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Crítica: Martha Argerich con la Kremerata Báltica en el Auditorio Nacional de Madrid, para la Fundación Scherzo

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3 de diciembre de 2019

El piano de verdad

Por Francisco Zea Vaquero
Madrid. 26-XI-2019. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. Fundación Scherzo, XXIV Ciclo Grandes Intérpretes. Bach-Kremer: Chacona en re menor. (en arreglo para orquesta de cuerdas). Weinberg: Sinfonía de Cámara nº 4 op. 153. Bach: Partita nº 2 en do menor BWV 826. Liszt-Colliard: Concierto para piano y orquesta en mi bemol mayor S. 124. (en arreglo para orquesta de cuerdas). Orquesta de cámara Kremerata Báltica. Marta Argerich (Piano). Mate Bekavac (Clarinete).

   En el concierto que oímos en el ciclo de grandes intérpretes el pasado martes, para quien firma el mejor de piano de este año 2019, se produjo el milagro y la fortuna de poder escuchar una vez más a la incomparable Martha Argerich. La gran paradoja de quien trata de contar o valorar en estas líneas un concierto como este, calificable de acontecimiento musical verdadero, y de interpretación absoluta, es que resulta imposible explicar las emociones, sentimientos, o congojas de los que gozamos tanto con el piano de concierto. Reconozcamos que por extraño que parezca, y por desgracia,en esta convocatoria, la gran sala del Auditorio Nacional no estaba llena. Pero sí, las grandes aspiraciones de los aficionados se vieron colmadas al poder disfrutar de un concierto cómo este, y encontrarse frente a una leyenda divina del piano, en permanente estado de gracia, pese a todas sus filias y fobias; ¿cómo narrarlo a los que no pudieron estar? eso no se puede describir al cien por cien, eso no tiene un precio literario. Se trata de un hecho musical infranqueable, único e irrepetible.


   Encabezaba la sesión la eterna Chacona de Bach que nació para el violín, y fue transformada gloriosamente por Busoni para el piano. Este fragmento por si sólo que cobró entonces vida fuera de la partita Nº 2, tiene hoy una tercera oportunidad en la versión de Gidon Kremer,violinista, director y fundador en 1997 de la orquesta que hoy nos acompaña. Se trata de un grupo de muy buenos instrumentistas de cuerda destinatarios de la obra que se interpretó. Se comienza y termina con los míticos acordes bachianos (un tanto innecesaria la grabación del clave para empezar y del violín para terminar) y esto quizás sea los menos feliz de la propuesta, que dispone la clásica orquestación a 4 voces y bajo, ornada por diversos solos que le dan carácter sereno y coral (destacan los primeros violín y Violonchelo). Se respeta para los primeros el legendario pasaje de 30 compases de progresión armónica arpegiada,aunque no se sostiene la tensión cómo en el original. Cosas de las orquestas de cámara sin director. Se dio una curiosa sensación de suite orquestal, o mosaico de diversos humores y sentidos, perdiéndoseparte de la trascendencia original de esta página indeleble.

   El verdadero mensaje que nos traía hoy la Orquesta de Kremer era la sinfonía de Cámara Nº 4 del gran Mieczyslaw Weinberg. ¡Que amenidad y vivencia hay en las notas de Martín Bermúdez en homenaje a este atribulado compositor judío ruso! Una obra esta,cómo todas la suyas últimas libre de estilismos del findel siglo XX, y fiel a su mensaje de profundo recordatorio del dolor humano en el pasado siglo; el tiempo de las guerras y las purgas. La utilización de clarinete en algunos solos, pero sobre todo en obligatto, proporciona con certeza a la sinfonía esta condición dramática de grito silencioso. No se trata de sacarle a la obra un programa, no hablamos de un segundo Shostakovich, pero es claro que hay mucho del mundo privado y de la lucha personal de este gran artista, casi siempre aislado, y todavía desconocido en nuestro entorno.


