívoco de cada una de sus obras empieza a ser fruto de su interés por alcanzar un expresionismo abstracto de máxima coherencia, renunciando a todo tipo de afección, memoria propia o ajena. De ahí el grado de dificultad en la interpretación y en la percepción de su obra desprejuiciada y alejada de cualquier turbulencia originada por la llamada vanguardia, hecho que exige gran concentración tanto en quien la recrea como en el que la escucha.

   Alguna obras que determinan el sólido asentamiento de tal pretensión artística son Eppur si muove (1993), estrenada el 21 de septiembre de 1994 en el X Festival Internacional de Música Contemporánea de Alicante por la Orquesta Sinfónica del Principado de Asturias bajo la dirección de José Luis Temes, y Ante las ruinas de Oradour-Sur-Glane (1996), encargo del ciclo de conciertos «Musica presente-Musica in Europa» del Teatro alla Scala de Milán, partitura esencial y de primerísimo nivel en su catálogo. También en el capítulo de música para gran orquesta y como elocuente muestra de su repertorio sinfónico, es obligado mencionar la transcripción de los Tres corales para órgano de César Franck que terminó en 1990, siendo estrenada el 1 de octubre de 1992 por la Orchestre Philharmonique de Liège et de la Communauté Française en el Palacio de Bellas Artes de la ciudad de Charleroi. En esta obra se puede apreciar su dominio de la instrumentación orquestal, con el añadido de haberla conseguido con brillantez técnica respetando la genial inspiración del gran organista belga.


   Pero si hay una obra que define la gran dimensión de este compositor granadino es su cósmico, monumental y luminoso Requiem dedicado a la memoria de sus padres, que fue estrenado el año 2006 en el Festival de Granada por la Orquesta y Coro Nacionales de España bajo la dirección del maestro Arturo Tamayo. En los pentagramas de esta composición, sin duda una de las más importantes de carácter sacro escritas desde nuestro Siglo de Oro, aparece la complejidad de su talento, que transita desde la tradición a la vanguardia con enorme seguridad en construcción, ajena a modernidades oficiales y sustentada en un sólido humanismo ante nuestros actuales referentes culturales de brumosas pos-verdades y difusas trans-modernidades, con el  sólo objetivo de ofrecer con enorme respeto su profunda voz interior ante el ineludible acontecer de la muerte.

   Elegido académico numerario de la Real Academia de Bellas Artes de Granada en 1983, ha ocupado durante quince años la dirección de esta institución, en cuyo periodo propició una muy valorada renovación de esta más que bicentenaria Academia tanto en su estructura corporativa y administrativa como en el incremento de su prestigio en las actividades y presencia testimonial en momentos clave de la vida cultural de la ciudad. Tal responsabilidad académica, basada sustancialmente en su autoridad como compositor, se ha visto reconocida con su pertenencia como académico correspondiente a la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, y con el mismo grado a la Real Academia de Santa Isabel de Hungría de Sevilla. Es poseedor del Premio Andalucía de Cultura de 1990, el Premio Nacional de Música de 1997 y el Premio Daniel Montorio de la SGAE del año 1999. Su prestigio musical e intelectual ha tenido su repercusión internacional con el doble nombramiento oficial recibido de la República Francesa como Chevalier de l'Ordre des Palmes Académiques en el año 2002 y diez años después como Chevalier de l'Ordre des Arts et des Lettres.

           Estos galardones quedan en un segundo plano ante la estoica grandeza ética que desprende el humanismo de José García Román, como queda reflejado en estas palabras que denotan muy significativamente su personalidad: «A veces las incertidumbres suelen estar disfrazadas de certezas, proclives a euforias incomprensibles y a obsesiones por una imagen que nada tiene que ver con la realidad que vive en nosotros…».


   Deseo concluir este pequeño comentario con motivo de su septuagésimo quinto aniversario manifestando que José García Román, en su deseo de búsqueda y superación, es un músico de ideas que bullen en el universo de la utopía, en el aspecto ético y estético, entendida, según precisó el eminente sociólogo y filósofo Max Horkheimer, como conciencia crítica de la condición humana. Así se desprende de sus artículos de opinión publicados quincenalmente desde hace lustros en el diario local más influyente, en los que aparece siempre una anhelante y coherente propuesta deontológica, actitud que lleva al músico granadino cada vez más a alejarse de cualquier tipo de dogmatismo en su constante preocupación de ser fiel a sí mismo en los pentagramas y en su existencia como ser humano, muy consciente del peligro que significa la impostura generalizada que invade la cultura, el arte y la vida de nuestro tiempo.      

Autor:José Antonio Cantón
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