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Crítica: Josep Caballé-Domenech dirige 'La tabernera del puerto' de Sorozábal en el Teatro de la Zarzuela

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13 de mayo de 2018

La tabernera en plena tormenta

   Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 10-V-2018. Teatro de la Zarzuela. La tabernera del puerto (Pablo Sorozábal). Sabina Puértolas (Marola), Ángel Ódena (Juan de Eguía), Antonio Gandía (Leandro), Rubén Amoretti (Simpson), Ruth González (Abel), Vicky Peña (Antigua), Pep Molina (Chinchorro), Abel García (Verdier), Ángel Ruiz (Ripalda). Coro Del Teatro de la Zarzuela. Orquesta de la Comunidad de Madrid. Dirección musical: Josep Caballé-Domenech. Dirección de escena: Mario Gas.

   La marejada por la absorción del Teatro de La Zarzuela por parte del Teatro Real a golpe de Decreto se llevó por delante a la Tabernera, de la que sólo van a ofrecerse dos funciones y es una pena por varias razones. En primer lugar, porque estamos ante un espectáculo de calidad, en segundo, porque es lamentable que tanto esfuerzo y horas de ensayo sólo cristalicen en dos representaciones y, finalmente, porque el público, que había agotado las localidades para las sesiones previstas, es el perjudicado como siempre. Al final, como ha sido tradicional en España, la política (o mejor, la politiquería) atenta contra la cultura y nuestro patrimonio artístico. Esos malos gobernantes que tantas veces se denuncian y critican por las clases populares en tantas creaciones de nuestra zarzuela, siguen ahí perennes, inmarchitables, eternos… ¡Para que luego discutan la vigencia de este maravilloso género!.

   Sobre el papel, esa “fusión” o reunión del Teatro Real y el de la Zarzuela en una misma Fundación no tiene porque ser negativo, pero la manera que se ha hecho tiene todo el aroma a absorción, a pez grande que se come al chico, a imposición sin escuchar a nadie, ni siquiera a los empleados del Teatro implicado, a lo  que se suma la presentación en el teatro de la Calle Jovellanos de los gerifaltes del Real en actitud prepotente, como quién se dispone a ocupar “terreno conquistado”. No se puede olvidar, ni mucho menos, el carácter singular del Teatro de la Zarzuela fundado en 1856 por un grupo de figuras, la mayoría músicos, encabezados por el gran Francisco Asenjo Barbieri para promover nuestro género lírico frente al Teatro Real en el que imperaba la creación foránea, fundamentalmente la ópera italiana. Es algo esencial, que debe estar siempre presente y no pretender convertirlo en mero apéndice del Teatro Real, en el que terminen programándose sobre todo óperas, cada vez menos zarzuela y a los precios del coliseo de la Plaza Oriente superlativamente superiores a los del recinto que hasta ahora formaba parte del INAEM.

   Otro asunto importantísimo son los derechos y condiciones laborales de los trabajadores del Teatro de la Calle Jovellanos, que no se pueden alterar de un plumazo y sin ninguna clase de diálogo ni negociación. Efectivamente, este colectivo tiene todo el derecho a reivindicar sus derechos mediante protestas, incluida la huelga, el mayor instrumento del que dispone un trabajador, pero, como siempre en estos casos, hay que intentar armonizar ese derecho con el mínimo perjuicio al público cuando, además, en este caso, está en su mayoría con ellos. Es complicado, pero quizás podrían haberse buscado alternativas como dar algunas funciones más y en las mismas realizar protestas, recogidas de firmas…. Esto mismo se produjo en la representación que aquí se reseña, así como la lectura previa de un manifiesto por parte de una trabajadora del Teatro, lo que fue recibido con mayoría de aplausos y alguna discrepancia minoritaria. En fin, sólo cabe esperar que se produzca el milagro y que esa creencia perenne, enroscada de forma indeleble en nuestro ser, que tenemos los melómanos en que el arte, en este caso la música, por su fuerza transcendente, terminará imponiéndose. También, cómo no, que nuestra zarzuela, a pesar los ataques indocumentados y malintencionados, de las incomprensiones, de los injustos sambenitos permanezca en su merecida vigencia como género único e intemporal.

