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Crítica: «Los Hugonotes» de Meyerbeer en la Deutsche Oper de Berlín

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12 de marzo de 2020

Los Hugonotes ponen broche al ciclo Meyerbeer

Por Raúl Chamorro Mena
Berlín, 8-III-2020, Deutsche Oper. Les Huguenots-Los Hugonotes (Giacomo Meyerbeer). Anton Rositskiy (Raoul de Nangis), Liv Redpath (Marguerite de Valois), Olesya Golovneva (Valentine), Irene Roberts (Urbain), Ante Jerkunica (Marcel), Derek Welton (Conde Saint-Bris), Dimitris Tiliakos (Conde Nevers). Coro y Orquesta de la Deutsche Oper de Berlín. Dirección musical: Alexander Vedernikov. Dirección de escena: David Alden.

   Culminaba el miniciclo Meyerbeer que ofrecía este mes de marzo la Deutsche Oper de Berlín con la que que es, en opinión de quien esto firma, la mejor de sus óperas y paradigma del género Grand Opera, Los Hugonotes (Opera de París, 1836).

   Como corresponde a una Grand Opera que se precie, el asunto histórico, en este caso el enfrentamiento entre católicos y protestantes calvinistas (hugonotes) en la Francia del siglo XVI que culmina con la matanza del día de San Bartolomé, se combina con la relación amorosa de honda impronta romántica entre el protestante Raoul de Nangis y la católica Valentine, hija del Conde Sant Bris, que liderará la masacre en la que perecerá su propia descendiente.  


   Como ya subrayaba en la recensión de la función de El profeta del día 6, estas obras suponen un gran esfuerzo para cualquier teatro, por su extensión, monumentalidad, la gran exigencia para los cuerpos estables, así como la necesidad de un amplio elenco (hasta siete personajes principales) de cantantes extraordinarios. Sólo con leer los nombres de los míticos intérpretes que participaron en el estreno de Les Huguenots -Adolphe Nourrit, Marie Cornelie Falcon, Nicolas Levasseur, Prosper Dérivis… - se puede uno hacer a la idea de la enorme exigencia de estos papeles.

   En esta reposición de la producción estrenada en 2018, la Deutsche Oper ha conseguido un reparto aceptable, responsable, sin grandes estrellas ni personalidades, pero bien conjuntado y sobradamente cumplidor, lo que ya es mucho ante la dificultad de esta partitura.

   El personaje de Raoul de Nangis es de esos papeles tenoriles envuelto en una áura mítica por su excepcional dificultad, pues exige propiedad estilística y un desahogado, extenso y bien resuelto registro agudo. El destinatario de la partitura, Adolphe Nourrit, fue uno de los más destacados tenores agudos del Ottocento, además de un refinado estilista, si bien como sabemos, emitía las notas agudas a partir del La natural 3 con sonidos en los que predominaba el registro de cabeza, el llamado falsettone. El tenor ruso Anton Rositskiy posee un timbre muy liviano, sin grano en el centro y muy justo de caudal, pero canta con gusto y estilo y lo que es más importante, posee un desahogado y facílisimo registro agudo, franja en la que gana brillo y penetración tímbrica. Rositskiy abordó las dos estrofas y el preceptivo sobreagudo en la famosa aria «plus blanche que la blanche hermine» con el acompañamiento en el escenario de la viola d’amore. Buen sentido de la línea mostró el tenor ruso en el espléndido dúo con Valentine del acto cuarto, y manifiesta seguridad en los preceptivos sobreagudos, incluido el Re bemol 4, emitidos todos a plena voz. Si por insuficiencia de material vocal, Rositskiy no pudo conferir el apropiado tono heroíco a «Aux armes, mes amis!» del quinto acto, lo compensó con vibrantes acentos. La parte de la Reina Marguerite de Valois se concentra, sobretodo, en el segundo acto, en el que dispone de la gran escena en los jardines del castillo de Chenonceaux con la gran aria pastoral «Oh Beau pays de la Touraine», la cabaletta «A cet mot seul s’anime», toda una exhibición de virtuosismo, el dúo con Raoul que incluye el pasaje agílisimo «Ah si j’etais coquette», una mezcla de ironía y frivolidad.


