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Crítica: Recital de Juan Pérez Floristán en el Auditorio Nacional, dentro del ciclo «Grandes Intérpretes» de la Fundación Scherzo

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15 de septiembre de 2019

«Floristán tiene sonido pulido, fraseo limpio y puede montar cualquier obra que se proponga. Sin embargo, debe mirar en su interior, buscar, y cribar entre sus mejores esfuerzos. En definitiva, parar máquinas ante la vorágine en la que, seguro, se halla inmerso».

Floristán, prueba superada

Por Francisco Zea Vaquero
Madrid. 11/IX/2019. Auditorio Nacional de Música (sala sinfónica). Ciclo «Grandes Intérpretes» de la Fundación Scherzo. Juan Pérez Floristán [Piano]. Ligeti, Musica Ricercata. Beethoven, Sonata Nº 23 en fa menor op. 57. Mussorgski, Cuadros de una Exposición. 

   El auditorio Nacional se desperezó del letargo agosteño y arrancó su temporada con uno de sus más señeros ciclos: el de Grandes Intérpretes que reanuda su XXIV iniciado allá por enero. Empezamos a tener una sensación cierta de que los  primeros conciertos de la temporada son víctimas de esta mezcla de pereza y hambre de música tras el parón veraniego. La taquilla no despertó para un pianista español vencedor el Gran premio de Santander hace apenas cuatro años, con un programa cimentado en obras maestras. Se esperaba algo más del tercio de entrada finalmente registrado en la casa de la Música de Príncipe de Vergara, pero la propuesta no fue suficiente para mejorar la asistencia de un público normalmente avezado y exigente en las lides pianísticas.

   La propuesta de Pérez Floristán, joven y prometedor pianista, ya realidad de nuestro panorama, era de una gran responsabilidad. Poner en atril obras del calado de la Appasionata o de los amados Cuadros de Mussorgski, es una apuesta fuerte. Sin embargo, si con una imagen juvenil muy de conservatorio y unas intervenciones ilustrativas, micrófono en mano, un poco largas (todo hay que decirlo) eliminas el efecto de fascinación del pianista ante su recital; predispones al público a que también se ponga en zapatillas, y que se recueste un poco en su asiento a pasar simplemente un buen rato. En definitiva, cercenas los primeros minutos de tensión de un concierto donde todos esperan un sonido especial, una propuesta arriesgada o cierta trascendencia musical. Todo esto estuvo ausente y aquella ansia de concierto se viene abajo rápidamente. También hubo buenos momentos de interés, de justicia es reconocerlo, ante tales dificultades que se impuso el pianista español.


   La técnica, el mecanismo, y la enorme capacidad de trabajo necesaria para montar este programa son de agradecer. Su resultado es de limpieza y fraseo correctos siempre. Es inteligente al proponer unos tempi ajustados a lo que se marca en partitura, si el sonido no es especialmente brillante, o voluminoso (tuvo que luchar con una sala semivacía, que presenta una sonoridad mucho más dura, que la dulce acústica habitual de esta sala si esta casi llena). No obstante, si miramos a las obras programadas, en el plano interpretativo, nos vienen a la mente calificativos cómo feroz, arrollador, emocionante, y por supuesto, apasionado, pero de esto tampoco no hubo en ninguno de los tres autores. Por este lado, Floristán pareció un instrumentista cerebral, un punto frío.

   ¡Qué prometedor era comenzar preludiando a Beethoven con Ligeti, ambos tan esenciales e inconformes! Pues bien, nuestro pianista destacó en la colección de piezas del maestro húngaro, pero de forma aislada: con un sonido muy pulido en la misteriosa presentación, dedos infalibles en la veloz séptima, y meditativo e inspirado en la octava pieza de tributo al padre de la música húngara del XX. Pero quizás es deseable una mayor profundidad, o trascendencia, garra o pulso, si no, algunas piezas nos parecen tan sólo eso, aunque tengan un buen acabado. Cuando en realidad el autor está ya abriendo un mundo insondable de sensaciones y laceraciones sonoras en los lejanos años 50.


   Con la próxima obra venía el fuego de verdad, y quien más quien menos traga saliva y se incorpora un poco ante el friso beethoveniano que nos espera: La tremenda Sonata appasionata. Pudimos observar que la obra estaba perfecta de métrica, y el fraseo suficiente y claro, lo que ya en si es una proeza. Hasta aquí gran valentía, pero las dinámicas y los contrastes empezaban a parecer escasos. Esta es una obra romántica de rompe y rasga donde las haya, vale todo, menos quedarse quieto. Siempre coherente y limpio concluyó el primer movimiento. Pero sólo allegro, el assai que Beethoven nos sugiere fue orillado, y sin saber más, nos vamos a las gloriosas variaciones. A un servidor todas le parecieron la misma, mitad por el problema dinámico que seguía ahí incrustado, y mitad por el tempo que empezaba a ser cargantemente rápido y uniforme. No estaba pasando nada musicalmente reseñable, excepto una corrección docente, dudosa como propuesta para un concierto grande. El Allegro final se fue a un molto con brio donde en realidad se nos da la indicación mágica para jugar: ma non troppo. Aquí es donde la madurez interpretativa está en juego. Por desgracia Juan Pérez Floristán corrió y corrió hasta llegar al final, cómo si en realidad deseara pasar el trago cuanto antes. ¡Qué hermoso haber podido disfrutar ese momento único de tocar en la sala donde tantas veces había sido oyente! Y además, con esta obra maestra única que tanta ilusión le hacía, cómo él mismo nos explicó sólo 40 minutos antes. Sí, todo en su sitio, pero nada apasionado.

