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Crítica: Josep Pons dirige obras de Navarro y Wagner en la temporada de la OCNE

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10 de abril de 2019

Un Wagner Mediterráneo alumbra un estreno exitoso

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid, 6-IV-2019. Auditorio Nacional. Ciclo sinfónico Orquesta Nacional de España. Preludio y muerte de amor de Tristán e Isolda (Richard Wagner). Connection, concierto para trompa y orquesta sinfónica (Óscar Navarro) estreno absoluto. Salvador Navarro, trompa. Selección orquestal de Götterdämmerung - El ocaso de los Dioses (Richard Wagner). Orquesta Nacional de España. Director: Josep Pons.

   Como suele suceder, el estreno o la obra contemporánea que se programa en las salas de conciertos, comparece arropada por obras maestras indiscutibles de las que pertenecen al llamado gran repertorio o bien de compositores emblemáticos, incontestables en la historia de la música y que gozan del favor del gran público. En esta ocasión, la música de Richard Wagner flanqueaba Connection, concierto para trompa y orquesta sinfónica del compositor alicantino Óscar Navarro (Novelda, 1981), obra encargo de la Orquesta Nacional de España. Sin embargo, esta vez, algo insólito, el estreno fue todo un éxito, acogido con ovaciones por los espectadores que asistían este sábado día 6 al concierto. Estamos ante una composición ecléctica que bebe del romanticismo e impresionismo, no renuncia a la melodía y combina muy hábilmente influencias de música cinematográfica (Bernard Herrmann, John Barry, John Williams), Prokofiev, Shostakovich, Bernstein, Gershwin… todo ello muy bien ligado y con una orquestación rutilante.


   Después de una introducción con aires de misterio, la obra se desgrana en cuatro secciones que se interpretan sin solución de continuidad. Tres de ellas presididas por la vivacidad rítmica y la brillantez orquestal y una, la parte lenta, que remite al espectador a John Barry y su banda sonora para la película Memorias de África (Sydney Pollack, 1985). Brillante, briosa y plena de colorido fue la interpretación de la orquesta Nacional con su director honorario, Josep Pons, al frente. Sin embargo, el solista de trompa de la orquesta, Salvador Navarro Martínez, resultó un punto inseguro y con un sonido apagado, falto de la brillantez requerida para una escritura que se antoja destinada a un virtuoso. Como ya se subrayaba más arriba, la obra fue acogida por el público con generosas ovaciones que el compositor recogió desde el escenario.

   Me parece apropiado insistir, una vez más, en que Josep Pons -con un gran trabajo y dedicación- sacó en su día a la orquesta nacional de una sima muy honda, en el quizás, peor momento de su historia. Por tanto, muy justa su condición de director honorario. En los últimos años, como director musical titular del Gran Teatro del Liceo de Barcelona, Pons está profundizando en  la obra wagneriana y en ese ámbito se situaba gran parte de este concierto. La enorme importancia que el genio de Leipzig dotó al apartado orquestal, inaudita hasta la fecha en el teatro musical, producto de esa búsqueda de la obra de arte total (Gesamtkunstwerk) y de la inteligente aceptación de la incapacidad germánica para competir con el canto italiano, así como su gran talento como orquestador, han permitido que preludios, oberturas, extractos y pasajes orquestales de sus composiciones para el teatro se interpreten asiduamente en las salas de conciertos.


   Respecto al Tristán e Isolda que le ví dirigir en el gran recinto barcelonés en 2017, he apreciado una evolución positiva en el Wagner de Josep Pons, como resulta lógico en un músico trabajador, minucioso y competente, a lo que hay que sumar que, esta vez, contaba con una orquesta Nacional de España en su mejor momento, una formación netamente superior a la que ocupa el foso del Liceo. Tristan und Isolde (Munich, 1865) consagra la más irresistible exaltación de la pasión romántica, del amor metafísico en su concepto más trascendente. Ya desde la estupenda introducción de los violonchelos se pudo apreciar la arrolladora atracción de esta música, igualmente en la inexorable y abrumadora progresión del liebestod (muerte de amor). En la segunda parte Pons y la orquesta Nacional ofrecieron una especie de suite de fragmentos orquestales de la tercera jornada ("El oro del Rhin" es un prólogo) de El anillo del nibelungo, Götterdämmerung - El ocaso de los Dioses (Salida del Sol, Viaje de Sigfrido por el Rhin, Marcha fúnebre) y no orquestales como el dúo del prólogo «Zu neuen taten» entre Sigfrido y Brunilda y la parte final de la inmolación de ésta con la sublime coda que pone punto final a esa monumental creación que es la tetralogía Wagneriana.

   Pons ofreció un Wagner radiante, flexible, luminoso, con músculo orquestal, pero nada pesante, podríamos decir que Mediterráneo, a lo que no fue ajeno la participación como concertino invitado del italiano Giovanni Fabris, primo violino de la orquesta del Teatro Carlo Felice de Genova. Efectivamente, pudo faltar un punto de drama, de emoción y esa grandiosidad propia de la tradición más inquebrantable, pero se apreció a un Pons cada vez más familiarizado con la música de Wagner y que se permitió algunos contrastes dinámicos de gran audacia e, incluso, un marcado silencio, quizás un punto brusco bien es verdad, antes de la última entrada del maravilloso tema de la redención por el amor en la coda final. Realmente espléndida la prestación de la orquesta Nacional con un metal radiante y segurísimo, una cuerda empastada, dúctil, tersa, brillantísima y unas maderas de impecable precisión. El público respetó el silencio hasta que Pons bajó los brazos y aplaudió con entusiasmo.

Autor:Raúl Chamorro Mena
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