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Crítica: Kirill Petrenko dirige 'Parsifal' de Wagner en el Festival de Múnich, con Jonas Kaufmann, Nina Stemme, René Pape y Christan Gerhaher

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6 de julio de 2018

“Sapiente por Petrenko”

   Por Raúl Chamorro Mena
Munich, 1-VII-2018, Teatro Nacional-Opera Estatal de Baviera. Parsifal (Richard Wagner). Jonas Kaufmann (Parsifal), Nina Stemme (Kundry), René Pape (Gurnemanz), Christan Gerhaher (Amfortas), Wolfgang Koch (Klingsor), Balint Szabò (Titurel). Orquesta y Coro de la Opera Estatal de Baviera. Director musical: Kirill Petrenko. Dirección de escena: Pierre Audi.

   El Festival de Munich, especie de estuche de joyas que ejerce como epílogo de la temporada de la Opera Estatal de Baviera, -una de las casas de ópera indudablemente punteras de la actualidad-, ofrecía este año como plato fuerte una nueva producción de Parsifal, la eternamente enigmática última obra de Richard Wagner, con un reparto, en principio y sobre el papel, de nombres de campanillas, así como la dirección musical de Kirill Petrenko, que ha alcanzado altísimas cotas como director titular de la compañía. El músico ruso, al asumir ya plenamente la égida de la Orquesta Filarmónica de Berlín, deberá abandonar en breve esa titularidad y, además serán, desgraciadamente, cada vez menos las veces que podamos verle como director de foso operístico. De todos modos, la Opera Estatal de Baviera se ha garantizado la continuidad de la excelencia artística al contar como sustituto con otra de las más destacadas batutas de la actualidad, el también ruso Vladimir Jurowski.

   No decepcionó al que suscribe la dirección de Petrenko, pero también es verdad, que acostumbrado a la excelencia con él en el podio, esperaba aún más. Fue realmente admirable la paleta de colores que el maestro ruso obtuvo de la magnífica orquesta (que a sus órdenes alcanza el máximo nivel). Un Wagner refinadísimo de tímbricas, nada pesante, de límpidas texturas e impactante transparencia, pero sin caer nunca en la blandura, ni en amaneramientos. Nada más alejada su labor del preciosismo sin drama, nada que ver con una orfebrería sonora sin sustrato y, asimismo, concurriendo, cuando corresponde el vigor orquestal requerido, lo que algunos confunden a veces con ruido y borrosidad. Tampoco estamos ante esa densidad, épica y grandiosidad constante, sin contrastes, de una tradición (gloriosa) tenida por ortodoxa y fetén por el Wagnerismo más militante, si no ante una labor que entronca más con las direcciones de Parsifal de un Clemens Krauss o un Rafael Kubelik. El de Petrenko, aunque con tempi más bien ágiles (el primer acto le duró 98 minutos) tampoco es el concepto del Parsifal que presenció el que suscribe el mes de abril con la Filarmónica de Berlín y Simon Rattle al frente. Con pasajes vertiginosos, muy ligero, buscando relacionar la orquestación de Wagner con el futuro, con la música del siglo XX. Eso sí, dentro de su concepto, la ejecución de la Filarmónica de Berlín fue de un embriagador y excepcional virtuosismo, fuera del alcance de, prácticamente, ninguna orquesta en el mundo.

   Bien es verdad, que el primer acto del Parsifal de Petrenko tardó en “arrancar”, resultando un tanto caído de tensión hasta la música de la transformación y la aparición del coro que ofreció una sobresaliente prestación. Bellísima fue la escena de las muchachas-flor e irreprochable la progresión dramática de todo el acto segundo, el "más operístico" de la obra. El preludio del acto tercero y los encantamientos del viernes santo fueron excelentes, aunque el que firma echó en falta un punto de trascendencia en una obra que es fundamental y especial en ese aspecto. Tampoco el montaje ayudaba nada en ese ámbito.

   El reparto, a pesar de contener cantantes de gran renombre y merecer, a priori, el calificativo de reparto “de estrellas” no alcanzó ese nivel, ni mucho menos. En primer lugar y en la línea de su Chénier Liceístico, el tenor alemán Jonas Kaufmann volvió a sonar mermado de volumen, timbre, color y brillo. Un bache vocal que presenta desde su parón de varios meses por indisposición y que, incluso, a pesar de la tesitura poco exigente de Parsifal, hubo momentos en que pareció no poder con la misma, además de que su timbre no denota la juventud e inocencia del personaje. Cierto es, que en este caso estaba en su salsa, ópera alemana, y, además de su fondo musical de siempre, ofreció algunos pasajes de buen fraseo, como por ejemplo en “Amfortas! Die Wunde”! Die Wunde!” gran momento de la función en plena comunión con la batuta de Petrenko, siempre buen acompañante y colaborador con las voces, y al que contribuyó incluso y de forma coyuntural, la producción. La iluminación, la orquesta y el tenor supieron poner de relieve, que es justo ese el momento en que Parsifal, seducido por Kundry -esclavizada por Klingsor-, en el castillo encantado de este, se da plena cuenta del sufrimiento de Amfortas, comprende y toma plena conciencia de su inmenso dolor y tortura por haber caído ante la seducción, ante la tentación, sintiendo una profunda compasión por él. En el tercer acto Kaufmann emitió dos sonidos blanquecinos, dos raquíticos falsetes, en la escena de los encantamientos del  viernes Santo que no ayudaron, precisamente, a subir el tono de su interpretación.