   Yo sinceramente creo que todos esperábamos que la flexibilidad y estilo rapsódico de la obra siguiente, los frescos de Mussorgski, jugaran a favor del joven pianista que nos visitaba, impulsándole  a una interpretación feliz y entregada. Esta gema brillante del gran repertorio ruso del XIX, es un arma de doble filo. Una obra con envoltorio de caramelo llena de lucimiento melódico, pero trufada de situaciones sonoras y técnicas muy complejas; múltiples figuraciones fulgurantes en prestissimo, tetracordios catedralicios con todo el cuerpo sobre el teclado, sentido proverbial del legato, e independencia general de manos, entre otras delicias. No olvidemos que todo esto es sólo la herramienta, Mussorgski, un compositor de tierra y fuego, puso su corazón en el homenaje al amigo, el pintor Viktor Hartmann.

   Pues casi toda la obra se nos pasó en las mismas coordenadas que la anterior. Los promenades fueron todos enojosamente similares en su fraseo y acentuación, sin esas sugerentes diferencias que se nos prometieron en la explicación previa. La monotonía del tempo ligero y sostenido sin alternativa se adueñó de la colección restando hallazgos sonoros, o simplemente el puro genio. Nos encontramos con una colección de piezas de relumbrón rápidas y lentas, por momentos áridas e inconexas. De pronto, un momento sorprendente, Catacumbas, y su consiguiente paseo Cum Mortuis in lingua morta, que fue interpretado con unción, abandonándose a la emoción y el misterio de estos acordes. Aquí se produjo la anécdota: justo cuando mejor estaba tocando el piano aparece la aleatoria imprecisión sonora, y el sonido se abre sobre el pedal final del último gran arpegio. Sin embargo, la emoción que nos embargó en este punto fue muy sincera y prometedora.


   Cómo suele ser habitual hubo, al término del programa, varias propinas. A veces tengo un cierto bienestar cuando no es necesario escucharlas, y no lo digo por este concierto en particular, sino en general para cualquier instrumentista, orquesta, o director. Si el concierto ha sido pleno de programa y de respuesta artística, ya no puede caber mucho más, si acaso bajar el nivel del que hemos disfrutado. En caso contrario, si el público no es explícito en su petición y simplemente agradece el esfuerzo musical con su aplauso, ¿quien quiere oírlas?

   Pero en realidad, un joven sector de público enfervorecido, reclamó el deseado tercer tiempo. Este comenzó con la maravillosa música de Alberto Ginastera (Danza argentina nº 2), una de esas joyas escondidas del piano, pero cómo casi toda su producción preñada de talento. Nuestro pianista volvió a marcar una de las cimas del concierto. Se había preparado, y nos susurró esta música privada y sugerente, dejando a todos con una cierta frescura, con ganas de más. Buena elección para que te esperen hasta la próxima vez. Quizás no era tan obligado insistir con Chopin, (un poco abusado en este ciclo). Aunque lo hizo con poderosísima técnica en el Estudio nº 11 de la menor de la Op. 25. Y para la despedida un Momento Musical de Schubert (el nº 3) al que ya dio poca importancia. Es conveniente recordar que para otros artistas es un rito acercase a estos cuadernos.


   Es ilusionante volver a donde empezamos, con el recuerdo del Gran Concurso de Santander y sus importantes repercusiones. En los finales del siglo XX algunos recordamos en concierto a rusos prodigiosos que vencieron también cómo lo hizo hace poco Floristán. Bastiones en la técnica siempre, pero llenos de fantasía y creatividad cómo Sergey Yerokhin, o el ya añorado e incandescente Eldar Nebolsin. Estos recuerdos están sobre todo vinculados a conciertos en vivo del gran repertorio ruso cómo el de los Cuadros de esta noche.

   La prueba está superada. Presentarse en el ciclo de mayor prestigio en el circuito del país natal y lograr el beneplácito del público. No obstante, una última reflexión que conviene a nuestros más jóvenes pianistas. La fama, los contratos, las grabaciones, etc… ya están ahí, pero con este rumbo la libertad de intérprete, la tarea de músico, la más bonita de todas se puede perder. Floristán tiene sonido pulido, fraseo limpio y puede montar cualquier obra que se proponga. Sin embargo, debe mirar en su interior, buscar, y cribar entre sus mejores esfuerzos. En definitiva, parar máquinas ante la vorágine en la que, seguro, se halla inmerso.

Foto: Web de Juan Pérez Floristán

Autor:Francisco Zea Vaquero
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