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Crítica: Juanjo Mena y Joaquín Riquelme con la Sinfónica de Castilla y León

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Autor: Agustín Achúcarro
17 de diciembre de 2020

Riquelme, un solista sublime  

Por Agustín Achúcarro

Valladolid, 14-XII-2020. Temporada de la OSCyL: Ciclo Otoño. Auditorio de Valladolid, Sala Sinfónica Jesús López Cobos. Orquesta Sinfónica de Castilla y León. Sinfonía nº1 en re mayor, op. 25, «Clásica» de Prokófiev, Concierto para viola y orquesta en re mayor de Hoffmeister y Variaciones concertantes, op. 23 de Ginastera. Joaquín Riquelme, viola solista. Juanjo Mena, director.

   La Sinfonía nº1 «Clasica» de Prokófiev se suele presentar como una obra cuyos rasgos característicos son la elegancia y el ingenio. Juanjo Mena en su dirección invirtió el orden y prefirió poner por delante el ingenio, sin que esto supusiera prescindir de la elegancia. Una interpretación que resaltó, principalmente en las maderas, por un colorido algo agreste, que supuso todo un hallazgo, aunque en algún momento pudiera resultar exagerado, pues consiguió subvertir algunos moldes, sin por eso traicionar el título de clásica que encabeza la obra. A partir de esta premisa se logró una interpretación llena de chispa y viveza, que realzó el empuje del primer movimiento o la expansiva melodía del segundo, su tema lírico o ese staccato que le da un sugerente encanto. Y así hasta llegar al tiempo conclusivo, que Mena y la OSCyL interpretaron de manera muy ágil, acentuando los efectos de colorido y la inherente alegría.      


   Después llegó el Concierto para viola y orquesta de Hoffmeister, fiel reflejo de Mozart, con una viola sin desarrollar aun todas sus potencialidades, siguiendo la estela del violín. Pero ahí estaba en el puesto de solista un Joaquín Riquelme sencillamente impresionante, que justificaría por sí solo la programación de la obra. En la introducción, que precede a la entrada del solista, Mena demostró su capacidad para dotar a la orquesta de un fraseo claro, con una articulación nítida de las cuerdas, dentro de una concepción clasicista. Y llegó el momento de Riquelme que realizó una interpretación sublime. Partiendo de una afinación increíble, por su perfección, se recreó en el legato, en los pianos inverosímiles, en unos sonidos centrales, mórbidos, densos, tan propicios a la viola, en los pasajes cantábiles... Nada escapó a la interpretación del violista, a veces emotiva, otras pausada o rauda, pero siempre impactante. Hizo de la cadencia del primer movimiento todo un ejercicio de virtuosismo, sin excesos, sin ensanchar una nota, dejando el sello de la personalidad de la viola. Fue un continuo alarde de sonido, en el que parecía que disponía de un arco infinito que permitía que nunca se cortara el sonido, aunque realizara un pianísimo en el registro agudo. Fue una interpretación portentosa, a la que siguió  fuera de programa la Allemande de la Suite nº1 de J.S. Bach. El solista agradeció al público que con su presencia permitiera que en estos momentos difíciles se pudiera seguir interpretando música en directo. Mena dejó un protagonismo evidente a Riquelme, pero no por eso relegó a la orquesta a un segundo plano, sino que se encargó de que fuera una compañera ideal, dialogante del solista.  


   Y sin solución de continuidad, apenas había salido del escenario Riquelme, tan aplaudido, comenzaron las Variaciones concertantes de Ginastera. Mena propició aquí el lucimiento de los solistas, realmente inspirados, y algo más, ya que siguiendo la idea de Ginastera trabajó el que se pudiera disfrutar con el contraste o la suma de las cualidades de los distintos instrumentos. Ahí quedaron la inicial melodía del chelo y el arpa, que presentan el tema; la entrada de las cuerdas graves, de los contrabajos, que propiciaron un ambiente oscuro; la intervención de la flauta y el piccolo; el canto de la viola; el escuchar como oboe y fagot abordaban su variación jugando sobre la melodía; el raudo sonido del violín; la combinación de trompeta y trombón; la trompa con sordina contestada por la flauta, y así hasta llegar a un final brioso de toda la orquesta, en base al fulgurante ritmo de malambo. Como ya se ha indicado, no se trató ni mucho menos de una mera exhibición de los distintos solistas, sino más bien un poner en valor esos timbres y esos colores, ya fueran unidos o contrastándose, tanto en las participaciones solistas como en los sugerentes interludios.

Foto: OSCyL

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