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Crítica: Josu De Solaun, «colosal» en el «Segundo» de Prokofiev con la Real Filharmonía de Galicia

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Autor: Pablo Sánchez Quinteiro
8 de noviembre de 2021

«La personalidad de De Solaun triunfó plenamente por encima de cualquier otra consideración. Fue una interpretación fabulosa, extrema; una de las recreaciones más singulares, pero también más épica, de este pasaje que puedo recordar. Una interpretación absolutamente alejada de otras que he podido escuchar en vivo, o de las muchas disponibles en vídeo o en audio; con unos tiempos, acentos, dinámicas y articulaciones únicas, que le confirieron una modernidad y un carácter abstracto muy atractivo, como pocas veces se puede escuchar»

Josu De Solaun

Colosal Josu De Solaun en el Segundo de Prokofiev

Por Pablo Sánchez Quinteiro | @psanquin
Santiago de Compostela, 25-XI-2021. Auditorio de Galicla. Temporada de la Real Filharmonía de Galicia. Josu De Solaun, piano. Paul Daniel, director. Obras de Prokofiev, Dora Pejaceviv y Poulenc.

   Los azares de la programación son inescrutables hasta el punto de que tras llevar años sin disfrutar el hacer de Josu De Solaun en las tierras gallegas; en apenas algo más de dos meses hemos podido contar con su presencia por partida doble. Si ya su recital en Ferrol, el cual reseñamos en su día en CODALARIO, había sido una experiencia única; la temporada de la Real Filharmonía de Galicia con su titular Paul Daniel al frente, nos daba la posibilidad de poder escuchar a De Solaun en uno de los grandes caballos de batalla del repertorio pianístico de todos los tiempos; ni más ni menos que el monumental Segundo concierto op.16 de Sergei Prokófiev. Su concierto más extenso y ambicioso en lo sinfónico, en el que lleva las posibilidades expresivas y técnicas del piano a extremos inauditos para su tiempo.

   Tal como el propio De Solaun explicó en la charla previa al concierto; se trata de una gran tragedia que incluso el propio compositor describe en la partitura como colosal. Constituyen los «Conversando» pre-concierto de la RFG una muy interesante iniciativa -de la que muchas orquestas deberían tomar nota- habitualmente amenizadas por Paul Daniel; sin embargo, en esta ocasión, para la grata sorpresa de los asistentes, le acompañaba De Solaun. El director inglés lo había «secuestrado» un par de minutos para que comentara sus impresiones sobre la obra, pero el pianista, en un alarde de generosidad y de serenidad -¡sorprendentemente relajadísimo, al menos exteriormente, minutos antes de enfrentar una obra de esta categoría!- hizo un didáctico recorrido por los cuatro movimientos de la obra. Nos hubiera gustado preguntarle por su concepción de la obra, pero lógicamente tuvo que dejar el escenario antes de finalizar el coloquio.

   Su concepción llegó como un auténtico shock, un vendaval, que gustase más o menos a los asistentes, sobre todo a los que ya tenían grabada en su mente su propia impronta del concierto, no pudo dejar a nadie indiferente. El carácter narrante -tal como el propio Prokofiev escribe en la partitura- de la primera sección del movimiento es eminentemente lírico, nostálgico, muy reminiscente del piano de Rachmaninov; pero De Solaun le dio vida de forma muy individual, con un sonido incisivo, crispado, sacando a la luz un subtexto inquietante, premonitorio del drama inminente. Una muy interesante recreación, que sin embargo no fue inmaculada desde el piano. Aunque en esta obra, este hecho sería comprensible en cualquier pianista, incluso de máximo nivel; en De Solaun no dejó de ser una sorpresa. Tras haber sido testigo en Ferrol de su memoria prodigiosa; tocando sin partitura un dilatadísimo y denso programa, llamó la atención que De Solaun tocase el concierto con partitura, pasando el mismo las páginas. Al margen de lo que esto pueda implicar, lo cierto es que en una obra de este estilo, esto supone una limitación. No sólo hubo alguna dificultad puntual con las páginas sino que en determinados momentos, especialmente en la cadencia, la línea musical se vio mínimamente interrumpida por este hecho. Pero al margen de estas inestabilidades, con la llegada de la recapitulación/cadencia -uno de los momentos más endiablados de toda la música pianística de Prokofiev- la personalidad de De Solaun triunfó plenamente por encima de cualquier otra consideración. Fue una interpretación fabulosa, extrema; una de las recreaciones más singulares, pero también más épica, de este pasaje que puedo recordar. Una interpretación absolutamente alejada de otras que he podido escuchar en vivo, o de las muchas disponibles en vídeo o en audio; con unos tiempos, acentos, dinámicas y articulaciones únicas, que le confirieron una modernidad y un carácter abstracto muy atractivo, como pocas veces se puede escuchar. Aproximación más que justificada pues no en vano Prokofiev estrenó en Rusia, en la época de composición de la obra, las provocadoras Klavierstücke op.19 de Schoenberg. Si a todo esto sumamos la espectacularidad del virtuosismo de De Solaun, nos queda una interpretación sencillamente abrumadora que sin duda venció y convenció al público.