   La soprano norteamericana Liv Redpath, segundo premio del concurso Francisco Viñas 2019, encarnó de forma creíble en el aspecto escénico a la bella Reina Marguerite, mientras en lo vocal, lució un timbre mórbido de emisión, aunque nada personal, canto correcto y una buena coloratura, un tanto gutural y a la que faltó un punto de fantasía y arrojo. Estimable interpretación, por tanto, pero lejos de una fuoriclasse. Valentine, hija del noble católico Conde Sant Bris y enamorada del hugonote Raoul de Nangis se debate entre Fe, amor y deber. El papel, estrenado por la mítica Marie Cornelie Falcon -que da nombre a una vocalidad situada entre soprano dramática y mezzosoprano - tuvo en la rusa Olesya Golovneva una intérprete entregada y que prodigó sonidos con metal en la zona alta, a despecho de un centro discreto y franja grave totalmente desguarnecida.

   El Bajo Ante Jerkunica garantizó volumen, rotundidad y extensión, especialmente en la zona grave, aspectos innegociables para un Marcel que se precie. Por tanto, el canto hugonote del primer acto «Piff, Paff»  fue suficientemente enardecido y con las notas graves correspondientes. Sin embargo, Jerkunica mostró acusada rudeza canora y escasa propiedad estilística, además de regalar un buen puñado de sonidos guturales, entubados y duros en su encarnación de este ferviente hugonote, tan exaltado en su integrismo religioso como fiel sirviente de Raoul. El personaje de Urbain, tributario del Isolier de la Rossiniana Le Comte Ory (Opera de París, 1828), encarna el típico paje in travesti de ópera francesa a cargo de soprano ligera o mezzo aguda. Una tradición que Giuseppe Verdi retomaría con el papel de Oscar de Un Ballo in maschera (Roma, 1859). Me causó buena impresión la mezzo Irene Roberts, voz bien colocada, limpiamente emitida y que cantó con musicalidad y clase su aria de salida «Nobles seigneurs, salut!». No interpretó el «Non non non vous n’avez jamais» (que solía cantar Marilyn Horne en su recitales), pues Meyerbeer lo añadió posteriormente con ocasión de una interpretación Londinense de la obra y para el lucimiento de Marietta Alboni. No muy refinado, pero recio, con caudal y extensión en lo vocal y suficientemente implacable en lo interpretativo, el Conde Sant Bris de Derek Welton, miembro del ensemble del teatro e ideal por su gran versatilidad, pues es capaz de abordar con seguridad papeles de los más variados repertorios. El más flojo de los cantantes principales fue el barítono Dimitris Tiliakos, al que encontré en horas bajas, con un material cada vez más pobre y al que no le salva ya ni su fraseo, que ha perdido intención y acentos.

   Si el reparto funcionó razonablemente en obra tan complicada, en esta ocasión falló la dirección musical y la escénica, que tan notable nivel alcanzaron en El Profeta, primera de las tres operas de este ciclo dedicado a Meyerbeer por la Deutsche Oper de Berlín.


   Esta vez no estaba Enrique Mazzola al frente de los magníficos cuerpos estables del teatro (el coro volvió a lucirse en un ópera en el que es un protagonista más como corresponde en la Gran Opera) y se le echó de menos, pues es difícil imaginar una dirección musical más caída, anodina, mortecina y plúmbea que la de Alexander Vedernikov. Una labor, que no obtuvo la calidad de sonido que puede dar la orquesta, deslavazada, destensionada, sin sentido narrativo, ni impronta dramática alguna, de la que fue buen ejemplo ese fabuloso concertante del acto segundo, que no tuvo ni balance ni progresión alguna. Igualmente, a diferencia de la puesta en escena de El profeta, en esta ocasión la producción de David Alden (estrenada en 2018) fue todo un monumento a la superficialidad y la alarmante falta de ideas. Si asumimos que no disfrutaremos de la espectacularidad genuina de la Grand Opera, lejos de resaltar el hondo sustrato dramático del conflicto religioso, que termina en una tremenda masacre, y las consecuencias del fanatismo y la intolerancia, Alden banaliza el asunto, cuando no parece parodiarlo, lo adorna con algún elemento pueril, como ese cartel «Dios lo quiere» cuando los nobles católicos se conjuran para asesinar a los hugonotes y endosa una puesta escena esclerótica, trivial y, definitivamente, aburrida.

   De todos modos, balance positivo el de estos tres días con otros tantos títulos consecutivos de Giacomo Meyerbeer, dos de los cuales no había podido ver nunca en vivo. Una iniciativa saldada con notables resultados globales y que es justo volver a agradecer a una casa de ópera de la categoría de la Deutsche Oper Berlinesa.

Foto: Bettina Stöß

Autor:Raúl Chamorro Mena
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