   Sino supiéramos de la cronología del compositor, fallecido en 1996,se diría que esta Op. 153 de Weinberg parece un encargo hecho para esta orquesta, debido a la gran versión interpretada. Las dinámicas extremas y la apurada concentración temática permiten un ambiente de lucimiento sonoro para estos músicos especializados en el repertorio de finales del XX. La entrega y concentración de la orquesta permitió discernir hasta los más pequeños secretos de la obra, pudiendo hacerse todavía algo más en el plano emocional, cómo algunos directores rusos nos han legado en las pocas grabaciones existentes de este solitario creador. Lo vimos desde las reminiscencias levemente tristanescas de “pppp” del inicio, hasta los temas secretos del tercer y cuarto movimientos,donde los temas inspirados de Weinberg salen a relucir para sumirnos en el nostálgico y triste ambiente final de la obra, casi cómo el de un réquiem íntimo. La línea sinuosa de clarinete adorna la segunda parte del largo. Silenciosa y doliente elegía, interrumpida por el durísimo allegro molto, con los onerosos pizzicatiBartok mensajeros de tragedia y sufrimiento. De nuevola orquesta volvió a dar el máximo en las anchuras dinámicas y en las texturas del sonido. Por demás, los solos fueron excelentes, y ejecutados con gran limpieza y estilo desgarrado por parte de violín, viola y chelo. El primero repartió juego entre sus solistas y el clarinete, sobre todo en el sereno adagio. En este amargo fragmento, la obra nos propone su mayor dolor y la orquesta lo sabe; con abnegación musical absoluta nos transporta por el desolado paisaje interior del compositor ruso de origen polaco. Entre todo el drama expuesto llega el final, un tanto bucólico,cómo el perdón tras la penitencia, pero aun lleno de tristeza, donde el clarinete toma el protagonismo levemente “yidish”, aunque perfectamente integrado cómo uno más de los instrumentos de cuerda. Aquí terminó la primera parte, con un público convencido, y emocionado del valor artístico y humano del testimonio musical de Weinberg. Para muchos el descubrimiento ya había valido la pena. Y todavía no había llegado el plato fuerte.


   Y ahora retornamos al estilo y hechos de Martha Argerich; y les tendría que describir que en la misma obra puedeser delicada o bromista, y elegante o furiosa, de pronto íntima y luego arrolladora, o natural y sofisticadaa la vez en sucesivos momentos. ¿Es esto coherente? Pues francamente no. Pero cómo describir la dotación de recursos de una artista que lo tiene todo: sonido y volumen, técnica, y fraseo, pero aun estilo, imaginación, fuerza, e intuición,etc…

   Todo empezó con la aparentemente sencilla sinfonía de la segunda partita en Dode J. S. Bach. Arranca despacio, y aparentemente tranquila, cómo si no fuese con ella la cosa, como si estuviese en su estudio. Un calentamiento de dedos, o una lección de estilo: todo sencillez, pero inmediatamente nos empieza a cautivar a fondo. El clima de la obra seva tensando conforme avanzan la música. La Zarabanda en su íntima soledad y serena dulzura fue la música misma. Hablar con Dios. El sonido se hacía cada vez más grande y presente, y el virtuosismo iba sustituyendo a los valores más largos del primer tercio para llevarnos a la fantástica tensión interna y transparencia de losdos últimos números. Por fin,en el Capriccio final, fugado a dos voces, síntesis de perfección y alarde sereno. estábamos suspendidos en sus manos, hipnotizados esperando cada adorno, cada estrechamiento y remate de frase. Así es como se debe planificar para acabar en punta. Bach en vivo. Soberbio.

   Antes de comentar las hazañas de la Argerich en el primero de Liszt, de nuevo debemos recordar lo que nos cuenta el experto que firma el programa de mano,cuando nos describe este singular concierto de evidente virtuosismo para unos, y fuente de inspiración futura para el siglo XX por los hallazgos que nos hicieron ver más allá del espectáculo virtuoso, en el fondo y no solo en la forma. Y de cómo el concierto es poliédrico, reuniendo los temperamentos; solemnidad, reflexión, combate,o diálogo. Y en este punto llegamos a la versión disfrutada en la velada, que fue todo esto, expansiva y estilista, al tiempo que virtuosa, y si conviene delicada y concertada, pero siempre musical y transparente por tremenda que sea la velocidad a la que toca. Ella es así, ella es todo.


