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[C]rítica: Kazuki Yamada dirige el «Te Deum» de Berlioz en la temporada de la Orquesta y Coro de RTVE

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18 de febrero de 2019

Un Te Deum terrenal

Por Óscar del Saz | @oskargs
Madrid. 14-II-2019. TeatroMonumental. Orquesta Sinfónica, Coro de RTVE, Coro de la Comunidad de Madrid. La luz de la armonía. Sinfonía núm. 1 en do mayor; Georges Bizet (1838-1875); Te Deum, op. 22, Hector Berlioz (1803-1869); François Piolino, tenor; Juan Pablo de Juan, director del Coro de RTVE; Felix Redondo, director del Coro de la Comunidad de Madrid. Kazuki Yamada, director.

   Repasando los efectivos necesarios para acometer el grandilocuente Te Deum -2 coros mixtos grandes de 3 partes (soprano, tenor y divisien las voces graves), de 100 voces cada uno; un coro grande de niños (de entre 200 y 300); orquesta de más de 130 ejecutantes (que incluye 12 arpas),etc.,- que Hector Berlioz compuso pensando en las celebraciones en torno a la figura de Napoleón Bonaparte -y que logró estrenar reuniendo a más de 950 artistas, el 30 de abril de 1855 en la iglesia de Saint Eustache en París-, uno se dirige al Teatro Monumental pensando en qué solución de compromiso hará compatible tal monumentalidad con la realidad. OyCRTVE, dirigidos por el maestro japonés Kazuki Yamada (1979), realizaron la versión completa de seis números que incluye el preludio orquestal -que se encuentra encuadrado entre el segundo número, Tibi omnes, y el tercero, Dignare y la Marche pour la présentation aux drapeaux, que se interpretó antes del último número y en el que intervinieron las cuatro arpas –obviamente no las doce- en esta ocasión.


   En cuanto a los dos coros intervinientes, y repasando cuerda por cuerda, debemos resaltar las buenas prestaciones generales de adecuación en los volúmenes puestos en juego respecto de la orquesta y el órgano –que en esta versión aparece deslucido al ser un instrumento no tubular de poca potencia sonora-, y también en lo que respecta al contraste de dinámicas que el maestro Yamadasiempre marcó ostensiblemente con el gesto tanto a orquesta y coro. Especialmente lograda fue la cohesión de los coros de los hombres, que supieron colorear arriba y abajo el pentagrama: elegante brillantez la de la cuerda de tenores y una buena homogeneidad en el sostén armónico de la cuerda grave. Incluimos también en este parecer a la cuerda de mezzos-contraltos que se distinguió por un sonido de ese verdadero color.

   Por otro lado, no fue del todo redonda la contribución de las sopranos, sobre todo en las partes en las que suple al coro de niños que resultó -por su elevada tesitura- demasiado gritada y artificial, exenta del efecto sonoro que debiera separar una interpretaciónelevada a los cielos, etérea, de una más pegada a la tierra, mucho más insustancial. En cuanto a los tutti, que se esforzaron por cuidar la dicción, creemos que la esencia de la obra debe ser más íntima, menos desmedidamente «monumental» en los forte y, por tanto, menos gruesa a la hora de desaforar la vocalidad, así como la de conseguir un regusto más religioso, aun siendo conscientes del profundo ateísmo del compositor. De esta forma, aunque el maestro Yamada realiza una lectura brillante de sonidos y colores orquestales, con buena administración de las dinámicas, peca en exceso en ese carácter terreno y/o prosaico que a nosotros nos parece mucho menos adecuado para el lucimiento y comprensión integrales de la obra.


   En la parte en la que intervino el tenor solista –Te ergo quaesumus, que también contiene una parte a capella del coro-, François Piolino resultó francamente decepcionante si tenemos en cuenta el curriculum que este cantante atesora, y que describe –aparentemente con éxito- una transición desde la música barroca puramente instrumental a un repertorio actual más operístico. Algo no funciona en la forma de cantar de este tenor: una voz retrasada, de feo vibrato, poco impostada, de emisión fija, escasez en el fiato y -por momentos- desafinada, que flaco servicio hizo a este Te Deum. Pero incluso con todo lo comentado, la obra no dejó indiferente al público, con la belleza innata y la grandilocuencia de su estructurasonora y colorista que reflejan tanto su Judex crederis esse venturus como por el armonioso Tibi omnes del segundo movimiento o lo calmo del tercero, Dignare, que satisficieron a la mayoría.

   En la primera parte se interpretó la maravillosa e infrecuentemente programada Sinfonía núm. 1 en do mayor de Georges Bizet, obra de juventud del músico que contaba tan sólo 17 años y que estudios musicológicos han asociado a la Sinfonía núm. 1 de su maestro, Charles Gounod, de la cuál Bizet hizo una transcripción para piano. Dado que hay ciertas similitudes entre ambas obras es lo que –al parecer- motivó que Bizet se decidiera a no publicarla jamás.

   El primer movimiento, Allegro vivo, fue planteado por Yamadacon un sonido denso pero comedido. El segundo, Adagio, da paso a las exhibiciones de control del fiato del solista de oboe que interpreta una hipnótica e inspirada melodía, mientras suenan empastados los pizzicati de las cuerdas, que transitan melodiosas hacia un empaste en el agudo. Los movimientos tercero y cuarto, marcados ambos como Allegro vivace, requirieron de una mayor dosis de atención por parte del director japonés, debido a su vivacidad y a la gran cantidad de entradas y salidas de las distintas secciones,en consonancia con la profusa orquestación de esta última parte de la sinfonía. En todo momento, hubo una magnífica sintonía entre el maestro y la ORVTE, que redondearon una versión muy atractiva y fresca.


   El maestro Yamada fue muy aplaudido por el público, correspondiendo él haciendo levantar a todas las secciones de la orquesta y teniendo que salir a saludar, al menos, en tres ocasiones. Entendemos que la Orquesta de RTVE dispondrá más veladas para que en España podamos seguir la evolución de su magnífico hacer en la dirección, que actualmente ya cubre actuaciones en Asia, Europa y Norteamérica, así como la de atractivas grabaciones de músicas del repertorio francés y español.

Autor:Óscar del Saz
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