   Así las cosas, ante todo hay que celebrar que este día 10 de mayo de 2018 se levantara el telón del Teatro de la Zarzuela y el público que abarrotaba el recinto pudiera disfrutar de una de las grandes obras de nuestro género lírico fruto de la inspiración de uno los más destacados músicos patrios, La tabernera del puerto de Pablo Sorozábal.

   Recuerdo estar sentado en la butaca de un cine allá por 1992 viendo la oscarizada película de Fernando Trueba Belle epoque. En la misma hay una escena en que se presenta la madre de las protagonistas, interpretada por la soprano y actriz Mari Carmen Ramírez, interpretando la romanza de Marola “En un país de fábula”, yo pensé inmediatamente “imposible” toda vez que el argumento se encuadraba en 1931, año de la proclamación de la República en España y La tabernera del puerto no se estrenó hasta 1936, muy poquito antes del estallido de la guerra civil. Más allá de este error de los responsables de la cinta, fruto de una combinación de escaso interés –habitual- por la música y aún menos por documentarse, es importante resaltar ese hecho, estamos ante una obra que se estrena en Barcelona (no hay unanimidad sobre la fecha, aunque parece que se impone la de 6 de mayo de 1936) justo antes de la guerra fratricida y después de ese paréntesis, se presenta en Madrid, en el propio Teatro de la Zarzuela en 1940 certificando un éxito ya definitivo.

   Al igual que ocurría en el melodrama romántico italiano, en que el éxito de una obra nueva iba unido al de sus intérpretes (esos grandes divos y primedonne, Rubini, Pasta, Grisi, Malibran, Lablache, Donzelli…), en los estrenos de zarzuelas de la época el triunfo iba unido al de las grandes figuras. En el caso de Tabernera, era el gran barítono de Pozoblanco Marcos Redondo, protagonista de Katiuska en 1931, primer gran éxito de Sorozábal, esa figura destacada y quien atrajo a los famosos libretistas Federico Romero y Guillermo Fernández-Shaw, nombres claves del género, quiénes, eso sí, habían ofrecido previamente el texto a Jesús Guridi. Todo ello, junto a la inspiración del músico donostiarra, que contaba una sólida formación musical en Alemania y que era tan perfecto conocedor de las músicas en Europa como amante del folklore popular, contribuyó a la gestación de una de las obras cumbre de la zarzuela.

   Ángel Ódena encarnó a Juan de Eguía con esa voz recia y sonora que le caracteriza, de timbre no especialmente noble, pero si rotunda y viril, que se ajusta bien al personaje, cínico, aparentemente dominador de la situación, pero vulnerable en el fondo y que se arrepiente sinceramente al final. Algunas desigualdades, así como sonidos bailones y destemplados, se ven compensados por la indudable entrega del barítono tarraconense, que encontró su mejor momento en su romanza del último acto, de clara filiación verista-naturalista. No tan cómodo se le apreció en la canción del chíbiri, pieza añadida por Sorozábal para el estreno madrileño de 1940, después de la guerra, toda vez que en la fabulosa sucesión de romanzas del comienzo del segundo acto faltaba una para el barítono, lo que causaba un indisimulable desazón a Marcos Redondo que, como el propio Sorozábal reconocía, era a él a quien iba a ver y escuchar la mayor parte del público.

