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Crítica: «La Gioconda» de Ponchielli en el Teatro del Liceo de Barcelona

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16 de abril de 2019

Gioconda sin pasión

Por Raúl Chamorro Mena
Barcelona, 13-IV-2019. Gran Teatro del Liceo. La Gioconda (Amilcare Ponchielli). Irene Theorin (Gioconda), Brian Jadge (Enzo Grimaldo), Dolora Zajick (Laura Adorno), Gabriele Viviani (Barnaba), Ildebrando D’arcangelo (Alvise Badoero), Agostina Smimmero (La cieca), Carlos Daza (Zuàne), Beñat Egiarte (Isèpo). Bailarines principales invitados: Alessandro Riga y Letizia Giuliani. Coro y Orquesta del Gran Teatro del Liceo. Dirección musical: Guillermo García Calvo. Dirección de escena: Pier Luigi Pizzi.

   Amilcare Ponchielli (1834-1886) le debe su fama a dos circunstancias, la composición de La Gioconda (Milán, 1876), única de sus óperas que, con sus altibajos, se ha mantenido regularmente en el repertorio y a haber sido maestro de Pietro Mascagni y Giacomo Puccini en el conservatorio de Milán. Otras óperas del cremonés como Marion Delorme (1885),  I Lituani (1874) o Il figliuol prodigo (1880) resultan interesantes y merecerían, al menos, una oportunidad. La Gioconda es una magnífica ópera, plena de pasiones, odios, venganzas, suicidio …, que, dentro una senda claramente verdiana, combina el genuino melodismo italiano -con la escritura para la voz como principal protagonista, evidentemente- con influencias de la Grand Opera francesa y elementos que anticipan ya la llamada escuela verista-naturalista pronta a establecerse en el teatro lírico italiano. De hecho, y especialmente por la presencia como libretista de Arrigo Boito (bajo el pseudónimo de Tobia Gorrio) y no por el compositor Ponchielli, La Gioconda se conecta con el movimiento de la scapigliatura, corriente artística desarrollada en Italia que se mostraba rebelde frente a la cultura tradicional italiana, el romanticismo y el adocenamiento burgués. Además, Gioconda tiene una gran importancia, porque, si dejamos de lado al gran padre Verdi, protagonista durante 60 años de la lírica transalpina, La Gioconda sería la única ópera italiana (no verdiana, insisto) junto al Mefistofele del propio Arrigo Boito, que permanece en repertorio del período que va entre la desaparición de Gaetano Donizetti y la irrupción de la Giovane Scuola (Puccini y los llamados veristas).


   El Liceo reponía la producción (ideada en su día en colaboración con el Real de Madrid y la Arena de Verona) de Pier Luigi Pizzi sobre escenografía propia, que se había estrenado en 2005 con un doble reparto encabezado por Deborah Voigt y Susan Neves como Gioconda y Richard Margison y Alberto Cupido como Enzo. Al Teatro Real de Madrid llegó en 2008 con un elenco en el que destacaba el protagonismo de Violeta Urmana. Estuve presente tanto en Barcelona como en Madrid y, la verdad, las funciones no terminaron de remontar el vuelo ni, mucho menos, de entusiamar. Cierto es que esta ópera pide seis cantantes excepcionales (no sólo en el aspecto vocal, tambíen con garra y personalidad) y en la actualidad es, prácticamente imposible encontrarlos y una prueba de ello es que el mayor éxito, en su día, de aquellas representaciones tanto en Madrid como Barcelona, fue la actuación de los excelsos bailarines Angel Corella y Letizia Giuliani en la danza de las horas.

   Comentaba al final de la función con un veterano liceísta, que algo tan fundamental en la ópera como la pasión no está bien vista ni dentro, ni fuera del escenario. Bien es verdad, que la mayoría de pretendidos divos actuales están lejos de levantar esas pasiones y los que detentan el cotarro lírico, así como los propios teatros tampoco lo favorecen. Es más, ponen barreras y dificultades a todo ello y se piensa que la pasión desbordante es propia de otras disciplinas como el fútbol (a un estadio me ha mandado alguna vez algún atildado aficionado por ovacionar o bravear a algún cantante). Pero si en una ópera es indispensable la pasión, la alta temperatura dramática, esa es La Gioconda y, en mi opinión, estuvo ausente en la representación del día 13 de abril que aquí se reseña.


   Es innegable - así lo he resaltado en múltiples críticas-, el rigor musical del maestro Guillermo García Calvo, pero no es La Gioconda una obra con la que parezca tener especial afinidad y con la que case su temperamento. El madrileño, siempre elegante, obtiene un buen sonido de la orquesta, organiza estupendamente, pule las texturas e intenta siempre dotar de enjundia sinfónica a la orquestación, pero faltó passione, carácter, voltaje teatral, sentido del pathos, emoción y progresión dramática. Asimismo, pudieron escucharse algunos tempi un tanto incoherentes. Momentos de escesiva lentitud junto a otros precipitados, como por ejemplo la espléndida y expansiva melodía tenoril en el dúo de Enzo con Barnaba del acto primero «Oh grido di quest’anima scoppia dal gonfio core» en que un tempo demasiado rápido ahogó todo el vuelo melódico de las espléndidas frases del tenor. Igualmente, el fabuloso concertante del tercer acto resultó bien balanceado, con la adecduada diferenciación de planos, pero sin progresión, ni clímax. El coro con mayor sonoridad que las últimas veces, sigue sin sonar bien empastado y no termina de abandonar ese flojo momento por el que atraviesa.


