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Crítica: Karel Mark Chichon y la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria inauguran la temporada con el estreno de 'Spectra fractalis' de Díaz-Jerez y la 'Sinfonía resurrección' de Mahler

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25 de septiembre de 2018

Acontecimiento en Las Palmas

   Por Pedro J. Lapeña Rey
Las Palmas de Gran Canaria. Auditorio Alfredo Kraus. 21-IX-2018. Orquesta y Coro de la Filarmónica de Gran Canaria. Coro ACO de la Ópera de Las Palmas de Gran Canaria. Ève-MaudHubeaux(mezzo). ElisandraMelián(soprano). Director musical: Karel Mark Chichon. Spectra fractalis de Gustavo Díaz-Jerez. Sinfonía n°2, “Resurrección” de Gustav Mahler

   El viernes 21 de septiembre se ha abierto la temporada 2018-2019 de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria con una obra que su programación es un acontecimiento en sí mismo: la Sinfonía n°2 “Resurrección” de Gustav Mahler. Si a ello le sumamos que por increíble que parezca, iba a ser la primera vez que la interpretaba la orquesta, éste se magnificaba. Es algo en lo que quizás no reparas cuando la has visto varias veces en vivo, pero de lo que te das cuenta según te acercas al Auditorio, e incluso antes.

   Mi hotel estaba en la punta norte de la Playa de las Canteras, justo en el lado opuesto al Auditorio Alfredo Kraus. La media hora de camino hasta allí, caminando junto a la playa, es uno de los paseos más agradables que puedes dar para llegar a una sala de conciertos. Unos diez minutos antes de llegar a la espectacular escultura de Kraus realizada en el año 2001 por el escultor Víctor Ochoa, que te da la bienvenida al Auditorio, me adelantó una pareja que comentaba en voz alta la ilusión que tenían por ver de una vez la Resurrección en directo. Poco después, en la propia puerta del Auditorio, un melómano comentaba con varios amigos: “Este concierto es el mejor arranque de temporada que recuerdo", a lo que otro le contestaba: “No solo es el mejor que recuerdas, sino que a saber cuánto tiempo pasará hasta que tengamos otro igual”.

   Estaba claro que la expectación era grande. Las entradas estaban agotadas. Esas sensaciones colectivas cambiaron radicalmente mi perspectiva sobre este concierto y me hicieron retrotraerme casi 40 años atrás –a una tarde de abril de 1979 en el Teatro Real de Madrid– a mi primera Resurrección con la Orquesta Nacional de España (ONE) y Antoni Ros-Marbá, de la que no recuerdo si fue una versión buena o mala. Simplemente recuerdo la impresión y el shock que me causó.

   La velada comenzó con el estreno absoluto de Spectra fractalis, con la que el pianista y compositor canario Gustavo Díaz-Jerez ha ganado el Concurso de Composición Musical de la Fundación Martín Chirino. Inspirada en la famosa escultura Herramienta poética e inútil que se encuentra en el Castillo de la Luz, y su dualidad entre estatismo y dinamismo, la obra compuesta sobre una serie aleatoria de notas, es una escultura sonora –así la define el propio compositor en una entrevista en el Diario Las Provincias publicada el mismo día– con una sonoridad atractiva, y con varias olas que crecen y disminuyen hasta su evanescencia final. El público aplaudió con calor a intérpretes y compositor.

   Tras ella, nos sumergimos de lleno en la obra mahleriana. El director Karel Marl Chichon se dirigió brevemente al público para explicar algunos aspectos de la obra y para pedir que no se aplaudiera entre movimientos. Compuesta en el periodo  Wunderhorn del autor, toda ella está un contraste permanente. El Sr. Chichón lo remarcó desde las notas iniciales del Allegro maestoso inicial, con unos chelos y contrabajos brillantes e intensos sobre el trémolo de violines y violas. Eligió un tempo rápido, de dinámicas bastante extremas donde a momentos de musicalidad y tensión irreprochables –por ejemplo el ritardando previo al primer clímax– le siguieron otros algo más confusos, y un segundo tema excesivamente plácido, con evidentes caídas de tensión. Remontó sin embargo al final, con una coda de gran altura, muy bien construida y de sonido muy cuidado.

   El complejo Andante moderato posterior, fue quizás el movimiento menos logrado. Aunque el Sr. Chichon relajó el tempo, el bellísimo rondó sonó algo mecánico, sin la naturalidad que debe desprender. En las variaciones posteriores, flauta, pícolo y arpa desplegaron musicalidad con frases muy destacadas.

   Mejoró mucho el Scherzo, muy bien construido por el Sr. Chichon y con casi toda la orquesta a gran nivel. El timbal marcó un ritmo ternario preciso, y las maderas y los violines cantaron de manera emotiva el tema y las variaciones del lied San Antonio de Padua predicando a los peces. La tensión fue creciendo a lo largo del movimiento y el resultado global fue de quitarse el sombrero.

   Se mantuvo el gran nivel en el Urlicht. La mezzo Ève-Maud Hubeaux, no tiene un voz grande, pero emite y proyecta muy bien, canta con expresividad y cincela cada frase con soltura. El Sr. Chichon la acompañó con una gran delicadeza y el movimiento fue de lo mejor de la noche.

   Tras estos tres movimientos centrales, cada uno a su manera, un anticlímax a los grandiosos movimientos inicial y final, nos adentramos en el último, donde tuvimos de todo. De manera similar a lo que ocurrió en el inicial, estuvieron mas conseguidas las tempestades que las calmas, a pesar de que no todos los truenos posteriores fueron dichos con la claridad necesaria. Cuando se ha oído al Orfeón Donostiarra o al Coro del Concertgebouw hacer la entrada de ultratumba, es difícil aceptar otra opción. Pero una vez pasado el choque, el Coro cantó con gran belleza y de manera irreprochable. El Sr. Chichon aceleró algo el tiempo al entrar en el colosal coro final Sterben werd’ ich um zu Leben!, y aunque hubo algún que otro desajuste, hubo también tensión, drama y emotividad a flor de piel.

   Una ejecución global plausible, que ha tocado la fibra sensible de los espectadores. No ha llegado evidentemente al nivel de las mejores que he podido escuchar (Vaclav Neumann con la Filarmónica Checa, Tugan Shokiev con la del Capitolio de Toulouse y el Orfeón Donostiarra, o Mariss Jansons en el Concertgebouw de Amsterdam) pero se ha trabajado mucho y bien, y los frutos estuvieron ahí.

   El veredicto del público fue unánime. Aplausos y ovaciones por doquier con muchas caras de felicidad, y comentarios muy positivos en las tribunas y en las escaleras de salida. Los músicos se abrazaron y felicitaron mutuamente. Una prueba compleja aprobada con nota. En el camino de vuelta al hotel, paramos a cenar. Varios comensales en dos mesas distintas seguían hablando del concierto en términos elogiosos casi una hora después de haber acabado. Como me pasó hace cerca de 40 años, pocos se acordarán en el futuro de si la interpretación fue buena o mala, pero sí de la impresión que esta sinfonía es capaz de producir cuando se escucha por primera vez.

Autor:Pedro J. Lapeña Rey
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