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[C]rítica: 'María del Pilar' de Gerónimo Giménez, dirigida por Óliver Díaz en el Teatro de la Zarzuela

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4 de diciembre de 2018

Una joya incomprensiblemente olvidada

Por Raúl Chamorro Mena
Madrid. 2-XII-2018. Teatro de la Zarzuela. María del Pilar (Gerónimo Giménez). Carmen Solís (María del Pilar), Iwona Sobotka (Esperanza), Andeka Gorrotxategui (Rafael), Damián del Castillo (Marcelino), Rubén Amoretti (Valentín), Marina Rodríguez-Cusí (Señá Nieves), David Sánchez (Tío Licurgo), Jorge Rodríguez-Norton (Almendrita), Mario Gas (Narrador). Coro y Orquesta Titulares del Teatro de la Zarzuela. Dirección musical: Óliver Díaz. Versión concierto.

   Ante todo, lo que primeramente desea hacer este recensor es agradecer al equipo artístico del Teatro de la Zarzuela capitaneado por Daniel Bianco  la programación de este título, de este tesoro oculto, increíblemente postergado. Una obra estrenada en el Teatro Circo Price de Madrid en 1902, que en principio pertenece al género «Zarzuela regional» (en este caso de la tierra charra salmantina) y que sorprende por su gran vuelo operístico desde el primer momento. Giménez, que era un estupendo director de orquesta –María Encina Cortizo subraya su actividad en este campo, tanto en el foso como en la sala de conciertos en su magnífico artículo del programa de mano- y buen conocedor por ello, además de sus experiencias formativas en los Conservatorios de Roma y París, tanto de la música española como la Europea habitualmente interpretada en teatros y salas de concierto, demuestra sus dotes de gran orquestador, además de una estupenda, muy imbricada dramáticamente, a la par que exigente escritura para la voz. Alejado en esta ocasión del andalucismo de sus éxitos inmediatamente anteriores –La boda y El baile de Luis Alonso, La tempranica-  Giménez asume e integra influencias wagnerianas, verdianas, veristas e incluso Tchaikovskianas. Asimismo, los números cómicos tienen una entidad, fuste y tratamiento muy diferente de los habituales en el género. Si bellísima es la romanza de Esperanza «Sombra que en el alma evocas» y espléndido el concertante que cierra el acto, qué decir del verdianísimo Dúo Bajo-barítono del segundo capítulo en el que «La Forza del destino» viene inmediatamente al pensamiento. Impactante resultó el dúo de ambas sopranos en el acto segundo «En odiarme rencorosa» con brillantísino cierre en agudo al unísono y de quedarse boquiabierto la espléndida romanza del bajo del último «!!Cuál rayo que aniquila!».

   No pudo tener mejor oficiante este feliz «reestreno» que Óliver Díaz, director musical titular del Teatro de la Zarzuela y que sustituía a Jesús López Cobos previsto en su día para el evento y a cuya memoria se han dedicado estos dos conciertos. Díaz, con su gesto amplio y preciso, puso de relieve toda la riqueza, toda la opulencia de la orquestación de Giménez con una Orquesta de la Comunidad de Madrid reforzada, que apenas cabía en el escenario y que sonó como nunca, tal y como pudo apreciarse desde la entrada de la cuerda, normalmente falta de enjundia, en la introducción del acto primero. El maestro Díaz fuez capaz de combinar rigor musical, capacidad organizativa, colorido y exuberancia orquestal, con plena tensión teatral y estupenda concertación (espléndida la progresión del gran concertante con el que finaliza el primer acto). El asturiano no se limitó a acompañar el canto, lo sustentó  y si la jota que abre el segundo acto tuvo la adecuada chispa y pulso rítimico, qué decir de los vibrantes acentos, brío teatral y aliento de filiación verdiana el gran Dúo entre Bajo y barítono del segundo acto o del soberbio preludio del tercero. Bravísimo.

   Del elenco hay que valorar, en primer lugar, a la soprano pacense Carmen Solís, que apechugó con el ingrato papel de María del Pilar, secundario a pesar de ser el titular y que no cuenta con momento solista alguno. Solís exhibió su centro cremoso, carnoso, de atractivo timbre, propio de soprano lírica con cuerpo. Las notas de primer agudo tienen también calidad, timbre y pegada en teatro, pero en las extremas en dicha franja el sonido se abre y se torna un punto desabrido. Su fraseo siempre fue cuidado y musical, pero falto de incisividad, de mordiente, de acentos. La polaca Iwona Sobotka de timbre eslavo, oscuro, sorprendió por su buena dicción del español, pero pudo haber sacado más partido de su magnífica romanza del primer acto, evocadora de las wagnerianas Elsa y Elisabeth, asimismo, el sonido se agria de manera inmisericorde conforme asciende la tesitura. El Donjuanesco Rafael, que con sus devaneos desencadena la tormenta de pasiones encontradas y celos turbadores que encierra la obra, fue interpretado por un Andeka Gorrotxategui que no levantó los ojos ni un solo segundo de la partitura y que cantó gran parte de su papel en un postura tan poco elegante y extraña como es la de cruzado de brazos. El tenor vizcaíno luchó con la exigente tesitura del papel con ese material tenoril de calidad, potente y cálido, que le caracteriza, pero apenas algunos sonidos sueltos con pujanza y timbre (frente a otros ataques con monumentales portamenti di sotto) no compensaron la sensación de que se limitó a leer la partitura de forma plana y anodina, sin conferir, tampoco, el merecido relieve a su gran romanza -con introducción orquestal Tristanesca- del segundo acto «Buscando el reposo».

   Templado canto el ofrecido por el barítono Damián del Castillo como Marcelino, si bien su timbre carece de la entidad en los extremos y la amplitud que exigían muchos pasajes de su parte. El mejor de todo el reparto fue el bajo Rubén Amoretti, que intervino en dos de los clímax del evento. El ya referido y tan verdiano dúo de Valentín y Marcelino «Riñendo con las mujeres» con un acompañamiento flamígero de Díaz y la espléndida romanza de Valentín «Cual rayo que aniquila», impecablemente delineada y acentuada por un Amoretti, que evocó una especie de Felipe II Verdiano afincado en tierra charra. Correcta, sin exageraciones, la pareja cómica formada por Marina Rodríguez Cusí y Jorge Rodríguez-Norton. Al igual que sucediera en La tempestad ofrecida el pasado mes de febrero se contó con un narrador que, a falta de los diálogos hablados, relatara la historia. En esta ocasión, Mario Gas sumó a sus cualidades como actor y recitador, el hecho de que lleva la zarzuela en sus genes. En cuanto al coro, entre que cada vez son menos y que les colocaron tan sumamente al fondo, su sonido llegó muy mermado.


   Al mismo tiempo que el que firma vuelve a agradecer la posibilidad de haber podido disfrutar de este desconocido título, desea profundamente que no vuelva a la oscuridad y no quede todo en una experiencia placentera, pero única.

Foto: Facebook Teatro de la Zarzuela

Autor:Raúl Chamorro Mena
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