   Bien es verdad que Irene Theorin -junto a Sondra Radvanovsky la soprano predilecta del público del Liceo en los últimos años- no se encontraba al cien por cien de sus posibilidades vocales, pero quedó claro que la asunción del papel de Gioconda está lejos de ser un acierto. Si en Turandot, un papel muy particular, sale airosa dentro de la profusa tradición de sopranos wagnerianas que lo han abordado, en Gioconda, papel tremendo y también especial, desde luego, demostró que su campo debe seguir siendo el wagneriano (con alguna incursión straussiana, claro está), que es donde alcanza un notable nivel.  En primer lugar, en su organización vocal se apreció una franja grave totalmente gutural, algo especialmente molesto en ópera italiana, y una franja aguda extrema en la que pudieron escucharse demasiadas notas abiertas y cercanas al grito. Ahí quedaron, conviene subrayar, los sonidos robustos y bien timbrados de la zona de paso y primer agudo. Asimismo, Theorin se mostró escasamente idiomática, con una articulación extraña y poca afinidad con la línea de canto italiana. A su encarnación de personaje le faltó calor y garra en algunos momentos, aunque en otros sacó su temperamento y es de agradecer, asímismo, que no cayera en exageraciones ni sobreactuaciones. Parecida incapacidad para hacer justicia al arco melódico del canto italiano, demostró el tenor norteamericano Brian Jadge, a quien en estas páginas realcé su magnífica interpretación en El milagro de Heliane de Korngold representada en Berlín en abril del pasado año. Es el repertorio alemán donde este tenor debería centrarse, pues su sonido robusto con potencia, proyección y resistencia se adapta perfectamente al mismo.


   Sin embargo, en un papel como Enzo Grimaldo estrenado por el legendario Julián Gayarre, ni el timbre de Jadge suena con los deseables brillo y belleza, ni el cantante, que cuenta con un innegable fondo musical, encuentra afinidad con la línea de canto italiana. Los agudos de Jadge, además, no terminan de girar y liberarse, la articulación resulta ajena al idioma y en momentos tan emblemáticos como el aria «Cielo è mar» faltó lirismo, matices, canto piano, contrastes… Restan, eso sí, una voz tenoril sonora y de calidad junto a una entrega vibrante y auténtica. Dolora Zajick a sus 67 años seguramente se despida del Liceo -un teatro donde ha sido muy querida- con esta interpretación de Laura Adorno, ya que ha anunciado su retirada para el año 2021. El centro ya es un agujero, el sonido ha perdido pujanza y el esmalte resulta desgastado, pero aún es capaz de emitir en los extremos de la tesitra notas de calidad, timbradas y con impacto en sala. Gabriele Viviani fue un Barnaba vociferante y estentóreo. Cantantes de esta guisa han existido siempre, pero antes, al menos, solían tener voces caudalosas y bien dotadas. En este caso no es así y estamos ante un cantante sin interés alguno. Asimismo, su caracterización de uno de los personajes más pérfidos de la historia de la ópera, no asusta ni a una abuelita desvalida. Lo mismo puede decirse de Ildebrando d’Arcangelo en el otro malvado de la ópera, Alvise Badoero. El italiano ni es bajo, ni tiene peso vocal alguno para este repertorio (no debería pasar de Mozart y Rossini), ni acentos, en un canto gris y monocorde donde los haya. Antes del comienzo de la representación, se anunció que Agostina Smimmero cantaría el papel de La Cieca por indisposición de María José Montiel. Tampoco es descartable que a la mezzo italiana se le ofreciera la participación en la gala homenaje a Montserrat Caballé y una función de Gioconda, ya que Montiel estaba prevista para todas ellas y no sería mayor problema ceder una de las tres consecutivas que debía afrontar del 13 al 15 de abril. Sea de una u otra forma, Smimmero, que ya había interpretado la espléndida «Voce di donna» en la referida gala, volvió a exhibir un sonido de calidad, caudaloso y amplio, con solidez en el grave (muy requerido en un papel propiamente de contralto), aunque de momento (es muy joven), su canto se basa más en sonidos sueltos de indudable calidad, que en una línea canora bien soldada y un fraseo bien cincelado.

Si la primera vez que se representó este montaje en Madrid y Barcelona la pareja de bailarines Angel Corella y Letizia Giuliani ofrecieron una excelsa e inolvidable actuación, en esta ocasión se mantiene Giuliani, de nuevo espléndida, (parece que flota, etérea, sobre el escenario) y a su lado un musculado Alessandro Riga, también notable, aunque su danza es más atlética que elegante. La producción del eternamente joven a sus 89 años Pier Luigi Pizzi se basa en una combinación de colores grises, negros y rojos, sólo alterada por la variedad cromática -un punto excesiva, bien es verdad- de la escena de la fiesta en el palacio de Alvise. La habitual elegancia, la belleza de los decorados, la vistosidad de muchos momentos y el hecho de que a uno le sea normalmente grato mirar al escenario (algo no desdeñable hoy día) se aúnan con un movimiento escénico solamente eficaz y que, desde luego, sirve para seguir la obra, pero no para mucho más.

Foto: A. Bofill

Autor:Raúl Chamorro Mena
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