   Se interpretó una versión, lógicamente, sólo para cuerdas arreglada por el músico integral Gilles Colliard, ayuna en algunos momentos de la fuerza que Liszt puso en la orquesta, hoy más que nunca necesaria para replicar a la inmarcesible pianista. En seguida seexpuso desde el piano de forma explícita un volumen descomunal, una imponente caverna sonora deacordes graves para la inauguración del Maestoso. Sin embargo, no paró de exhibir belleza sonora en el discurso, y saber cantar en el poético tema de apoyo (detuvo el tiempo para nosotros en el bendito arpegio dela mano izquierda) fraseando con la quintaesencia del romanticismo. La belleza de su sonido, que sigue siendo catedralicio, (en ocasiones por encima de la orquesta) fue expuesta en el tema central del lento para nuestro absoluto deleite. El estupor empezaba a adueñarse de la sala. Y después, a la carrera en los allegros finales; con innata elegancia en el animato y fiereza en el marziale.El arte lisztiano más puro presidió este increíble último movimiento. Al final, en la coda surge de nuevo la tremenda virtuosa sin máscaras de pianista relajada, o entretenida, a la altura del compositor, podio inalcanzable para la mayoría de los pianistas.  ¿pero cómo es posible que alguien que ineludiblemente es mayor, parezca tan joven? ¿Eterna juventud?, ¿pacto con el diablo?, ¿cuerpo celeste? Debe ser que interpretar y gozar de la música de esta manera la mantiene eternamente joven y fuerte.

   Y del estupor pasamos a la euforia, y es que tal y cómo ella disfrutó, así nos lo transmitió al público. En manos de Martha se convierte uno en hooligan, y dan ganas de chillar y proferir gritos ysilbidos de júbilo. El concierto tuvo tres partes, normalmente sucede así en los de este ciclo. Los pianistas son muy dados a prodigarse, y crear un ambiente especial cuando llega eso que llamamos “las propinas”. Y así fue hoy, aunque cómo todo lo que sucede con Martha, el final fue más de tributo, y enloquecido de lo habitual: más tiempo de aplausos y vítores que de música, los seguidores de esta artista son legión y no suelen fallar. Fue toda una demostración de cariño, donde la porteña no quiso recibir estos aplausos ella sola, y pidió a los músicos de la Kremerata Báltica que compartieran con ella tales ovaciones.


   Pero Martha no es tan pródiga cómo muchos de sus colegas. Digamos que el concierto se acaba, la magia se termina, y la musa de la inspiración nos abandona. Estos instantes de gloria no se deben alargar de forma innecesaria, lo fundamental ya está dicho. Desde luego disfrutamos de esos esperados encores que nos llevaron de una prodigiosa interpretación de la gavota de la 3ª Suite Inglesa a una vertiginosa y picante Sonata de Scarlatti, la que la ha acompañado desde hace muchos años en los grandes finales de sus conciertos. En el Bach pudimos disfrutar de insólitos acordes disonantes, seguro una media sonrisa socarrona, o de la gavote II llevando el apagador casi como una sordina. Fascinante. En la sonata volvimos a disfrutar de la asombrosa digitación y el estilo divertido y danzante de quien disfruta mientras toca. Y sino ¿por qué dar otro concierto más?

   El verdadero Arte del Piano, heredado de la gran tradición del primer tercio del siglo, y precipitado en los verdaderos maestros de los años 50 y 60, está basado en todas aquellas cualidades citadas más arriba, pero muy fundamentalmente en el virtuosismo. Así eran los más grandes, no sólo daban recitales de soberana música, sino además lo hacían de forma brillante ymisteriosa para el gran público, con innumerables recursos técnicos y facultades artísticas. Martha Argerich atravesó ese océano de música, y todavía sigue siendo un compendio de todo eso. ¡Por muchos años y hasta pronto, Maestra!

Autor:Francisco Zea Vaquero
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