   En el resto de movimientos se acentuó algo que ya percibimos en el primer movimiento; los problemas que el Auditorio de Galicia -una sala con un escenario de dimensiones modestas- genera en las obras sinfónicas con un muy amplio orgánico orquestal. Es algo apreciable por ejemplo en las interpretaciones de las sinfonías mahlerianas, en las que el sonido se satura en los tutti y no proyecta hacia el público con limpieza y calidez. No es de extrañar que una buena parte de las sinfonías de este compositor se hayan planteado en esta sala con reducciones orquestales, tal como sucederá esta temporada con la Séptima sinfonía de Mahler. En Prokofiev, sin ser la plantilla tan extendida, el elemento sinfónico tiene tanto peso que el piano de De Solaun, a pesar de la empática dirección de Daniel, tuvo que sufrir de principio a fin el tener que lidiar con las excesivas dinámicas orquestales que le rodeaban, incluso en pasajes que no llegaban al forte. Así, si en el Scherzo -una vertiginosa persecución de la orquesta en pos del solista-, la exhibición de agilidad de De Solaun estuvo oscurecida por la sombra de la orquesta, esto se acentuó aun más en la poderosísima marcha del Intermezzo. Una pena pues fue la de De Solaun, una vez más, una visión extremadamente imaginativa y provocadora. Deslumbró la fantástica mordacidad y energía con la que dio vida al provocador pasaje en solitario en secco, pero ciertamente, la lucha posterior con la orquesta en su inexorable crescendo fue sin duda de lo más taxativa para el solista. 

   Por si el concierto ya no hubiera sido hasta este momento suficientemente tour de forcé, Prokofiev lo lleva al límite de lo sobrehumano en el Allegro tempestuoso. Y sin embargo, absolutamente espectacular De Solaun en los circenses saltos de ambas manos a lo largo del teclado en la introducción; en la que una vez más nos hubiese gustado una dinámica orquestal más suave, que permitiese disfrutar del extraordinario sonido de De Solaun con más limpieza. Tras un breve reposo, con la sección nostálgica hermosamente fraseada por De Solaun, éste inicia una nueva vertiginosa carrera con la orquesta en la que nos volvió a asombrar por la precisión y la mordacidad de su sonido. Tras ella, llegó el mejor momento de la obra y probablemente de la noche, con la misteriosa cadencia, sin duda todo un homenaje de Prokofiev al incipiente expresionismo vienés, pero también al impresionismo francés más abstracto. De Solaun se sintió en solitario como pez en el agua dando vida a unas sonoridades mágicas, abismales; transmitiendo una vez más al público esa misma magia y clarividencia que generó en su recital de Ferrol. Sobrecogedor hasta el punto de que le hace a uno pensar hasta donde puede llevar De Solaun con sus manos y con su inspiración la música más vanguardista del siglo XX. Tras una nueva excitante digresión orquestal, De Solaun nos volvió a emocionar con una breve pero sublime reflexión antes de abordar la trepidante coda.

   Éxito absoluto con el público de Santiago, que firmaba una media entrada, más que aceptable en estos tiempos post-pandemia. Sería inhumano pedir una propina tras semejante exhibición, pero De Solaun respondió, una vez más generoso, con dos excelsos ejemplos de su Debussy: Ondine y Fuegos de artificio; este último ya lo habíamos admirado en Ferrol. Un Debussy, pleno de carácter, de vida, de fuerza -da igual que no sea el descriptor más habitual para el francés-; y por supuesto, nada domesticado, nada convencional. Y es que no se podría describir una palabra más ajena al fascinante mundo musical de De Solaun, que el término convencional.

   La segunda parte quedó un tanto eclipsada por la experiencia emocional, sonora, musical, virtuosística, etc. de la primera ¿No hubiera sido mejor invertir el orden? Nos permitió disfrutar, sin embargo, del buen hacer de la Real Filharmonía de Galicia y Paul Daniel con una muy interesante obra, casi inédita; la Obertura de Dora Pejacevic. Contemporánea del Prokofiev, pero alineada musicalmente en con el postromanticismo vienés amable, optimista y efusivo de un Korngold; es sin duda esta compositora una voz propia y singular que merece ser recuperada del ostracismo.

   Ese mismo optimismo recorre a la muy posterior Sinfonietta de Poulenc, más habitual en las programaciones, de hecho, este mismo año se la escuchamos a la Sinfónica de Galicia con José Trigueros. Una magnífica interpretación como también lo fue la de Paul Daniel y la RFG. Ha sido siempre la música francesa uno de los mundos musicales donde mejor se mueve la orquesta, y como muestra sus recientes Ravel, Saint-Saëns, Fauré etc que le he escuchado este año. Da gusto ver como la Real Filharmonía cumple con un excelente momento de forma su 25º aniversario. 

   Hermosísimo el Allegro con fuoco, rebosante de un flavour magníficamente recreado por las empastadas y cálidas cuerdas de la orquesta, pero también adornado con hermosos contrastes que acentuaron las maderas y metales de la orquesta con máxima sutileza. El vivacísimo Molto vivace es ese tipo de movimientos en los que Daniel se encuentra como pez en el agua, y de hecho dio vida al torrente de incisivas ideas musicales con una sincera extroversión, perfectamente interiorizada por sus músicos. El Andante cantabile, con su hermoso solo de clarinete y unas elegantes y majestuosas cuerdas, me evocó como nunca me había sucedido en esta obra el mundo de Brahms. Qué se puede decir mejor de una interpretación que el hecho de que desencadene inesperadas asociaciones de ideas musicales. La sección central, más próxima al mundo de la Suite Dolly de Fauré, fue absolutamente deliciosa. Con el Très vite et très gai Poulenc crea una fascinante síntesis de todos los elementos que han emergido en los movimientos previos de la obra. Todo un disfrute que representó un magnífico punto final a una gran velada musical en Santiago de Compostela.

Foto: Facebook Real Filharmonía de Galicia

 

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