   Nina Stemme compuso una notable Kundry en la línea de la que ofreció en el Parsifal berlinés antes aludido. Sus años de carrera y, especialmente, la asunsión de papeles como Elektra, Brunilda y Turandot han producido erosión en su voz, traducida en cierta aridez y merma en su centro y apareciendo oscilación en algún agudo. De todos modos, su entrega y compromiso dramático fue total, el timbre sigue teniendo atractivo, su musicalidad y dotes como vocalista permanecen inalterables como demostró en un “Ich sah das kind” impecablemente delineado y además, valentísima, abordó todos los si naturales agudos optativos de su parte. René Pape, un bajo que nunca destacó por su rotuntidad, también acusa desgaste con un sonido cada vez más difícil de asociar a dicha cuerda, además de un registro grave de manifiesta debilidad y unos viajes al agudo en dificultad creciente. Mantiene la belleza del timbre y la musicalidad, pero a su Gurnemanz, el relator del Grial, tanto por fraseo como por las debilidades tímbricas apuntadas, le faltó grandeza a pesar del carisma del cantante. Christian Gerhaher, de material modesto por caudal, esmalte y brillo, con un zona centro-grave árida donde las haya, pareció abonarse al “Amfortas liederístico”, pero más bien en la línea de un Mathias Goerne por la pobreza del material vocal y los modos afectados. En esas coordenadas resulta claramente preferible un Gerald Finley, que no dispone de una voz especialmente dotada, pero sí superior a la de los dos cantantes citados y que compone un Amfortas mucho mejor por el sentido del fraseo, variado e incisivo, y los acentos lacerantes, como demostró en el Parsifal de la Philarmonie de Berlin en el mes de Abril tantas veces referido en esta reseña. Wolfgang Koch, habitual de la Opera de Munich, retrató un Klingsor genuino, muy auténtico en lo interpretativo (vengativo, despiadado e implacable) merced a unos acentos vibrantes. Su sonido es timbrado y de cierta robustez, pero más bien mate y limitado en la zona alta. Balint Szabó como TIturel resultó de difícil escucha en su interno, que pasó sin pena ni gloria.

   Esta nueva producción de Parsifal a cargo de Pierre Audi careció de verdadero interés, aunque tampoco resultó molesta más allá de la gravedad que supone intentar despojar a la obra de toda su carga mística y trascendente. El primer acto nos muestra un intemporal bosque oscuro, desolado y yermo, en el que reina la grisura, no crece la hierba y sólo puede apreciarse un esqueleto de filiación paleolítica, troncos y árboles esquilmados, lo que parece simbolizar las consecuencias del pecado de Amfortas, guardián del Grial y de la lanza sagrada, quien cayó seducido en el jardín de Klingsor y ha recibido con la referida lanza una herida que no curará jamás. Su sufrimiento e incapacidad para celebrar y descubrir el Grial durará hasta que sea redimido por el “Sapiente por compasión, el puro loco”. Esos árboles caen al final del acto en el que no vemos Grial alguno, más bien una especie de desagradable víscera sangrante. Si uno ha contemplado la pintura del Jardín de Klingsor en el fascinante Castillo de Neuschwanstein se le hace difícil asumir que ese telón pintado a rotulador propio de función escolar, agrietado por el medio, que constituyó la escenografía del acto segundo, pueda representar ese atrayente lugar de tentación. No digamos ya las muchachas-flor con una “flácida desnudez vestida” (al igual que los caballeros del Grial en el momento de la ceremonia del acto primero) basada en unos cánones de supuesta belleza incapaces de seducir a nadie de cualquier época y región de la tierra, con lo que se rompe buena parte de la magia de la sublime escena, a pesar de la maravilla que surgía del foso. Al menos, el mencionado decorado posibilitó que los artistas cantaran en la parte delantera del escenario. En fin, la lanza sagrada parecía un estoque de cruceta, es decir, un descabello y en el acto tercero (el mismo bosque que en el primer acto, pero con los árboles y troncos boca abajo, lo que parece denotar que la situación está cada vez más alterada con el guardian del Grial presa del eterno sufrimiento y consternación y sin poder oficiar), no vemos Grial alguno en el descubrimiento del mismo con Parsifal sustituyendo a Amfortas como celebrante. En cuanto a dirección de actores y caracterización de personajes, el montaje resultó cuasinulo. Un buen éxito, pero no exagerado, con ovaciones especialmente centradas en Petrenko y Stemme. Kaufmann fue, claramente, el que recibió aplausos más tibios.

Foto: Ruth Walz

Autor:Raúl Chamorro Mena
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