   Marola es esa criatura femenina que se desenvuelve en un mundo de hombres, que su padre (al que todos creen esposo o amante) no duda utilizar como cebo para atraer a los rudos pescadores a su taberna fascinados por la belleza y feminidad de la joven que contrasta con las tarascas que tienen en casa. No se puede discutir la profesionalidad y solidez musical de Sabina Puértolas, pero el sonido es pobre, el centro sonó cargado, sin liberar y se mostró sin la facilidad en las alturas de otras veces. Indudable el buen gusto con el que canta, pero la coloratura de la romanza “En un país de fábula” resultó muy discreta y no terminó de rematarse el filado conclusivo, un tanto quebradizo y oscilante. Asimismo, en su encarnación dramática faltó un toque de ingenuidad, de fragilidad si se quiere. Bien está renunciar a la gazmoñería o la afectación, pero retrató, en opinión del que suscribe, una Marola demasiado fuerte y segura con la que el público no termina de identificarse.

   Leandro, ese joven noble, un tanto inocente pero capaz de todo por su amor, fácil presa para el  granuja Juan de Eguía que utilizará su pasión por Marola para enredarle en una entrega de cocaína (imaginen ¡¡¡en 1936!!!) encontró en el tenor Antonio Gandía la mejor prestación vocal de toda la noche. Timbre atractivo, facilidad arriba, con sonidos bien posicionados y con punta, además de una bien delineada línea de canto sustentada en un fraseo cuidado como pudo comprobarse en el magnífico dúo del primer acto con Marola y en la archifamosa romanza “No puede ser” que obtuvo una sonora ovación del público con gritos de “bis”, y “¡otra!, ¡otra!” incluidos. Lástima que, como siempre, Gandía se mostrará desvaído en los diálogos y envarado en la faceta actoral, pero la prestación vocal es lo principal y su papel tampoco tiene demasiadas aristas en lo interpretativo.

   Notable, asimismo, el Simpson de Rubén Amoretti, de acentos siempre intencionados, voz suficientemente armada de bajo-cantante, amplitud y buena línea. Muy ovacionado también en su gran momento solista, la fabulosa romanza, plena de ecos antillanos, “Despierta negro”. De libro, el Abel de Ruth González, espléndida, muy creíble, auténtica en la encarnación de este adolescente soñador que expresa un amor puro, limpio y poético, por Marola. Un lujo poder contemplar sobre el escenario del Teatro de la Zarzuela a una actriz de la categoría de Vicky Peña en el papel de Antigua y que formó estupenda pareja de borrachines con Pep Molina como Chinchorro. Impecables también Angel Ruiz como Ripalda y Abel García como Verdier.

   En la dirección de Josep Caballé Doménech destacar cierta pulcritud, que obtuvo un sonido plausible a la orquesta, pero sin lograr superar sus limitaciones -no se puso de relieve adecuadamente el fondo sinfónico de muchos momentos de la orquestación como en la escena de la tempestad del último acto). Algunos tempi erráticos y discutibles junto a  la falta de un punto de calor, de tensión teatral, remataron una labor correcta sin más. El coro se mostró tan seguro y dominador como cabía esperar en obra tan emblemàtica.

   Apreciable también la producción de Mario Gas (hijo del bajo Manuel Gas magnífico intérprete de Simpson, pero que no estrenó el papel, ya que fue Aníbal Vela), respetuosa con el libreto (pueden escucharse los diálogos completos), sustentada en una muy vistosa escenografía del gran Ezio Frigerio, en el vestuario de la también reputadísima Franca Squarciapino y en una dirección de actores eficiente, que expone con claridad y suficiente dinamismo teatral la magnífica obra, así como que el público pueda seguirla y disfrutarla como se merece. Muy bien resuelta la escena de la tempestad del tercer acto.

   Una pena que no puedan verse en Madrid más que dos funciones de esta Tabernera, pero que no se la pierdan en Oviedo o Sevilla donde, además,  recalalará con dos alicientes como Óliver Díaz en el podio y la estupenda soprano María José Moreno como Marola.  

Foto: Javier del Real

Autor:Raúl Chamorro Mena
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